Oscuro como el petróleo es el «asombroso» acuerdo EEUU-Venezuela
CARACAS – Venezuela cedió a Estados Unidos yacimientos con 65 000 millones de barriles de crudo, mediante un acuerdo cuyos términos precisos, semanas después de anunciado el 28 de agosto, permanecen en la oscuridad y con agujeros por donde se fuga la certeza de que tenga éxito y pueda producir cuanto promete.
“Absurdo, inimaginable: agarraron lo mejor de las reservas de Venezuela, en 17 campos petroleros, y los entregaron a una empresa creada hace dos años en Barbados”, señaló Ricardo Hausmann, profesor titular de Economía Política en la estadounidense Universidad de Harvard y exministro de Planificación de Venezuela.
Casi ningún aspecto escapa a la sospecha y a la crítica en el estrambótico trato que el presidente estadounidense Donald Trump, absolutamente fiel a su estilo, presentó como “el mayor acuerdo petrolero de la historia”.
Quizá solo hay consenso en que la cercanía geográfica coloca a Estados Unidos como mercado natural para el petróleo de Venezuela, como así sucedió todo el siglo XX antes y después de la nacionalización de 1976, y en que es imprescindible la inversión extranjera para resucitar la industria petrolera venezolana.
El acuerdo da sustento económico al dominio de Estados Unidos sobre Venezuela, convertida en una suerte de protectorado o ‘neocolonia’ después de que el 3 de enero fuerzas estadounidenses atacaron Caracas y se llevaron como prisioneros al entonces presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores.
“Una cleptocracia (gobierno basado en la apropiación de los recursos públicos) en Washington ha hecho una alianza con una cleptocracia en Venezuela, para tomar de una forma absurda, escandalosa e ineficiente el petróleo venezolano”, deploró Hausmann en declaraciones al podcast mexicano “Ciberdiálogos”.

Al lado del negocio está la demostración de control político sobre el hemisferio, según la “Doctrina Donroe” de 2025 (mezcla Donald y Monroe, el apellido del presidente que hace 200 años postuló la tesis de América para los americanos), adversa a la presencia de potencias extrarregionales como China, Rusia o Irán.
Trump informó en su red social Truth que el acuerdo se logró “bajo mi dirección”, por “el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Guerra (Defensa) Pete Hegseth, trabajando estrechamente con la muy respetada presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez”.
Rodríguez, vicepresidenta de Maduro, junto con su hermano Jorge Rodíguez, presidente de la legislativa Asamblea Nacional, y el ministro del Interior y referente militar, Diosdado Cabello, aceptaron la oferta estadounidense de conducir un gobierno interino sin plazo fijo bajo el paraguas político, militar y económico de Washington.
Trump anunció desde el 3 de enero que asumía el gobierno de Venezuela, se ufana de tomar para Washington el control de las ventas y los ingresos petroleros de Caracas, dirige los tiempos de su eventual retorno a la democracia y hasta dibujó al país sudamericano como “estado 51” de Estados Unidos.
En ese contexto se llegó al acuerdo invocado para sellar negocios sobre el petróleo venezolano y del cual Trump y Rodríguez solo han entregado unos retazos.

Pelando la cebolla
Trump anunció que sus secretarios “a través de una asociación con empresas privadas, han asegurado el control mayoritario de Estados Unidos sobre más de 65 000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo en Venezuela, sin costo alguno para el contribuyente estadounidense”.
Escribió que “esta transacción histórica más que duplica las reservas petroleras estadounidenses, aumenta enormemente nuestro suministro de petróleo y reducirá sustancialmente los precios de la gasolina para todos los estadounidenses durante mucho tiempo en el futuro”.
“Al mismo tiempo, ayuda a continuar encaminando a Venezuela hacia un tremendo éxito y una gran prosperidad”, dijo como coletilla final.
Si el acuerdo fuese una cebolla la primera capa mostraría que no se trata de 65 000 millones de barriles (de 159 litros), sino de mucho menos, porque las reservas venezolanas están sobreestimadas (303 000 millones de barriles según el gobierno), al suponer que se puede recuperar 20 % del crudo de la sudoriental Faja del Orinoco.
Ese gigantesco depósito de petróleo extrapesado -1,2 billones (millones de millones) de barriles bajo 55 000 kilómetros cuadrados de territorio-, “nunca ha entregado 20 % de ningún yacimiento, solo entre seis y ocho %”, aseguró a corresponsales extranjeros el experto petrolero venezolano Francisco Monaldi, actualmente en la estadounidense Universidad de Rice.
Aun así, Estados Unidos agrega el control de un gran volumen de petróleo a sus 46 000 millones de barriles de reservas certificadas, mediante una concesión entregada a dedo, sin concurso o subasta alguna, a una sola empresa, escogida por Washington como mascarón de proa al “cobrar” por su victoriosa incursión armada en enero.

El Pentágono es el socio
La figura utilizada es que el gobierno de Venezuela, que actualmente produce 1,2 millones de barriles diarios -una cuarta parte la empresa estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa), 10 % de lo que producía hace 15 años- entregó los campos a una firma privada, North American Blue Energy Partners (Nabep).
El acuerdo marco Washington-Caracas aspira atraer inversiones por 100 000 millones de dólares en 10 años, y regir durante un siglo, según Trump, o en los usuales 25 años de las concesiones petroleras, según lo expresado por Rodríguez.
Fuentes del negocio y de la política suman a los posibles vicios legales la condición provisional o ilegítima del gobierno de Rodríguez para alertar sobre la posibilidad de que el acuerdo sea revisado o desmantelado si cambia el régimen político en Caracas.
Juan Carlos Apitz, decano de la Facultad de Derecho de la pública Universidad Central de Venezuela, dijo que “a pesar de haber sido reconocido formalmente por Estados Unidos, el acuerdo podría ser llevado a los tribunales en el futuro”.
Nabep cede sin costo alguno, como dijo Trump, 35 % de su propiedad a la Oficina de Capital Estratégico del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Y 20 % del crudo que se produzca deberá venderse a precio de costo al gobierno estadounidense para alimentar sus reservas estratégicas.
Washington además tendrá la primera opción para comprar el 80 % restante, a precios de mercado.
“Eso significa que 35 % del petróleo producido irá al Tesoro estadounidense, sin poner un centavo. Y otro 20 % lo recibirá al costo. Entonces ese gobierno tendrá 55 % de las utilidades potenciales”, advirtió Hausmann.
En ese escenario, el académico descarta que empresas importantes en el negocio petrolero arriesguen sus capitales en emprendimientos conjuntos.
Establecida hace dos años en Barbados, Nabep incursionó en el negocio petrolero adquiriendo participaciones en empresas rusas, que explotaban algunos campos venezolanos en los que se estima una producción de unos 180 000 barriles por día.
Su principal propietario es Alejandro Betancourt, un operador financiero venezolano, que hizo una fortuna con contratos a dedo en electricidad y comercio de petróleo y otros bienes, siempre con el más bajo perfil posible.
Fue investigado durante años, en España, Suiza, Reino Unido, Estados Unidos y Venezuela por presuntas apropiaciones de fondos y legitimación de capitales provenientes de esos negocios, pero tanto Washington como Caracas dejaron de acusarlo y presionan para que otro tanto hagan en Europa sus tribunales.
Rubio y otros responsables estadounidenses, así como Rodríguez, explicaron la selección de Betancourt por ser el segundo productor privado en Venezuela después de la trasnacional estadounidense Chevron, y por su red de contactos e influencias en las actuales esferas de poder tanto en Washington como en Caracas.


Más petróleo, pero no mucho más
La producción petrolera venezolana probablemente suba a 1,5 millones de barriles diarios el año próximo y en 2030 a dos millones, sobre todo por incrementos que prevén Chevron, la italiana Eni y otras compañías que desarrollen campos fuera de los 17 atribuidos a Nabep.
Son volúmenes que apenas inciden en los precios de un mercado mundial de 100 millones de barriles diarios, y menos aún en los de los combustibles en Estados Unidos, con precios disparados debido a la guerra con Irán: un promedio de 4,32 dólares el galón de gasolina de 3,8 litros y un récord de 4,26 dólares el del diésel.
Hacia 2030, Chevron invertirá unos 7000 millones de dólares y Eni al menos 1500, pero tomándolos de cobranzas de deudas de Pdvsa y de la producción ya en marcha, sin comprometer dinero fresco para el país.
Nabep también espera duplicar su producción en tres o cuatro años, pero como en todo está compañía mantiene en la oscuridad sus previsiones.
Otras compañías, más pequeñas y arriesgadas, prevén inversiones aún más recortadas. La agencia Reuters encontró que ya se embarcan maquinaria y equipos usados e incluso desgastados en puertos de Estados Unidos para emprendimientos petroleros en Venezuela.
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En cuanto a llenar las reservas estratégicas de Estados Unidos, las cavernas donde se deposita ese crudo no están hechas para el petróleo pesado de Venezuela, aunque son posibles operaciones de intercambio con crudos livianos con algunas empresas.
De modo que el plan de Trump de alterar el panorama petrolero en su favor en el corto plazo no se producirá con el acuerdo en Venezuela, y medios laborales atribuyen a un interés electoral la presentación del semidesconocido acuerdo como un éxito formidable.
El 3 de noviembre se realizan en Estados Unidos las elecciones de medio término, que escogerán los 435 escaños del Congreso y un tercio de los 100 miembros del Senado, y las encuestas pronostican un revés para el Partido Republicano de Trump, lo que impondría más controles para el presidente, hasta ahora gobernando casi sin bridas.
El gobierno de Venezuela apuesta a revivir la alicaída industria petrolera y que los beneficios se esparzan sobre la economía del país -que perdió tres cuartas partes de su producto bruto en la última década-, y a que el Estado obtenga ingresos fiscales de más de 200 000 millones de dólares en 25 años.
La oposición política, con su principal líder María Corina Machado, apoya que haya un acuerdo petrolero con Washington, pero resiente que se celebre con un gobierno que considera ilegítimo y exige acelerar un proceso electoral presidencial, para el que Trump declaró que “Venezuela no está preparada”.
Entre las expresiones de crítica estuvieron los memes de las redes sociales. Uno muy difundido recuerda a Trump el “chavismo” (por el fallecido presidente Hugo Chávez, 1999-2013) de Maduro y Rodríguez: lo deseado “era llevarse el chavismo y dejarnos el petróleo, no llevarse el petróleo y dejarnos el chavismo”.
Y, por cierto, términos como clima, ambiente, emisiones de gases de efecto invernadero, calentamiento global o transición energética, todos temas críticos en la exigencia de la declinación de la producción de hidrocarburos, no aparecen ni en los textos, ni en las declaraciones ni en los debates en torno al “mayor acuerdo petróleo de la historia”.
ED: EG
CL14
