Quema grasa: el ejercicio que activa la lipólisis en solo siete día
MADRID, 26 Sep. –
Perder grasa no empieza necesariamente cuando la báscula empieza a bajar. El organismo puede poner en marcha cambios relacionados con el uso de la grasa como fuente de energía mucho antes de que se produzca una pérdida de peso visible.
Un nuevo estudio ha analizado qué sucede durante los primeros días de entrenamiento de fuerza, aunque se trata de una investigación preliminar realizada en ratones los resultados apuntan a que una semana de ejercicio de fuerza puede ser suficiente para provocar cambios en el tejido adiposo, incluso antes de que se produzca una pérdida de peso.
En un experimento realizado en la Universidad Estatal de Campinas (UNICAMP), los investigadores observaron que un breve período de entrenamiento de fuerza activó mecanismos involucrados en la descomposición de la grasa, redujo el tamaño de las células adiposas y disminuyó la grasa alrededor de los intestinos de los animales.
Tan solo siete días de entrenamiento de fuerza aumentaron la quema de grasa visceral en ratones obesos, incluso antes de que se observara pérdida de peso en la báscula, señala e estudio, publicado en la revista ‘Life Sciences’, que tuvo como objetivo comprender cómo responde el tejido adiposo al inicio del entrenamiento de fuerza, antes de que la pérdida de peso pudiera afectar los resultados.
«Siempre hemos oído que el ejercicio físico quema grasa y ayuda a perder peso. Pero rara vez nos paramos a pensar cómo sucede, cuánto ejercicio se necesita y qué significa realmente esa quema de grasa», afirma Leandro Moura, médico, profesional de la educación física, profesor de la UNICAMP, autor del estudio y coordinador del Laboratorio de Biología Celular del Ejercicio (ECeBiL).
EL ENTRENAMIENTO
Los experimentos se realizaron con ratones macho. Un grupo recibió una dieta estándar, mientras que otro recibió una dieta rica en grasas para inducir obesidad. Los animales obesos se dividieron en dos grupos. Un grupo permaneció sedentario, mientras que el otro comenzó un entrenamiento de fuerza. La dieta rica en grasas se mantuvo durante todo el período de ejercicio, de modo que la única diferencia entre los grupos fue la actividad física. Esto permitió aislar los efectos del entrenamiento de fuerza.
Los ratones debían subir una escalera de 70 centímetros cargando un peso atado a sus colas para simular un entrenamiento de fuerza. Cada sesión se realizó al 70 por ciento de su capacidad máxima e incluyó 20 subidas con intervalos de descanso de 60 a 90 segundos. En total, se realizaron siete sesiones.
«Calculamos cuánto peso podía cargar cada ratón al subir una escalera. Obviamente, no es posible replicar con exactitud los ejercicios de entrenamiento de fuerza que realiza una persona, pero logramos inducir un esfuerzo similar en el cuerpo, con contracciones más intensas, imitando eficazmente una sesión de entrenamiento de fuerza para humanos», explica Moura.
Los análisis se centraron en el tejido adiposo mesentérico, la capa de grasa que rodea los intestinos. Según Moura, este tejido es el principal representante de la grasa visceral en los seres humanos: la grasa que se acumula en la profundidad del abdomen, entre los órganos vitales. Este tejido graso es mucho más perjudicial para la salud que la grasa subcutánea, que se encuentra justo debajo de la piel. Cuando se presenta en exceso, la grasa visceral libera sustancias inflamatorias directamente al torrente sanguíneo, alterando el metabolismo de todo el organismo.
La decisión de monitorear el impacto del entrenamiento de fuerza en los animales durante solo siete días fue intencional. Querían observar los efectos del entrenamiento de fuerza en el tejido adiposo antes de que se produjera cualquier pérdida de peso, ya que la pérdida de peso en sí misma desencadena diversos cambios corporales que podrían enmascarar los efectos directos del ejercicio.
«Cuando logramos mantener el mismo peso corporal y observamos lo que sucede en el organismo, podemos aislar directamente la contribución del ejercicio físico antes de la pérdida de peso», explica Moura.
Los dos grupos de animales obesos recibieron la misma dieta durante todo el experimento para evitar introducir otra variable. Aunque su peso corporal total no disminuyó durante este tiempo, los ratones que realizaron entrenamiento de fuerza presentaron menor masa de tejido adiposo mesentérico que los animales obesos sedentarios. Además, sus adipocitos (células responsables del almacenamiento de grasa) eran más pequeños. El tamaño de estas células es importante para la salud metabólica.
En personas obesas, los adipocitos se hinchan tanto que sufren estrés crónico y comienzan a secretar sustancias inflamatorias al torrente sanguíneo. El hecho de que el ejercicio reduzca el tamaño de estas células demuestra que el tejido ya no está inflamado y se está volviendo metabólicamente saludable, incluso antes de que se observe algún cambio en la báscula.
CAMBIOS EN LA GRASA ANTES DE PERDER PESO
Cuando los investigadores analizaron lo que ocurría dentro de estas células, descubrieron que la obesidad había afectado la acción de proteínas importantes para la lipólisis, es decir, el proceso de descomposición de la grasa almacenada para que pueda utilizarse como fuente de energía. Tras siete sesiones de entrenamiento de fuerza, parte de este mecanismo volvió a funcionar.
Las proteínas analizadas incluyeron PLIN1 (perilipina-1), ABHD5 y ATGL. En términos sencillos, PLIN1 ayuda a regular la grasa almacenada en las células adiposas. Al ser estimulada por el ejercicio, PLIN1 experimenta un cambio y libera ABHD5, que activa la descomposición de la grasa. Una vez liberada, ABHD5 se une a ATGL, una enzima involucrada en el primer paso de la descomposición de los triglicéridos almacenados en la célula. El estudio también encontró una reducción en la expresión del gen Scd1 , que participa en la síntesis de moléculas de grasa. Esto sugiere que el cuerpo se vuelve menos propenso a almacenar calorías de la dieta en el tejido adiposo.
En ratones obesos sedentarios, sin embargo, los niveles de ABHD5 se redujeron, por lo que el mecanismo de descomposición de la grasa no se activó significativamente. El entrenamiento de fuerza aumentó la interacción entre ABHD5 y ATGL, activando otros marcadores implicados en la lipólisis.
«La gente suele pensar que si lleva dos meses entrenando con pesas y no ha perdido peso, no ha servido de nada. Pero lo que vimos en este estudio es que, tras solo siete días de entrenamiento de fuerza -incluso sin pérdida de peso-, las vías moleculares que promueven la acumulación de grasa estaban menos activas, mientras que las que estimulan su descomposición estaban más activas», comenta Moura.
Según el investigador, los resultados ayudan a desmentir la idea de que solo el ejercicio aeróbico contribuye a la pérdida de peso y que el entrenamiento de fuerza solo aumenta la masa muscular. «Ambos tipos de ejercicio activan vías similares -a diferentes intensidades-, así como vías distintas. Por lo tanto, combinar ambos sigue siendo la mejor recomendación y la mejor estrategia para quienes desean perder peso», afirma Moura.
De cara al futuro, el equipo planea monitorear períodos de entrenamiento más prolongados para comprender cómo evolucionan estas respuestas a medida que comienza la pérdida de peso. Los investigadores también están estudiando los efectos del ejercicio en otros depósitos de grasa, incluidos los que rodean el corazón.
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