Periodistas exiliadas de Nicaragua sostienen el oficio entre la precariedad y la resistencia
Compartir esto:

MANAGUA – En medio del cierre de medios de comunicación, la censura y el exilio forzado, cientos de periodistas nicaragüenses, buena parte mujeres, sostienen con dificultades el oficio en el exterior,  combinando múltiples empleos, redes de apoyo y estrategias digitales para seguir informando sobre Nicaragua mientras enfrentan precariedad económica, responsabilidades familiares y el temor persistente de la represión transnacional.

Ese esfuerzo, que combina supervivencia y vocación, se desarrolla en un contexto adverso marcado por la censura estructural dentro de Nicaragua, descrita como un “apagón informativo”, y por las limitaciones económicas, emocionales y profesionales del exilio.

De acuerdo con el informe “20 años del desmantelamiento de la libertad de prensa en Nicaragua”, elaborado por el colectivo Las Exiliadas y presentado en abril en Madrid, la capital española, el ataque estatal contra el periodismo no ha sido un daño colateral de la crisis política, sino una estrategia deliberada para eliminar el escrutinio público y la memoria histórica.

De la represión al exilio forzado

El origen de este proceso se remonta al retorno del exguerrillero izquierdista Daniel Ortega al poder en 2007, cuando inició un progresivo control del discurso público, seguido por la cooptación institucional y la concentración mediática, hasta controlar ahora todos los poderes bajo su dominio y el de su esposa y copresidenta Rosario Murillo.

Sin embargo, de acuerdo con el informe de las comunicadoras, el punto de quiebre se produjo en 2018, tras las protestas sociales contra el gobierno, que fueron reprimidas con violencia de las fuerzas de seguridad y militantes del Frente Sandinista, el partido gobernante.

La represión se saldó con al menos 355 personas muertas, más de 2000 heridos, cientos de desaparecidos forzados, miles de detenciones, juicios arbitrarios, torturas y abusos de todo, según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

«Hemos aprendido que frente al aislamiento impuesto por la dictadura, la colectividad es una forma de sobrevivir y de defender la libertad de prensa»: Maryorit Guevara.

A partir de entonces, la persecución contra periodistas se intensificó mediante detenciones arbitrarias, confiscaciones, cierres de medios y campañas de estigmatización.

Según el informe de Las Exiliadas, al menos 61 medios han sido cerrados o confiscados y más de 309 periodistas han sido forzados al exilio desde 2018. Entre ellos, al menos 106 son mujeres, lo que representa más de un tercio del total.

El resultado es un país donde informar se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Aproximadamente 65 % del territorio nacional se encuentra sin cobertura independiente, configurando amplias zonas de silencio informativo.

La periodista nicaragüense Patricia Orozco recibiendo el 7 de mayo en Madrid, en nombre de colectivo Las Exiliadas, el Premio Libertad de Prensa 2026 de la 12 edición de los españoles Premios Optimistas Comprometidos. Imagen: Cortesía de Agenda Propia Nicaragua

El “apagón informativo” y sus consecuencias

Dentro de Nicaragua, el ecosistema mediático independiente ha sido prácticamente desmantelado. No circulan periódicos impresos, los espacios informativos en radios han sido sustituidos por entretenimiento y los medios críticos operan desde el extranjero.

“Sin periodismo independiente no hay escrutinio público ni memoria documentada”, advierte ese informe.

En este contexto, quienes permanecen dentro del país enfrentan vigilancia, amenazas y autocensura, mientras que quienes se exiliaron intentan sostener el flujo informativo desde el exterior.

Hacer periodismo desde la sobrevivencia

Para muchas mujeres periodistas, el exilio no ha significado una pausa en su trabajo, sino una reconfiguración radical de su vida y su oficio.

Maryórit Guevara, editora del medio La Lupa Feminista y exiliada desde 2018, describe esa realidad como una doble carga.

“Las mujeres periodistas en Nicaragua enfrentamos una doble persecución: por ejercer el periodismo y por ser mujeres. El régimen no solo busca silenciar nuestras voces, también intenta castigarnos desde los estereotipos de género”, dijo a IPS.

Según su testimonio, las agresiones incluyen campañas de difamación, ataques sexualizados, vigilancia, amenazas y hostigamiento contra sus familias.

A pesar de ello, insiste en que el exilio no implica silencio.

“Significa empezar de nuevo con dolor, incertidumbre y muchas veces precariedad económica y emocional. Para las mujeres periodistas, además, significa sostener redes de cuidado, maternidades y responsabilidades familiares mientras seguimos reportando sobre un país al que no podemos regresar”, explicó.

Los periodistas nicaragüenses en el exilio deben enfrentarse a retos como la tramitación de sus estatus migratorios, como en esta imagen afuera de la Unidad de Refugio de la Dirección de Migración en La Uruca, San José de Costa Rica. Imagen: José Mendieta / IPS

La precariedad como condición cotidiana

El informe de Las Exiliadas documenta que 76 % de las periodistas exiliadas no logra cubrir sus gastos básicos con el ejercicio del periodismo, y que 60 % ha considerado abandonar la profesión.

Esta precariedad obliga a muchas a buscar empleos alternativos fuera de su campo profesional.

Patricia Orozco, directora de Agenda Propia Nicaragua y exiliada desde 2021, lo describe con claridad.

“Las barreras son sobre todo los bajísimos salarios que se ofrecen a las periodistas, con los cuales no pueden enfrentar las necesidades familiares. Muchas trabajan en otros sectores, como la hotelería, como camareras o meseras, además de intentar sostener su labor periodística”, señaló.

El 7 de mayo, en representación de Las Exiliadas, Orozco recibió el Premio Libertad de Prensa 2026, en la XII edición de los españoles Premios Optimistas Comprometidos, entregado en el Museo de Arte Reina Sofía de Madrid, en reconocimiento a la labor de periodistas que, pese al destierro, continúan informando sobre Nicaragua y la región latinoamericana.

El jurado destacó la valentía, el rigor y la persistencia de estas comunicadoras en un contexto global de deterioro de la libertad de prensa, donde, según Reporteros Sin Fronteras, más de la mitad de los países enfrentan condiciones difíciles o graves para el ejercicio periodístico.

Y Nicaragua se ubica entre los entornos más hostiles del continente.

Orozco dijo a IPS que esta nueva realidad en su carrera periodística evidencia “una reconfiguración forzada de las trayectorias profesionales de cada una”.

“Periodistas que antes investigaban, reportaban o dirigían medios ahora combinan múltiples empleos para sobrevivir y seguir informando a la vez”, planteó.

Redacciones dispersas, periodismo persistente

A pesar de las dificultades, el periodismo nicaragüense se mantiene activo a través de redacciones transnacionales.

Según el informe de Las Exiliadas, al menos 26 medios independientes operan desde el exilio, principalmente en Costa Rica, Estados Unidos y España.

Estos equipos funcionan de manera distribuida: periodistas dentro del país colaboran en anonimato con editores en el exterior, utilizando herramientas digitales, protocolos de seguridad y canales cifrados.

Este modelo ha permitido sostener coberturas en tiempo real, aunque con limitaciones importantes. El acceso a fuentes oficiales es prácticamente inexistente, y las fuentes dentro del país temen represalias.

Para superar estas barreras, los medios han desarrollado estrategias como el uso intensivo de redes comunitarias, la verificación cruzada de testimonios y el análisis de datos alternativos.

Pese a la vigilancia policial en cada calle de Managua, sistemas de espionaje, persecución y amenazas, los periodistas exiliados siguen informando sobre la crisis de Nicaragua con el respaldo de informadores anónimos dentro del país. Imagen: José Mendieta / IPS

Viejas barreras y nuevos riesgos

Guillermo Medrano, consultor de la nicaragüense Fundación por la Libertad de Expresión y la Democracia (Fled), advirtió a IPS que en 2026 el periodismo nicaragüense enfrenta un escenario más complejo que en años anteriores, marcado por viejas barreras y nuevos riesgos que van más allá del cierre de redacciones dentro del país.

“Ya no solo se trata de la represión interna; ahora hay un componente de represión transnacional que persigue a los periodistas donde quiera que estén”, explicó desde San José de Costa Rica, donde Fled tiene su sede principal.

A su juicio, el exilio dejó de ser un espacio seguro y se ha convertido en una extensión del riesgo, donde la vigilancia, el acoso y las amenazas también están presentes en ciudades cercanas a Managua, como San José, otras ciudades costarricenses y Madrid, donde Fled ha conocido denuncias.

Uno de los principales obstáculos, señala Medrano, es el empeoramiento de la precariedad económica.

“Muchos medios y periodistas operan ahora en mayores condiciones de absoluta fragilidad financiera, peor de cuando salieron del país”, dijo.

Ante la imposibilidad de recibir publicidad desde Nicaragua, donde ninguna empresa se atreve a pautar por temor a represalias estatales, los medios dependen de fondos de cooperación internacional, que son limitados y altamente competitivos.

Esta situación obliga a muchos periodistas a sostener dos o hasta tres empleos fuera del ámbito periodístico, en actividades como limpieza, reparto de comida o cuidado de personas, mientras intentan informar en su tiempo disponible, explica Medrano.

A ello se suma el cierre progresivo de las fuentes dentro del país. “Las fuentes están aterradas. Incluso hablar en anonimato o enviar un mensaje puede significar cárcel”, advierte, en referencia al uso de leyes como la de ciberdelitos.

El aumento de la vigilancia digital y el perfeccionamiento de los mecanismos de espionaje estatal han obligado a extremar los protocolos de seguridad, tanto para periodistas como para quienes les proveen información, describe.

“Burnout colectivo”

Este entorno limita la cobertura y eleva el costo de verificar datos en un contexto de opacidad.

Medrano también subraya el impacto de la apatridia y la falta de documentación. Muchos periodistas han sido despojados de su nacionalidad o enfrentan la confiscación de sus documentos, lo que dificulta desde abrir una cuenta bancaria hasta contratar un servicio telefónico.

“No tener papeles limita incluso la capacidad básica de trabajar”, señaló.

En paralelo, los ataques digitales contra medios independientes, como intentos de bloquear servidores o vulnerar plataformas, se han vuelto frecuentes, mientras el régimen continúa emitiendo órdenes de captura y procesos judiciales en ausencia, junto a campañas de odio y ataques dirigidos a periodistas y directores de medios.

Medrano advierte, más allá de los esfuerzos, sobre un desgaste emocional profundo dentro del gremio.

“Hay un trauma acumulado: el destierro, la separación familiar, la culpa de estar fuera mientras otros están presos”, dijo.

Este contexto ha generado lo que describe como un “burnout colectivo”, el síndrome de “estar quemado” que amenaza la continuidad de los procesos informativos.

Sin embargo, pese a todo, concluye, el periodismo nicaragüense sigue activo. “Se sigue trabajando, incluso en medio del agotamiento y la adversidad”, aseguró.

En Nicaragua ya no existen medios de comunicación independientes, organizaciones de la sociedad civil vinculadas a la libertad de información ni actividades informativas. Esta imagen de 2021 es una de las últimas conferencias de prensa de la extinta Fundación Violeta Chamorro, cancelada ese año por el régimen nicaragüense. Imagen: José Mendieta / IPS

La otra cara de las periodistas exiliadas

Ejemplo de ese panorama lo destacan dos periodistas nicaragüenses exiliadas, una en Estados Unidos y otra en España.

“Adela”, nombre ficticio que pide usar para proteger su identidad, llegó a Estados Unidos en 2021 y creyó estar a salvo de la represión en Nicaragua. Siguió colaborando y haciendo noticias en redes sociales, hasta que la Policía Nacional envió dos citatorias a su madre en Nicaragua.

Ella interpretó el mensaje como una amenaza y tuvo que cesar sus redes y cancelar sus colaboraciones con otros medios.

Y en España, otra periodista nicaragüense que colaboraba con varias plataformas de noticias en Costa Rica se decidió a abandonar el oficio, hastiada de la precariedad económica del gremio.

“Los medios no tienen presupuesto para pagar, no hay fondos, y cuando hay me ofrecen una tontería y me pagan a los varios meses, eso más bien me creaba irritación y frustración. No pienso desgastarme más en eso”, dijo a IPS desde España.

Persistir en medio de la adversidad

A pesar de todo, las periodistas nicaragüenses continúan informando. Cada publicación, cada reportaje, cada dato verificado es, en palabras del informe, un acto de resistencia frente a un sistema que busca silenciar la verdad.

“Las mujeres periodistas nicaragüenses hemos demostrado que incluso desde el exilio se puede seguir investigando, denunciando y contando la verdad”, afirmó Guevara.

Ese esfuerzo, sin embargo, tiene un costo humano profundo.

Detrás de cada historia publicada hay jornadas dobles o triples de trabajo, incertidumbre económica, miedo persistente y una vida reconstruida en condiciones adversas.

Pero también hay una decisión.

“Negarnos a desaparecer, negarnos a callar y sostenernos unas a otras en medio de la represión”, resumió la periodista exiliada.

ED: EG

CL14