26 octubre 2026
Surge una nueva generación de manifestantes en Francia
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LONDRES – Aulas con paredes enmohecidas, plagadas de cucarachas y ratas, sofocantes en verano y gélidas en invierno: así describen los estudiantes de secundaria franceses los lugares donde se supone que deben aprender. Estos símbolos, imposibles de ignorar, de la falta de financiación y el abandono han desencadenado un movimiento de protesta que ha sacudido al país.

Las quejas de los estudiantes se centran en la falta de financiación, la escasez de profesores, unas infraestructuras en ruinas, las aulas abarrotadas y un sistema de acceso a la universidad opaco. Se trata de cuestiones importantes en sí mismas que plantean preguntas más amplias sobre a qué intereses sirven las economías y los gobiernos, y qué futuro puede esperar la gente.

El autor, Andrew Firmin

Cuando los estudiantes de secundaria bloquearon sus centros educativos, la iniciativa caló hondo. Los universitarios no tardaron en sumarse. En cuestión de semanas, al menos 250 000 personas salieron a la calle, entre las que se encontraban docentes, sindicalistas y simpatizantes del partido de izquierda Francia Inquebrantable (LFI).

El gobierno abrió una plataforma de consulta para los estudiantes, anunció la liberación de reservas de combustible y prometió políticas de mejora de los centros educativos, pero estas concesiones limitadas no detuvieron las protestas. Mientras tanto, el mensaje se extendió por toda Europa.

Una ola continental

Los estudiantes organizaron bloqueos escolares en varias ciudades de Bélgica, mientras que en Italia miles de personas salieron a la calle para exigir un aumento del gasto en educación, mejores edificios escolares y medidas contra el coste de la vida.

En España, la crisis de la vivienda inasequible ha provocado protestas en todo el país, con muchos jóvenes al frente. El detonante fue el desahucio de María del Carmen Abascal, de 87 años, conocida como Maricarmen, del piso de Madrid que había sido su hogar durante más de siete décadas, después de que la empresa de inversiones que compró su edificio subiera el alquiler en más de un 230 por ciento.

Siguieron semanas de protestas por toda España y la Puerta del Sol de Madrid se llenó con más de 1.200 tiendas de campaña de los manifestantes. Cuando los partidos de derecha bloquearon la legislación de emergencia en materia de vivienda, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, convocó elecciones anticipadas.

En Portugal, miles de personas acamparon en plazas públicas para protestar contra la vivienda inasequible, pidiendo al gobierno que retirara un proyecto de ley que facilitaría a los propietarios el desalojo de los inquilinos y pondría fin a los límites máximos de alquiler en los nuevos contratos. En Grecia, los estudiantes protestaron contra los elevados alquileres para estudiantes.

Las protestas han resurgido en Albania. Inicialmente se desencadenaron por un proyecto turístico de lujo vinculado a la familia del presidente estadounidense Donald Trump, lo que desató el descontento frente a unos políticos que no rinden cuentas, el poder oligárquico y la corrupción.

Las protestas en Francia dieron un nuevo impulso al movimiento, con estudiantes movilizándose contra los elevados costes de la educación, las malas condiciones universitarias y las limitadas perspectivas laborales.

Los desencadenantes y las reivindicaciones de los movimientos de protesta varían, pero todos ellos reflejan una percepción compartida entre muchos jóvenes de que no se les escucha y de que no se están abordando las crecientes dificultades económicas.

Las raíces de una revuelta generacional

Lo que ha ocurrido en Francia y en otros países europeos forma parte de una tendencia global más amplia. Los jóvenes esperan pocas oportunidades en unas economías que fallan a casi todo el mundo, salvo a los superricos.

Ven cómo los ya deficientes servicios públicos empeoran, incluidas sus escuelas y universidades, mientras que el coste de los productos básicos se dispara, impulsado por la crisis climática y los conflictos innecesarios.

Cuando los jóvenes terminan sus estudios, se adentran en mercados laborales imposibles y se enfrentan a la necesidad de destinar la mayor parte de lo que ganan al pago del alquiler. Una crisis de la vivienda que lleva años gestándose se ha convertido en un tema de actualidad. Los intereses del sector privado han convertido una necesidad en un objeto de especulación financiera.

Los propietarios corporativos buscan obtener el máximo alquiler que el mercado pueda soportar y utilizan su poder de presión para diluir las políticas destinadas a controlar los alquileres.

Muchas personas consideran que los gobiernos no tienen las respuestas. En Francia, como en otros lugares, el plan actual consiste en más austeridad económica. Se considera de forma generalizada que los partidos tradicionales de centro-derecha y centro-izquierda difieren muy poco entre sí.

Al mismo tiempo, los jóvenes han descubierto el poder de la autoorganización. En muchos países han surgido movimientos de protesta liderados por la Generación Z, motivados por la indignación ante los fracasos económicos, la corrupción y un poder político que no rinde cuentas.

En 2024, los jóvenes se levantaron en Kenia contra un impuesto previsto sobre los productos de primera necesidad. En Bangladés, los jóvenes protestaron contra una cuota que restringía el acceso a los puestos de trabajo del sector público, lo que derrocó a un gobierno autoritario.

En 2025, la prohibición de 26 plataformas de redes sociales demostró a los jóvenes de Nepal lo desconectado que estaba su gobierno de la realidad. Sus protestas derrocaron al primer ministro, lo que condujo a unas elecciones que trajeron consigo un cambio democrático.

Este año, el «movimiento de las cucarachas» de la Generación Z en la India logró la dimisión del ministro de Educación por las filtraciones en los exámenes y ahora protesta contra los cambios injustos en el censo electoral.

En 2025, surgieron movimientos liderados por la Generación Z en países tan diversos como Madagascar, Marruecos, Perú, Filipinas, Serbia y Togo, entre muchos otros.

Estos movimientos comparten características notablemente similares, practican la democracia interna y comparten inspiración, tácticas y símbolos más allá de las fronteras.

Cuando los movimientos amplían su apoyo más allá de sus orígenes, conectando con grupos y organizaciones ya consolidados, la Generación Z sigue siendo su núcleo, impulsándolos hacia adelante.

Represión y oportunismo político

Dado que cuestionan la distribución del poder económico y político, las protestas lideradas por la Generación Z se han topado invariablemente con la violencia estatal.

En Francia, Amnistía Internacional ha documentado el uso de porras, gases lacrimógenos y detenciones masivas, incluso contra menores.

El 7 de octubre, en medio de la indignación pública, el gobierno se vio obligado a suspender el uso de granadas aturdidoras por parte de la policía después de que un chico de 15 años perdiera una mano. La policía ha detenido a miles de menores de 18 años.

Los manifestantes se han movilizado de forma abrumadoramente pacífica, salvo por actos aislados de vandalismo. Sin embargo, las protestas contra el coste de la vida, a las que se sumaron cientos de miles de personas durante el fin de semana del 17 y 18 de octubre, terminaron en una violencia mucho más significativa, con disturbios y saqueos en varias ciudades.

Con las elecciones presidenciales previstas para abril, los políticos no han tardado en sacar partido de la violencia. Los portavoces del gobierno han intentado culpar a LFI, mientras que la líder de extrema derecha Marine Le Pen, que actualmente encabeza las encuestas, ha achacado la violencia a lo que ella denomina «inmigración anárquica».

Donald Trump y el gobierno ruso han hecho lo mismo, mientras que políticos de extrema derecha de toda Europa han seguido su ejemplo.

Los manifestantes no quieren una victoria de la extrema derecha, y si Francia u otros países se desplazan aún más hacia la derecha, la culpa no recaerá sobre ellos. La ira pública que exige un cambio radical y busca castigar a las élites puede canalizarse hacia fines populistas y nacionalistas de extrema derecha cuando no se ofrecen mejores alternativas.

Los fracasos económicos y políticos, en países con una gran población de la Generación Z, garantizan prácticamente nuevas protestas. La clase política debe empezar a escuchar y ofrecer una respuesta más positiva.

Andrew Firmin es redactor jefe de Civicus, codirector y redactor de Civicus Lens y coautor del Informe sobre el Estado de la Sociedad Civil de la organización.

T: MF / ED: EG

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