Mujeres mayas llevan el sol a casa e impulsan la acción climática en México

“Necesitamos consultar a las mujeres para entender a las infancias y a las personas adultas mayores, para entender qué tipo de energía necesitan, cuándo la necesitan, para qué la necesitan”, explicó.
Desde esta perspectiva, un sistema fotovoltaico puede mejorar las condiciones de vida, pero su capacidad transformadora depende también de que responda a las prioridades de cada familia.
La energía solar ha ganado terreno rápidamente dentro del sistema eléctrico mexicano. Sin embargo, su expansión no significa que esta tecnología haya llegado de la misma manera a los hogares.
En 2022, la generación distribuida representaba apenas 1,2 % de la generación eléctrica total del país y, aunque prácticamente toda su capacidad instalada corresponde actualmente a sistemas fotovoltaicos, solo un 0,3 % de las viviendas mexicanas obtenía electricidad mediante paneles solares, de acuerdo con la Secretaría de Energía.
La expansión de la energía solar en la Península de Yucatán también ha abierto conflictos sobre quién decide dónde se genera la electricidad y cuáles son los costos territoriales de hacerlo a gran escala.
Rodrigo Patiño, integrante de Articulación Yucatán, recordó los casos de Yucatán Solar, puestos en marcha en Valladolid, y Ticul A y B, en Muna, Sacalum y el municipio del mismo nombre. Estos megaproyectos fueron frenados después de inconformidades y acciones legales relacionadas con sus impactos ambientales y sociales.
En el primero, señaló, llegaron a deforestarse cerca de 200 hectáreas de selva y el predio incluía un cenote vinculado con prácticas rituales de comunidades mayas; en el segundo se cuestionó la forma en que se obtuvo inicialmente el aval de ejidatarios y la posible deforestación de más de 500 hectáreas.
“Los grandes proyectos fotovoltaicos surgen de una lógica técnico-económica que privilegia las ganancias para los empresarios y la atención a los grandes consumidores de electricidad, como la industria, el turismo y las grandes ciudades”, explicó.
En contraste, señaló que los sistemas comunitarios pueden dimensionarse a partir de necesidades energéticas locales y abrir espacios de decisión para sectores que suelen quedar fuera de estos procesos, entre ellos mujeres, jóvenes y comunidades indígenas.
“Es necesario escuchar cuáles son las necesidades reales de estas comunidades en cuanto al consumo energético, pero también hacerlas partícipes en la toma de decisiones y en la gestión de sus propios sistemas energéticos”, sostuvo Patiño.
Para las integrantes de Túumben K’óoben, acercar estas tecnologías a las comunidades representa desmontar la idea de que el conocimiento sobre energía pertenece únicamente a especialistas.
Su experiencia busca mostrar que las mujeres pueden aprender a instalar, mantener y gestionar estos sistemas sin necesidad de contar con una formación profesional en el área, al mismo tiempo que promueven alternativas que fortalezcan la resiliencia de sus comunidades frente al cambio climático y contribuyan a reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2).
“Lo que queremos es abrir este conocimiento a comunidades que a veces son olvidadas por el propio sistema”, puntualizó Fátima Vázquez.
Este artículo se elaboró con el apoyo de Climate Tracker América Latina y Oxfam.
RV: EG
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