25 septiembre 2026
Nuevo curso escolar en Cuba busca adaptarse a una cotidianidad en crisis
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LA HABANA – El nuevo curso escolar empezó el 1 de septiembre en Cuba con una mayor flexibilidad en las exigencias a los estudiantes y de adaptación a la actual cotidianidad carente de recursos, combustibles y financiamiento, la crítica realidad que impera en la sociedad de la isla durante este 2026.

“Tras casi un mes de comenzar, ha estado bien el curso. Todos en la escuela se han esforzado para que sea un buen inicio”, dijo a IPS Jennifer Suárez, una fotógrafa habanera de 35 años.

Suárez celebra que, a su hija de siete años, quien empieza el segundo de los seis grados de primaria, no le falta ningún maestro, una situación privilegiada si se tiene en cuenta que el nuevo curso escolar abrió con apenas 73 % de las 135 000 plazas docentes cubiertas, según anticipó el 27 de agosto la ministra de Educación, Naima Trujillo.

Los bajos salarios del sector provocan desde hace años un éxodo de docentes al extranjero y a otros campos laborales dentro de la isla, lo que dificulta la educación de los 1,4 millones de estudiantes, distribuidos en las más de 10 000 instituciones educativas, todas públicas, entre la enseñanza primaria y la preuniversitaria.

Los universitarios son atendidos por otro ministerio, el de Educación Superior, que también inició el curso en septiembre.

Suárez también estuvo satisfecha con que todos los libros necesarios de su hija pudieran ser cubiertas por la escuela, como usualmente ha sido dentro del gratuito y universal sistema de educación cubano, una de las banderas del gobierno desde el triunfo de la revolución cubana en 1959.

Sin embargo, varios cuadernos sí faltaron, señaló, así que algunos padres los imprimieron y encuadernaron en negocios privados tras descargarlos en la biblioteca digital CubaEduca del Ministerio de Educación, a precios excesivos para el poder adquisitivo promedio de los cubanos.

“Desde el inicio del curso se habló de que sería un curso flexible. Si los padres no tenemos agua para lavar el uniforme a tiempo, podemos mandar al niño con pulóver y pantalón”: Jennifer Suárez.

El problema en la disponibilidad de libros ya era notorio en 2023, cuando el gobierno cubano reportó que más de tres millones de libros escolares se habían dejado de producir como consecuencia de las dificultades para adquirir insumos y piezas de repuesto para la industria poligráfica.

Los padres con mayores ingresos suplen en el sector privado la falta de uniformes y materiales educativos antes garantizados por el Estado, mientras otros simplemente no pueden permitírselo.

En los comedores de la escuela se ha estado garantizado el almuerzo cada día, al precio simbólico equivalente a un centavo de dólar mensual, aunque los estudiantes suelen llevar por su cuenta “refuerzo de proteína”, dijo Suárez.

A finales del curso pasado la escuela no podía transportar los almuerzos por falta de combustible, lo que hizo un hueco en la nutrición de los niños de familias más vulnerables.

En general, el nuevo curso escolar sufre de frecuentes cortes eléctricos, almuerzos deficientes, ausencias de profesores, dificultades en el transporte, síntomas de desigualdad en el acceso a la educación y otros problemas derivados de una crisis económica que se agravó desde la covid-19.

La crisis se profundizó a nuevas simas en 2026 por el bloqueo petrolero y las sanciones financieras de Estados Unidos a Cuba.

En este país insular caribeño de 9,4 millones de habitantes, el suministro eléctrico se volvió cada vez más precario desde 2021, y los largos cortes eléctricos programados y los grandes apagones imprevistos son parte de la cotidianidad, que se volvieron más recurrentes este año, cuando hasta la fecha ha habido ocho apagones nacionales totales.

La recurrente falta de electricidad agrava la situación de los planteles y dificulta impartir clases presenciales en todos los niveles educativos.

Anne Lemaistre, directora de la Oficina Regional en La Habana de Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), ya había advertido en mayo que la presión de Washington ponía “en peligro el futuro de toda una generación, con consecuencias a largo plazo” y que “la educación en Cuba está en riesgo debido a la actual crisis energética”

Pero tras casi nueve meses del cerco unilateral de Estados Unidos, el sistema educativo cubano no tuvo más remedio que aceptar como el actual panorama en crisis como la nueva cotidianidad y diseñar en consecuencia un nuevo curso escolar.

Estudiantes de enseñanza media participan en una feria educativa celebrada en La Habana, el primer día de clases, el 1 de septiembre de 2026. Aproximadamente 1,4 millones de estudiantes de la enseñanza primaria, media o universitaria, de más de 10 000 instituciones educativas, empezaron este nuevo curso escolar plagado de incertidumbre por la crisis en que está hundida Cuba. Imagen: Jorge Luis Baños / IPS

Un nuevo curso escolar flexible

Debido a la crisis energética y las limitaciones logísticas, el anterior curso escolar, que debía concluir en julio, adelantó su cierre casi un mes, con clausuras entre el 15 y el 30 de junio.

La titular de Educación había reconocido en una intervención televisiva el 16 de mayo que entre 10 000 y 22 000 estudiantes se habían identificado en desventaja por estar más desconectados de sus instituciones o residir en lugares más distantes.

La misma Suárez, la fotógrafa, en una entrevista anterior con IPS realizada en julio, había dicho que el curso había transcurrido bastante “accidentado” por todos los cambios repentinos debido al empeoramiento de la situación energética en el país, y el deterioro consecuente de la calidad de la enseñanza.

“Fue una situación muy complicada y hoy, en términos generales, continúa. Incluso en algunas cuestiones se va recrudeciendo, por el efecto acumulado de esas carencias”, señaló la ministra al respecto más recientemente, el 25 de agosto, en televisión nacional.

Por eso, más allá de la planificación y la resiliencia que los centros educativos puedan tomar, muchas veces con el apoyo económico de los padres, la “flexibilidad” se ha convertido en una especie de canon.

“Desde el inicio del curso se habló de que sería un curso flexible. Si los padres no tenemos agua para lavar el uniforme a tiempo, podemos mandar al niño con pulóver y pantalón”, dijo Suárez.

Ante el calor y los apagones, muchos niños llevan ventiladores con batería a las aulas; debido a los problemas de transporte, los alumnos pueden llegar una o dos horas tarde, mientras que la jornada de la tarde se eliminó en la mayor parte de la semana.

“Para nosotros es imprescindible proteger la mayor presencialidad que nos sea posible en estas condiciones… lo que no nos puede pasar es que alguien deje de asistir a la institución o que vaya y no encuentre una respuesta educativa allí”, afirmó la ministra.

Estudiantes de la enseñanza superior conversan en áreas de la Universidad de La Habana. Los universitarios cubanos reciben apoyo logístico de sus centros de estudios para poder experimentar sesiones presenciales en sus cursos escolares. Imagen: Jorge Luis Baños / IPS

Mayor planificación de clases presenciales

Algunos estudiantes universitarios, como Rafael Mena, de tercer año de Periodismo en la Universidad de La Habana (UH), opinaban en la primera mitad de 2026 que el curso debía suspenderse por las malas condiciones de electricidad, transporte y conexión a internet que habían alterado la calidad de la educación tras el bloqueo petrolero en enero.

En febrero, como medida de ahorro ante esta medida, el gobierno cubano había instaurado rápidamente un sistema semipresencial -de clases híbridas, entre presenciales y a distancia- en la enseñanza superior.

“El año pasado se hablaba de semipresencialidad, pero no se fue en ningún momento a la universidad, porque las condiciones no lo permitían”, dijo a IPS Mena, quien reside en la ciudad de Bejucal, en la provincia de Mayabeque, al sur de La Habana.

El 9 de marzo, una treintena de estudiantes universitarios incluso protestaron en la escalinata de la UH por la falta de vías institucionales para transmitir sus quejas y, sobre todo, contra el sistema de clases semipresenciales.

Sin embargo, como el bloqueo petrolero y el colapso multidimensional permanecen tras casi un año, Mena ya no cree que deba aplazarse su educación en espera de que la situación mejore.

“Antes lo pensaba, pero ahora ya no. La vida sigue y tenemos que adecuarnos a ella. Si la vida se pone en ´stand by (en pausa)’, al final los perjudicados seremos nosotros (los estudiantes)”, dijo Mena.

El estudiante apoya el método semipresencial implementado en este nuevo curso escolar, en el que la universidad auspicia el transporte de sus estudiantes y flexibiliza la asistencia a clases, sin abandonar el uso de plataformas virtuales para divulgar los contenidos de las clases.

“Ahora hay una concepción más definida de lo que se entiende por semipresencialidad”, acotó.


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De acuerdo con Amanda Terrero, jefa del departamento de la carrera de Ciencias de la Información en la UH, “el último semestre del curso pasado fue un poco más improvisado, porque no hubo mucho tiempo de planificar… fue lo que pudo ser y no lo que queríamos que fuera”.

“En este curso, la universidad ha echado tremendo esfuerzo para garantizar al menos algo de presencialidad. Y se está notando en la respuesta de los estudiantes. En comparación, yo creo que este año va a estar mucho mejor, en cuanto a la calidad de la enseñanza”, dijo.

Por ejemplo, la UH contrató a empresas privadas para transportar gratuitamente a la capital a la mitad de los estudiantes de viven fuera de La Habana, a quienes internará durante un semestre en sus alojamientos universitarios (hasta febrero de 2026, cubría esos gastos para todos los estudiantes).

El mismo proceso se repetirá en el segundo semestre con la otra mitad del estudiantado.

Asimismo, la UH contratará ómnibus para hacer recorridos diariamente, de ida y vuelta, para trasladar a sus estudiantes dentro de La Habana.

“El principio de la universidad es intentar que las soluciones no traigan desigualdades en la calidad de la educación, viva donde viva el estudiante. Ese es el principal desafío”, dijo Terreno.

ED: EG

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