27 julio 2026
Cambios en la distribución por edades de las poblaciones
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PORTLAND, Estados Unidos – En muchos países, los adultos mayores (de 65 años o más) superan en número a los jóvenes (menores de 18 años), lo que refleja una importante transformación demográfica en el mundo, conocida como envejecimiento poblacional.

Este cambio en la estructura de edad de la población es cada vez más común en todo el mundo y se debe principalmente a la disminución de las tasas de natalidad y al aumento de la esperanza de vida. A medida que la población envejece, las sociedades se enfrentan a diversos desafíos económicos, políticos y sociales.

En el ámbito económico, el envejecimiento de la población puede provocar escasez de mano de obra, un menor crecimiento económico y una reducción de la base impositiva. Estos cambios pueden dificultar la financiación de las pensiones, los sistemas de salud y otros servicios públicos por parte de los gobiernos.

Al mismo tiempo, el creciente número de adultos mayores aumenta la demanda de servicios de salud especializados, incluyendo geriatría, residencias para la tercera edad y el tratamiento de enfermedades crónicas, lo que supone una presión adicional para los sistemas sanitarios.

Políticamente, a medida que las personas viven más y representan una mayor proporción del electorado, los adultos mayores pueden adquirir mayor influencia política.

Su mayor poder de voto puede influir en las prioridades de gasto público, lo que podría conllevar una mayor asignación de fondos públicos a pensiones, sanidad y prestaciones de jubilación, mientras que se invierte comparativamente menos en educación, cuidado infantil y programas de apoyo a las generaciones más jóvenes.

En definitiva, el envejecimiento demográfico está transformando las sociedades de todo el mundo, generando tanto oportunidades como desafíos. Estos cambios exigen que los gobiernos adopten políticas equilibradas para garantizar la sostenibilidad económica y la equidad intergeneracional.

A mediados del siglo XX, los adultos mayores representaban el 5% de la población mundial, que ascendía a aproximadamente 2500 millones de personas, mientras que los jóvenes constituían 41 %.

En aquel entonces, la edad media de la población mundial era de 22 años. A finales del siglo XX, la población mundial había crecido hasta alcanzar los 6.200 millones, si bien la distribución por edades apenas varió.

En el año 2000, los adultos mayores representaban 7 % de la población mundial, mientras que los jóvenes constituían 36 %. Paralelamente, la edad media aumentó a 25 años, lo que indica un envejecimiento gradual de la población mundial.

A pesar del rápido crecimiento de la población mundial durante la segunda mitad del siglo XX, la proporción de adultos mayores aumentó a un ritmo mucho más lento. Estos cambios marcan las primeras etapas del envejecimiento demográfico mundial, caracterizado por un aumento gradual de la proporción de adultos mayores y una disminución correspondiente de la proporción de jóvenes (Tabla 1).

Tabla 1. Población mundial y proporciones de jóvenes y ancianos, edad media y esperanza de vida al nacer: 1950, 2000, 2026 y 2078. Fuente: Naciones Unidas

Para 2026, la población mundial había alcanzado aproximadamente los 8300 millones de personas. En ese momento, los jóvenes representaban aproximadamente 29 % de la población mundial, mientras que los adultos mayores constituían alrededor de 11 %, y la edad media había aumentado a 31 años.

Para 2078, se proyecta que estos dos grupos de edad representen proporciones iguales de la población mundial, que se espera alcance los 10 300 millones, con cada grupo representando aproximadamente  22 % de la población total (Imagen 1).

Imagen 1. Proporciones globales de jóvenes (menores de 18 años) y ancianos (65 años o más): 1950-21- Fuente: Naciones Unidas

En 2026, aproximadamente 50 países y territorios tienen una mayor proporción de adultos mayores (de 65 años o más) que de jóvenes (menores de 18 años). Este patrón demográfico es más común en los países más desarrollados, que tienden a tener tasas de natalidad más bajas y una mayor esperanza de vida.

En Italia y Japón, por ejemplo, la proporción de adultos mayores (de 65 años o más) es aproximadamente el doble que la de jóvenes (menores de 18 años). De igual modo, países europeos como Francia, Alemania, Hungría, los Países Bajos, España y Suiza también presentan una proporción considerablemente mayor de adultos mayores que de jóvenes (Imagen 2).

Imagen 2. Proporciones de personas menores de 18 años y mayores de 65 años en países seleccionados: 2026. Fuente: Naciones Unidas

El envejecimiento demográfico, junto con los cambios en la proporción de población joven y mayor, tiene importantes consecuencias económicas, sociales y políticas.

Entre los efectos más importantes del envejecimiento demográfico se encuentran la disminución de la fuerza laboral, el aumento de la proporción de jubilados, el incremento de los índices de dependencia, el aumento del gasto en pensiones, el alza de los costos de la atención médica, el cambio en las prioridades políticas y presupuestarias, y la adaptación de las instituciones a las necesidades de las poblaciones que envejecen.

A medida que la población envejece, más jubilados reciben prestaciones de pensión durante períodos más prolongados, mientras que una fuerza laboral relativamente menor contribuye a los sistemas de pensiones.

En consecuencia, se necesitan menos trabajadores para mantener a una población inactiva mucho mayor, lo que ejerce una presión sustancial sobre las finanzas públicas y los sistemas de seguridad social.

En respuesta a la escasez de mano de obra asociada con la disminución de la fuerza laboral, muchos gobiernos han implementado políticas que incentivan a los adultos mayores a permanecer en el mercado laboral por más tiempo.

El gasto sanitario también aumenta con el envejecimiento de la población. Los adultos mayores suelen requerir más atención médica que las personas más jóvenes, ya que tienen mayor probabilidad de padecer enfermedades crónicas, múltiples problemas de salud y necesidades sanitarias complejas.

Como consecuencia, la demanda de servicios sanitarios como rehabilitación, diálisis, atención a la demencia y cuidados a largo plazo sigue en aumento. En muchos países que experimentan un rápido envejecimiento demográfico, los gobiernos y las familias se enfrentan a crecientes responsabilidades financieras y de cuidados para apoyar a una población mayor en expansión.

Satisfacer las necesidades de atención de una población que envejece suele generar tensiones sobre la responsabilidad entre gobiernos y familias. Los gobiernos pueden esperar que los familiares asuman la responsabilidad principal del cuidado de los adultos mayores, mientras que las familias suelen creer que los gobiernos deberían proporcionar mayor apoyo y recursos para atender las necesidades de sus familiares mayores.

Algunos gobiernos conservadores y autoritarios argumentan que el elevado gasto público en atención a las personas mayores genera beneficios económicos limitados, ya que se considera a los adultos mayores principalmente como receptores de cuidados y no como contribuyentes a la productividad económica.

Por consiguiente, estos gobiernos suelen sostener que el aumento del gasto sanitario y en cuidados a largo plazo para los adultos mayores puede limitar el crecimiento económico y abogan por limitar la inversión pública en estos servicios.

De igual manera, muchos conservadores y algunos legisladores suelen creer que el cuidado de las personas mayores debe ser responsabilidad de los individuos y sus familias, con un papel más importante del sector privado que del gobierno en la prestación de cuidados y apoyo.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las afecciones de salud comunes asociadas con la vejez incluyen pérdida de audición, cataratas, dolor de espalda y cuello, osteoartritis, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), diabetes, depresión, soledad, demencia y limitaciones de movilidad.

Muchas personas mayores experimentan varias de estas afecciones simultáneamente, lo que hace que sus necesidades de atención médica sean más complejas y requieran una gestión coordinada a largo plazo.

Las personas mayores que requieren cuidados a largo plazo son, de manera desproporcionada, mujeres de 80 años o más que viven solas. Este grupo es particularmente vulnerable al aislamiento social, que se asocia con peores resultados en salud mental y física, incluyendo un mayor riesgo de depresión, deterioro cognitivo, enfermedades crónicas y una menor calidad de vida.

En cambio, los jóvenes tienen mayor probabilidad de enfrentar problemas de salud como lesiones por accidentes de tránsito, caídas, ahogamientos, violencia, autolesiones, depresión, ansiedad, trastornos por consumo de sustancias, asma y problemas de salud materna.

El envejecimiento de la población, en particular la creciente prevalencia de enfermedades crónicas y la creciente demanda de cuidados a largo plazo, tiene implicaciones significativas para las políticas gubernamentales y los programas públicos que afectan a personas de todas las edades.

A medida que estas tendencias se intensifican, ejercen una presión creciente sobre los recursos públicos e influyen en las prioridades electorales, determinando las decisiones sobre atención médica, servicios sociales, educación y gasto público.

Dado que los adultos mayores representan una mayor proporción de la población votante, los gobiernos suelen hacer mayor hincapié en las políticas que atienden sus necesidades, especialmente en materia de pensiones y atención médica.

A medida que cambian las prioridades políticas, la inversión en áreas que benefician principalmente a las generaciones más jóvenes —como la educación, la infraestructura y el desarrollo económico a largo plazo— puede disminuir.

Para promover el crecimiento sostenible y la equidad social, los gobiernos deben buscar un equilibrio entre las necesidades de las personas mayores y las de las generaciones más jóvenes, garantizando que los recursos públicos apoyen tanto el bienestar presente como el desarrollo futuro.

El envejecimiento demográfico también plantea importantes desafíos fiscales y políticos. Los gobiernos podrían tener que considerar medidas como el aumento de impuestos, la reducción de las prestaciones de jubilación, el incremento de la edad de jubilación o la implementación de otras reformas fiscales para asegurar la sostenibilidad a largo plazo de las finanzas públicas.

Sin embargo, los gobiernos suelen retrasar la implementación de estas reformas debido a su impopularidad política. Como resultado, las presiones financieras sobre los sistemas de pensiones y salud siguen aumentando, incrementando el riesgo de importantes déficits de financiación o, en algunos casos, de insolvencia si las reformas se posponen demasiado.

El envejecimiento de la población, incluyendo el punto en el que los adultos mayores superan en número a los jóvenes, es un fenómeno demográfico global.

Paso a paso que esta transformación demográfica continúa en todos los países, los gobiernos se enfrentan al desafío constante de adaptar sus instituciones económicas, políticas y sociales para satisfacer las necesidades de los diferentes grupos de edad —en particular las generaciones más jóvenes y mayores—, manteniendo al mismo tiempo la sostenibilidad fiscal y promoviendo la equidad intergeneracional.

Joseph Chamie es demógrafo y consultor, exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas y autor de numerosas publicaciones sobre temas de población, incluido su libro más reciente: “Niveles de población, tendencias y diferenciales».

T: MLM / ED: EG

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