Suspensión de la financiación de Noruega es un toque de atención para el tratado sobre plásticos

GINEBRA – La decisión de Noruega de revisar y suspender temporalmente parte de su financiación al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) es algo más que una simple cuestión presupuestaria. Es una señal política. También es una advertencia de que las negociaciones del tratado mundial sobre los plásticos podrían estar acercándose al punto en el que los gobiernos deben decidir si el actual proceso aún puede dar lugar al tratado que prometieron, o si se requiere un camino diferente.
No debe haber malentendidos. Noruega ha sido uno de los mayores defensores de un ambicioso tratado mundial sobre los plásticos. Codirige, junto con Ruanda, la Coalición de Alta Ambición. También ha sido el mayor contribuyente registrado al proceso del Comité Intergubernamental de Negociación (INC, n inglés), y la tabla de donantes del Pnuma muestra más de 7,2 millones de dólares en contribuciones recibidas de Noruega a fecha de 25 de marzo de 2026.
Por lo tanto, su aparente decisión de pausar o revisar la financiación no puede descartarse como algo marginal. Proviene de un país que ha invertido política y financieramente en el proceso y que se ha posicionado sistemáticamente del lado de la ambición.
Precisamente por eso la señal es importante.

Si Noruega está imponiendo ahora un momento de reflexión, puede que esté haciendo un favor a las negociaciones. Un proceso que no puede concluir, no puede decidir y no puede distinguir entre un compromiso genuino y una obstrucción procedimental necesita algo más que otra ronda de facilitación cuidadosa. Necesita claridad política.
El mandato original no era ambiguo. En marzo de 2022, la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente acordó elaborar un instrumento internacional jurídicamente vinculante sobre la contaminación por plásticos, incluida la del medio marino, que abarcara todo el ciclo de vida de los plásticos, con el objetivo de completar la labor a finales de 2024. Ese plazo ya ha vencido.
La quinta sesión en la ciudad surcoreana de Busan no dio lugar a un tratado. La reanudación de la quinta sesión en Ginebra tampoco dio lugar a un tratado. La INC-5.3 de febrero de 2026 fue esencialmente una sesión organizativa, que incluyó la elección de un nuevo presidente. Ahora miramos hacia la INC-5.4, posiblemente a finales de 2026 o a principios de 2027.
En algún momento, la propia numeración roza lo absurdo. La INC-5.4 no es un hito normal en las negociaciones. Es el cuarto intento de completar la quinta sesión de un proceso que se suponía que concluiría en 2024. Esto no es paciencia multilateral. Es claramente una forma de disfunción procedimental.
Nada de esto pretende ser una falta de respeto hacia el embajador Julio Cordano de Chile, el recién elegido presidente del INC. Al contrario, ha asumido una de las negociaciones medioambientales más difíciles de los últimos tiempos.
Heredó un proceso fracturado, un texto absurdamente complicado, delegaciones profundamente polarizadas y una división cada vez más visible entre los países que buscan un tratado de ciclo de vida completo y aquellos que buscan un instrumento de gestión de residuos más limitado. Y ello a pesar de su declarada y admirable determinación de llevar el tratado «hasta el final».
La dificultad, sin embargo, radica en que todo apunta a que el presidente está siguiendo una línea muy neutral y orientada al proceso. Es comprensible. Se espera que un presidente en este contexto mantenga la confianza en toda la sala, incluso entre delegaciones cuyas posiciones están muy alejadas. Pero la neutralidad no es lo mismo que el progreso.
Llegado un punto, un proceso demasiado neutral puede convertirse en un escudo para quienes prefieren que no haya ningún resultado, o solo el resultado más débil posible. Y su trato a los observadores, a pesar de los recientes indicios de que tendrá más en cuenta sus opiniones, sigue dejando mucho que desear en un sistema de la ONU que pretende ser lo más inclusivo posible.
La brecha entre los países de ideas afines y la Coalición de Alta Ambición no es un problema de redacción. Es un problema político.
Un grupo de países quiere un acuerdo que aborde el ciclo de vida completo de los plásticos, incluyendo la producción, el diseño, los productos químicos peligrosos, los productos, el comercio, los residuos, la financiación y la implementación.
Otro grupo busca limitar el tratado en gran medida a la gestión de residuos en la fase final, el reciclaje y la discrecionalidad nacional. No se trata simplemente de preferencias textuales diferentes. Son teorías diferentes del tratado. El mandato de las negociaciones establece claramente que es lo primero, y no lo segundo, lo que debe perseguirse.
Si el proceso sigue tratando estas posiciones como igualmente conciliables, seguirá premiando el retraso. El consenso puede ser una herramienta de legitimidad. Pero en este proceso, corre cada vez más el riesgo de convertirse en un mecanismo de veto para los actores menos ambiciosos.
El resultado es previsible: más consultas informales, más textos revisados, más sesiones nocturnas, más declaraciones de decepción y, aún así, ningún tratado.
Por eso la iniciativa de Noruega merece, como mínimo, cierto reconocimiento. Ha introducido una cuestión política difícil en un proceso que se ha acostumbrado demasiado a los aplazamientos. Si los países se toman en serio la conclusión de un tratado significativo en el marco del PNUMA, deberían hacerlo ahora. No después de otra ronda «informal». No después de otra sesión parcial. No después de la INC-5.5 o la INC-5.6. Ahora.
Pero si no están preparados para hacerlo, entonces los países con grandes ambiciones deberían empezar a preparar una alternativa.
El precedente obvio es el Proceso de Ottawa sobre las minas terrestres antipersonales. Cuando el mecanismo de desarme establecido no pudo lograr una prohibición total, una coalición de gobiernos con ideas afines, apoyada por la sociedad civil y las organizaciones internacionales, se salió del foro bloqueado y negoció un tratado entre aquellos dispuestos a actuar.
El Tratado de Prohibición de las Minas se abrió a la firma en Ottawa en diciembre de 1997 y posteriormente (una vez alcanzado el acuerdo) se reincorporó al sistema más amplio de tratados de la ONU.
Ese ejemplo es importante porque demuestra que salir de un proceso de la ONU bloqueado no es necesariamente anti-ONU. Puede ser pro-multilateralismo. El Proceso de Ottawa no rechazó el derecho internacional; lo creó. No esperó a que los actores menos ambiciosos estuvieran preparados. Permitió que los actores más ambiciosos dieran el primer paso y luego invitó a otros a unirse.
Un «Proceso de Ottawa» para los plásticos no tendría que empezar de cero.
Las negociaciones del Pnuma ya han generado años de trabajo técnico, borradores de texto, opciones jurídicas, posiciones de coaliciones, aportaciones científicas y participación de las partes interesadas. Un proceso con una visión similar podría tomar los elementos más sólidos de ese trabajo y utilizarlos como base para un texto de tratado acordado.
La participación podría estar abierta a todos los Estados, pero sobre la base de un nivel mínimo de ambición: cobertura de todo el ciclo de vida; obligaciones jurídicamente vinculantes; controles sobre productos problemáticos y sustancias químicas que suscitan preocupación; un enfoque necesario en las cadenas de suministro; financiación creíble para la aplicación; y mecanismos de presentación de informes y revisión.
Por lo tanto, la siguiente etapa debería plantearse como una prueba definitiva. La INC-5.4 debería considerarse la última oportunidad creíble para que el proceso del PNUMA elabore un tratado que refleje el mandato adoptado en 2022.
Si esa sesión solo da lugar a otra prórroga procedimental, o a un acuerdo débil desprovisto de medidas sobre el ciclo de vida, disposiciones relacionadas con la producción y controles significativos sobre los productos químicos y los productos, entonces los países con ambiciones elevadas deberían avanzar inmediatamente hacia una vía diplomática al estilo de Ottawa.
La crisis de los plásticos no espera a que el proceso del INC resuelva sus contradicciones internas. La producción de plásticos sigue creciendo, de acuerdo con los objetivos fijados por países con ideas afines. Los residuos siguen filtrándose a los ríos, los océanos, los suelos y los sistemas alimentarios. Las comunidades siguen soportando los costes sanitarios y medioambientales. El propósito de las negociaciones era responder a esa realidad, no crear un proceso indefinido para describirla.
Por lo tanto, la decisión de financiación de Noruega puede resultar útil si obliga a los gobiernos a afrontar lo obvio. O bien las negociaciones del PNUMA se vuelven ahora serias, políticas y orientadas a los resultados, o bien los países que se toman en serio el fin de la contaminación por plásticos deberían crear su propia vía.
Eso no sería un fracaso del multilateralismo. Puede que sea la única forma que queda de salvarlo.
Craig Boljkovac es asesor sénior con sede en Ginebra del Centro Regional para los Convenios de Basilea y Estocolmo, y consultor medioambiental internacional independiente con más de 35 años de experiencia en los ámbitos pertinentes. Sus opiniones son personales. Ha participado en varios INC y reuniones relacionadas con el acuerdo mundial sobre los plásticos.
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