En sigilo, investigación sobre geoingeniería avanza en América Latina
MÉXICO – En la película surcoreana de ciencia ficción “Snowpiercer (El expreso del miedo)”, de 2013, un experimento de alteración climática sale mal y manda al planeta de vuelta a la Edad del Hielo, como hace unos 100 000 años. Los sobrevivientes hallan refugio en un tren que recorre las tierras congeladas.
Más allá de los vericuetos de la ciencia ficción climática, universidades públicas de Argentina, Brasil, Chile, Jamaica y México efectúan investigaciones de modelación y percepción pública sobre las tecnologías de la controversial geoingeniería, que enfrenta críticas desde las primeras luces del siglo presente desde organizaciones de la sociedad civil y la propia academia.
Soledad Vogliano, investigadora del no gubernamental Grupo ETC, atribuyó esa ola a las necesidades financieras universitarias, empatadas con el interés de instituciones del Norte global interesadas en la promoción de estos temas.
“Tiene mucho más que ver con la inyección de fondos para proyectos de este tipo que de un interés que emerja de la agenda de investigación. No hay vínculo de priorización de la agenda climática pública en estas instituciones (financiadoras). La universidad está desfinanciada, entonces es una buena forma de capturar investigadores de carrera”, dijo a IPS desde la noroccidental ciudad argentina de La Rioja.
La especialista explicó que, desde los primeros proyectos que aparecieron, hubo “un trabajo bastante consistente” de algunas de estas organizaciones promoventes de acompañar la carrera de investigadores puntuales para hacer carrera en espacios de mayor visibilidad en la política internacional climática.
La geoingeniería consiste en la manipulación intencionada y a gran escala de los sistemas naturales del planeta, como el suelo, los océanos y la atmósfera, para paliar temporalmente el cambio climático.
Se produce mediante técnicas de manejo de la radiación solar, remoción de gases efecto de invernadero vía sistemas sintéticos o naturales, como plantaciones forestales o de algas, y modificación climática.
La tecnología abarca la remoción de gases de efecto invernadero de la atmósfera (CDR, en inglés) y la gestión de la radiación solar (SRM, en inglés). Incluye técnicas desde pintar una azotea de blanco para reflejar los rayos solares hasta inyectar aerosoles a la estratosfera.
Algunas se basan en procesos naturales, como la plantación de bosques para que absorban dióxido de carbono (CO2), el gas generado por las actividades humanas y responsables del recalentamiento planetario.
Otras, como la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono, involucran el cultivo de plantas para la obtención de combustible y energía, y la consiguiente captura de CO2. Otras son puramente tecnológicas, como la captación y almacenamiento de carbono en el aire, que consiste en su extracción por vías químicas y su posterior concentración.
La SRM, también llamada modificación de la radiación solar, se refiere a intervenciones tecnológicas a gran escala que reflejan la luz solar de regreso al espacio.
Estas propuestas van desde el lanzamiento de aerosoles en la estratosfera hasta la modificación de nubes, plantas y hielo para hacerlos más reflectantes.
La inyección de aerosoles estratosféricos (SAI, en inglés) es el enfoque SRM más destacado y busca la imitación de efectos de enfriamiento registrados después de grandes erupciones volcánicas. Consiste en el rocío de grandes cantidades de pequeñas partículas reflectantes como aerosoles de sulfato en una capa superior de la atmósfera terrestre para reflejar la luz solar de regreso al espacio.
Estas tecnologías han sido blanco de críticas que las acusan de “falsa solución”, pues no abordan el origen de la catástrofe climática, la adicción global a los combustibles fósiles y que ha situado las emisiones contaminantes en unos 38 000 millones de toneladas de CO2.
Su tendencia es al alza y América Latina representa aproximadamente 10 % de ese volumen total.

Diversidad
En el mundo hay 1433 proyectos de geoingeniería, de los cuales 917 consisten en la absorción de CO2, 63 en modificación del clima, 19 en gestión solar y 434 de diferentes tipos. Del total, 28 se han realizado en Brasil, 13 en México, ocho en Chile y cinco en Argentina.
Actualmente ejecutan 10 proyectos investigadores de las universidades públicas de Buenos Aires (Argentina) federales de Santa Catarina, Itajubá y São Paulo (Brasil); de Concepción y de la Frontera (Chile), de las Indias Occidentales (Jamaica) y la Nacional Autónoma de México (Unam).
Son financiados por la no gubrnamental Iniciativa Grados, con sede en Londres, y las pesquisas versan sobre modelación sobre los impactos potenciales de SRM en temas como huracanes, olas de calor y energía renovable, así como las conexiones entre SRM y la economía, la salud y las visiones de los diferentes interesados.
Para justificar su participación, la Unam anunció en 2024 que “por su relevancia, estudios climáticos de la Unam reciben financiamiento internacional”.
Hasta 2030, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de Argentina, recibirá 600 000 de la gubernamental Agencia de Investigación Avanzada e Invenciones de Reino Unido, la Universidad de Buenos Aires, 513 000; y la Unam, 400 000 dólares, según una revisión de IPS de la base de datos de la no gubernamental SRM.
Mientras, la Universidad Federal de Santa Catarina será la receptora de 210 000 dólares; la Universidad de las Indias Occidentales de Jamaica, 114 000; la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Argentina de 100 000; el gubernamental Instituto Brasileño del Ambiente y Recursos Naturales Renovables, de 72 000, y la Universidad Federal de Itajubá, de 105 000.
Grados es financiada predominantemente por fundaciones filantrópicas operadas por multimillonarios tecnológicos y financieros, algunos de los cuales han financiado experimentos al aire libre y la comercialización de tecnologías de geoingeniería.
Los resultados de los proyectos de la modelación climática han sido conservadores, pues la evolución real de fenómenos como el deshielo polar o la potencia de los huracanes ha rebasado las proyecciones. Por ello, no sería diferente las investigaciones sobre tecnologías de geoingeniería.
Una prueba de la startup estadounidense Making Sunsets con globos inyectados con partículas de dióxido de azufre a la atmósfera para bloquear luz solar, lanzados desde el norteño estado mexicano de Baja California Sur sin permiso alguno, suscitó un escándalo en 2023.
Entonces, el gobierno azteca denunció que el experimento se realizó “sin previo aviso y sin consentimiento”. Si bien prometió una prohibición de estas técnicas, ese veto no se ha materializado hasta ahora.
La SRM representaría riesgos serios y probablemente irreversibles para los ecosistemas y medios de vida si alguna vez se desplegaran a gran escala, en tanto que SAI está asociada con peligros e incertidumbres potenciales significativos, incluyendo daños a la salud humana, los ecosistemas y la capa de ozono, rendimientos agrícolas reducidos y cambios significativos en los patrones de lluvia.

Ola opuesta
Los países han establecido moratorias a estas técnicas, en virtud del principio precautorio, mediante la adopción de medidas protectoras ante las sospechas fundadas de que ciertos productos o tecnologías crean un riesgo grave para la salud pública o el medio ambiente, pero sin que cuenten todavía con una prueba científica definitiva.
En 2008, el Convenio sobre la Diversidad Biológica adoptó en su 9 Conferencia de las Partes (COP09) una moratoria a la fertilización oceánica, una técnica de geoingeniería, y dos años después, en la COP10 otra a la modalidad como tal, y que se han mantenido hasta ahora.
Mientras, los signatarios del Protocolo de Londres sobre Vertimiento de Desechos al Océano de la Organización Marítima Internacional acordaron un veto a las actividades de fertilización oceánica diferentes de la “investigación científica legítima” y un marco legal para otras actividades de geoingeniería marina, incluyendo las de investigación científica.
Paso a paso han surgido más posturas críticas en torno al uso de la geoingeniería.
En 2023, el Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas resaltó que estas tecnologías no pueden considerarse medidas viables de mitigación o adaptación, pues su mayoría no está comprobada, no está disponible e inviable a gran escala, y las catalogó de “especulativas”.
A esto se suma el reporte de 2023 del relator especial de Naciones Unidas sobre tóxicos y derechos humanos, el chileno Marcos Orellana, quien advirtió de “enfoques tecnológicos no comprobados que podrían agravar los daños existentes”.
La investigadora Vogliano cuestionó que las investigaciones legitiman el impulso a estas tecnologías, aun y cuando carezcan de resultados concretos y que colocan los riesgos en los países del Sur global que no se benefician, porque favorecen a los países contaminantes del Norte desarrollado.
“Se usa la idea de la gobernanza para bajar el tono a las prohibiciones de estas tecnologías. Esta agenda de formas de gobernanza, marcos de análisis de tecnología, sus percepciones, tiene más que ver con deteriorar los fuertes frenos de los gobiernos, y menos con una agenda local con perspectivas de desarrollar tecnologías para la acción efectiva”, criticó.
La región latinoamericana está atorada en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, pero mientras las investigaciones sobre geoingeniería caminan sigilosamente, a diferencia de un tren perdido entre tierras gélidas en el cine de ciencia ficción…
ED: EG
CL14
