16 septiembre 2026
Guerra en Ucrania: la minoría húngara se asoma al precipicio
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ÚZHGOROD, Ucrania – Ocurrió en 1920. Reunidos en el Castillo del Gran Trianón de Versalles, en París, los Aliados dibujaron un mapa de Hungría que seccionaba dos tercios de su territorio. El Tratado de Trianón fue como se bautizó a aquella mutilación cartográfica. Ningún país menguó más tras la Primera Guerra Mundial.

De un día para otro, más de tres millones de húngaros se despertaron al otro lado de la nueva frontera húngara. Sus descendientes se reparten hoy por Eslovaquia, Rumanía, Serbia y Ucrania.

Son gente como Rita Simon, una licenciada en Historia de 31 años que trabaja en el Kárpáti Igaz Szó (La Voz Honesta de los Cárpatos, en húngaro). Resulta que el periódico más antiguo de Ucrania es un diario húngaro con sede en Guerra en Ucrania: la minoría húngara se asoma al precipicio en en Úzhgorod, a 800 kilómetros al suroeste de Kiev y la capital de la región de Transcarpacia.

Es tan antiguo como ese tratado sinónimo de humillación para todo un pueblo. Por si queda alguna duda, Simon señala una portada de 1920 enmarcada en la pared.

«Si acaba la guerra y se abre la frontera para todos, es posible que muchos se vayan para no volver”: György Dunda.

“Las rotativas solo pararon durante la Segunda Guerra Mundial, nunca más se ha perdido una edición”, explica Simon a IPS sobre ahora un semanario que tira 5000 ejemplares y que cuenta con una edición digital actualizada a diario.

Pero el reto es cada vez mayor desde que, en febrero de 2022, Moscú lanzara una invasión a gran escala sobre el país. Ha sido una guerra de desgaste y trincheras en el este y el sur, con Rusia ocupando 20 % del territorio y Ucrania resistiendo con apoyo occidental. Moscú exige territorios y Kiev la retirada total.

Rita Simon junto a una portada centenaria del ahora semanario Kárpáti Igaz Szó en que trabaja, en Úzhgorod. Como el resto de la plantilla, la periodista húngara no puede sobrevivir exclusivamente de su salario de redactora, en el occidente de Ucrania. Imagen: Karlos Zurutuza / IPS

Según datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), son decenas de miles de muertos, más de seis millones de refugiados y 3,6 millones de desplazados internos, en un país de 44 millones de personas, incluidas las regiones ocupadas de Crimea y Donbás.

Por supuesto, la economía también se resiente. Según un informe interno de la Comisión Europea, Ucrania tendrá este año un gasto en materia militar en torno a 60% de su presupuesto total.

Hoy es la militancia de los 10 empleados de la cabecera húngara la que sostiene el proyecto; casi todos tienen que simultanear este trabajo con uno, o incluso dos más. “La otra opción es cruzar la frontera a Hungría, pero yo quiero quedarme aquí, en casa”, insiste Simon.

En Úzhgorod, la capital de la región de Transcarpacia, en Ucrania occidental, celebran el Día Nacional de Hungría frente a una escultura de Sándor Petőfi, poeta nacional húngaro. En esa región se concentra la minoría húngara del país. Imagen: Zunko Barnabas / IPS

Una minoría en mengua

En Úzhgorod, los húngaros no suman ahora más de 15 % de sus 140 000 habitantes (datos de antes de la guerra), pero siguen siendo la mayoría en Berehove -la segunda ciudad en importancia de la región de Transcarpacia- y, sobre todo, en los pueblos de alrededor.

Allí se ven los canales de televisión húngaros, se vive en horario de Budapest (una hora menos) por decisión propia, la iglesia del pueblo es calvinista y el ucraniano una lengua que los jóvenes han aprendido en la escuela. Sus padres la hablan con dificultad y sus abuelos recurren al ruso que aprendieron en la Unión Soviética porque la desconocen por completo.

Pero todo eso está cambiando. Antes de la guerra se estimaba en 150 000 el número de húngaros en el oeste ucraniano; hoy se habla de cifras en torno a 100 000. Aunque son datos sin confirmar, Simon habla ya de cambio demográfico.

“Por su situación fronteriza y alejada del frente, la región se ha convertido en destino para cientos de miles de refugiados de Kiev y el este del país. Los precios de la vivienda y de la vida en general hacen que sea muy difícil quedarse aquí para nosotros”, explica la periodista húngara.

Casi todos los húngaros aquí tienen un pasaporte húngaro tras el ofrecimiento de Budapest en 2010, algo que, recuerda Simon, hizo llorar a muchos de emoción en su día. Resultó ser un arma de doble filo. Frente a una guerra que dura ya más de cuatro años, la doble nacionalidad no hace sino encauzar el caudal de gente hacia la frontera.

Los húngaros se van.

Ejemplares del Kárpáti Igaz Szó en su redacción de Úzhgorod. Con 106 años de historia, es el periódico más antiguo de Ucrania. Imagen: Karlos Zurutuza / IPS

Amenaza existencial

Ucrania alberga 130 nacionalidades históricas en su territorio, las cuales conforman en torno a 20 % de su población (siempre datos anteriores a la guerra).

La mayoritaria es la rusa (17 % de la población total) mientras que bielorrusos, moldavos, polacos, tártaros de Crimea y un largo etcétera, que incluye a los húngaros, no llegan a 1 % respectivamente.

La inmensa mayoría de estos últimos vive en la Transcarpacia, que es, a su vez, la región más diversa del Ucrania. Cambiar cinco veces de país en un siglo contribuyó crear un territorio donde, además de las lenguas, las iglesias protestantes, ortodoxas, católicas y uniatas también dan fe de esa diversidad.

Hoy, los húngaros cierran filas en una comunidad compacta y alejada de Kiev —tanto mental como geográficamente—, algo que no ha hecho sino alimentar el discurso de que no tienen interés en integrarse en la sociedad ucraniana.

La antigua cercanía entre Viktor Orbán —el anterior y autócrata primer ministro húngaro— y el presidente ruso, Vladimir Putin, ha alimentado ese discurso.

Además, Budapest también ha sido clave en la financiación de escuelas, eventos culturales o medios de comunicación que incluyen el periódico más antiguo de Ucrania, que incluyen al Kárpáti Igaz Szó.

György Dunda posa junto al cartel que conmemoró el siglo de vida del periódico Kárpáti Igaz Szó, seis años atrás. El semanario húngaro, que se edita en la región occidental de Transcarpacia, donde se concentra la minoría húngara en Ucrania, de sería inviable sin el apoyo financiero de Budapest. Imagen: Karlos Zurutuza / IPS

Csilla Fedinec, una investigadora húngara de la Transcarpacia así como una de las mayores autoridades sobre su propia comunidad. Reside en Budapest, donde desarrolla su trabajo en el Instituto para Estudios de las Minorías del Centro Elte para las Ciencias Sociales.

Según dice, vivir justo en la frontera ha sido un factor determinante en la construcción de la identidad húngara local.

“Una familia podía vivir durante generaciones en la misma aldea y encontrarse en Austria-Hungría, Checoslovaquia, la URSS (Unión Soviética) y, finalmente, Ucrania. Se percibe al Estado como una entidad que siempre cambia, mientras la aldea, la familia y la lengua propias permanecen”, explica Fedinec a IPS por videoconferencia y desde Budapest.

La experta recuerda que la región cuenta con una población roma considerable que también habla el húngaro y que, entre otras cosas, es clave para la supervivencia de las escuelas.

“Es un factor que ha recibido muy poca atención en el discurso político húngaro de la región”, lamenta.

Fedinec es pesimista. En su opinión, la emigración, la guerra, la inseguridad económica y la desaparición de la gente joven plantean una amenaza existencial para esta comunidad.

También hay factores internos. “Mientras nuestra comunidad cambia y mengua de manera acelerada, los representantes políticos húngaros en Budapest y la Transcarpacia siguen hablando de escuelas, derechos lingüísticos y garantías institucionales sin llegar a abordar un escenario a corto plazo en el que falte gente para sostener todo eso”, subraya la investigadora.

Una estampa del centro de Úzhgorod. La guerra que dura ya cuatro años y medio también impacta sobre el tejido cultural de Ucrania. Imagen: Karlos Zurutuza / IPS

El futuro

Desde un despacho del que cuelga una camiseta de la escuadra de fútbol húngara en un marco, György Dunda, director del Kárpáti Igaz Szó reconoce que el proyecto sería inviable sin el apoyo económico de Budapest.

“Mientras que las minorías húngaras en los países vecinos reciben ayuda de sus respectivos gobiernos, Kiev simplemente nos da la espalda”, traslada a IPS este húngaro de 47 años que lleva ya 30 años trabajando para esta cabecera.

Un gesto de Kiev, dice, contribuiría a mejorar la relación entre ambos pueblos.

Puede que ese gesto no tarde en llegar. Tras casi 20 años en el poder, Viktor Orbán era desbancado en las urnas en mayo por Péter Magyar, un antiguo miembro de su propio partido. Apenas hizo falta un mes para desbloquear la relación entre Kiev y Budapest.

En junio, Magyar levantó el veto húngaro a la adhesión de Ucrania en la UE, liberó el préstamo de Bruselas de 90 000 millones de euros bloqueado desde marzo y aceptó el vigésimo paquete de sanciones a Rusia. A cambio, Kiev aceptó reconocer los derechos lingüísticos y culturales de los húngaros en Ucrania.

“El acuerdo es prometedor, pero necesitamos garantías de Kiev. Lo que sí tenemos es una garantía de Bruselas de monitorear el proceso: sin derechos para nosotros no hay acceso a la Unión Europea para Ucrania”, acota Dunda.

No obstante, sabe que el tiempo no juega a su favor. “El futuro no me preocupa porque ya está aquí: el cambio demográfico ya se ha producido. Pero si acaba la guerra y se abre la frontera para todos, es posible que muchos se vayan para no volver”, sentencia.

ED: EG

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