17 julio 2026
Talibanes utilizan el código de vestimenta para justificar detenciones arbitrarias de mujeres
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HERAT, Afganistán – Una mañana de julio, Halima (nombre ficticio) fue con su madre al mercado de Herat, su ciudad natal en el oeste de Afganistán. Llevaba un abrigo largo y una mascarilla quirúrgica que le cubría el rostro. No podía imaginar que, apenas unos minutos después, se encontraría en la cárcel.

Vehículos del Ministerio de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, la llamada policía moral del régimen taliban, llegaron al mercado justo después de Halima y su madre. Según Halima, las empleadas del ministerio comenzaron a detener a las mujeres sin hacerles ninguna pregunta. Unos vehículos que esperaban cerca se llevaron a las detenidas.

«Todo sucedió muy rápido. Algunas intentaron escapar, mientras que otras estaban aterrorizadas. No entendíamos en qué se basaban los talibanes para seleccionar a las personas que iban a detener», dice.

Halima cuenta que algunas de las mujeres detenidas llevaban burkas que les cubrían tanto el rostro como el cuerpo. Al igual que Halima, otras llevaban abrigos largos y mascarillas. Aun así, la policía moral la detuvo.

«Mi madre lloraba y les suplicaba que no me llevaran. La amenazaron con un mes de prisión, además de castigos corporales y una multa, si intentaba impedir mi detención. Nadie se atrevió a acercarse a ayudar, a pesar de que mi madre gritaba», recuerda.

Se confiscaron los teléfonos de las jóvenes y mujeres adultas detenidas. Eran unas 30 y todas fueron trasladadas a un supuesto «refugio» gestionado por el Departamento de Trabajo y Asuntos Sociales. Allí se alojan tanto mujeres solteras como mujeres recién detenidas. A ninguna se le permitió ponerse en contacto con su familia. A la mañana siguiente fueron trasladadas a una prisión.

El ala de mujeres de la prisión estaba sucia y mal equipada. El miedo y la incertidumbre invadían las mentes de todas las nuevas reclusas.

«Me senté en un rincón y miré a mis compañeras de prisión: chicas jóvenes, mujeres de mediana edad y madres preocupadas por sus hijos. Éramos unas 60. Todas llevábamos un burka o lo que yo consideraba ropa adecuada. Sin embargo, cada una de nosotras estaba encarcelada porque, supuestamente, no habíamos respetado el código de vestimenta», cuenta Halima.

Al día siguiente la pusieron en libertad. En casa, su madre la abrazó y ambas lloraron. A Halima le dijeron que su padre había pagado 16 000 afganis (unos 220 euros) para que su hija saliera en libertad. Además, la familia tuvo que firmar un compromiso en el que garantizaba que ninguna de las mujeres de la familia volvería a salir a la calle sin la ropa adecuada.

Al volver a casa, nada era como antes. Los hermanos de Halima estaban furiosos y afirmaban que ella había mancillado el honor de la familia al ir a la cárcel.

«¡Como si hubiera cometido un delito! Pero sigo creyendo que no hice nada malo», afirma.

«El miedo se ha convertido en parte de mi vida. Nunca olvidaré esas dos noches en la cárcel. No dejaba de preguntarme si todas mis compañeras de detención habían sido puestas en libertad y si habían detenido a otras después de nosotras. Me preguntaba qué pasaría con las mujeres y las niñas de este país», cuenta Halima.

Ahora, añade, «no puedo salir como solía hacerlo. Siempre tengo miedo cuando salgo de casa. No dejo de pensar en lo que pasaría si me detuvieran de nuevo».

Halima no es la única que ha vivido estas experiencias. Los talibanes han comenzado recientemente a aplicar de forma más estricta el código de vestimenta para las mujeres en toda la provincia hómonima de Herat, y no solo en la ciudad, la tercera más grande de Afganistán.

A principios de junio, las mezquitas de la ciudad anunciaron normas más estrictas, y en las redes sociales comenzaron a difundirse noticias sobre detenciones de mujeres y niñas por toda la ciudad. Las detenciones han suscitado preocupación, han desencadenado protestas y han intensificado las medidas de seguridad en toda la provincia de Herat.

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), al menos 30 mujeres fueron detenidas en Herat durante el primer fin de semana de junio, por la decisión de aplicar en forma estricta y arbitraría el código de vestimenta impuesto por los talibanes a las mujeres, desde el retorno al poder del grupo fundamentalista islámico talibán, tras haber gobernado el país entre 1996 y 2001.

Suhaila (nombre ficticio) recuerda el momento en que la ira y la impotencia llevaron a muchas personas de Herat a protestar.

El día antes de las protestas, Suhaila fue a hacer la compra al mercado. Más temprano ese mismo día, el imán de la mezquita local había anunciado una nueva orden de los talibanes: las mujeres que infringieran el código de vestimenta serían detenidas y encarceladas sin posibilidad de apelación.

El padre de Suhaila consideraba que las amenazas de las autoridades debían tomarse en serio y que su hija no debía salir sin ropa que le cubriera todo el cuerpo. Suhaila siguió el consejo de su padre y se vistió según las instrucciones, pero aun así vivió en el mercado algo que nunca olvidará.

«En cuanto llegué al mercado, percibí un ambiente inusual de confusión. Las mujeres se movían inquietas de un lado a otro del mercado, y muchas intentaban hacer la compra y marcharse lo antes posible», cuenta.

Entonces empezó a suceder. Detuvieron a las mujeres, les propinaron patadas y golpes, las humillaron y se burlaron de ellas. Las tropas talibanes permanecían junto a sus todoterrenos, observando cómo sus compañeras mujeres agarraban a las mujeres. Detuvieron a aquellas cuya ropa no se ajustaba al concepto de código de vestimenta de los talibanes.

«Quería gritar y protestar, pero estaba en el mercado con mi hermana pequeña. La abracé con fuerza y me limité a llorar. Tenía miedo de que, si abría la boca, nos detuvieran también a nosotras», recuerda.

Sin noticias de Zainab

Esa noche, Suhaila se unió a un grupo de WhatsApp para jóvenes de su barrio, donde se comentaba lo que había sucedido. El grupo tenía docenas de mensajes sobre las detenciones. Algunos compartían fotos e historias de lo ocurrido, mientras que otros contaban experiencias personales de familiares.

Pronto, el grupo empezó a debatir la posibilidad de organizar una protesta. Algunos advirtieron de que protestar provocaría más detenciones y tal vez incluso muertes. Otros creían que permanecer en silencio ante la injusticia privaría a la gente de su dignidad.

Suhaila decidió unirse a las protestas. Quería dar voz a las niñas y mujeres cuyas detenciones había presenciado. Por la mañana, se dirigió al punto de encuentro acordado sin contarle a su padre sus planes y a pesar de las objeciones de su madre.

Los manifestantes comenzaron a corear consignas exigiendo los derechos de las mujeres a la educación, al trabajo y a la libertad.

La protesta creció rápidamente, pero no duró mucho. De repente, varios todoterrenos de los talibanes se acercaron a la multitud desde distintas direcciones y la rodearon. Los manifestantes fueron golpeados y los talibanes abrieron fuego. Se oían gritos desesperados por todas partes y la gente buscaba refugio donde podía. Algunos resultaron heridos, mientras que otros intentaban ayudarlos.

Entre los detenidos también se encontraban amigos de Suhaila.

«Zainab no logró escapar. La última vez que la vi fue cuando la obligaron a subir a un coche de los talibanes. Nadie ha sabido nada de ella desde entonces», cuenta Suhaila.

«No nos sentimos seguras ni siquiera en nuestras casas. Los talibanes van de calle en calle buscando a los manifestantes», explica Suhaila sobre el ambiente que se respira tras la protesta.

El miedo lo invade todo. Las mujeres ya no quieren ir al mercado, y muchas familias solo salen de casa cuando se ven obligadas a ello.

Ya no está claro qué está permitido y qué no. La incertidumbre mantiene a la gente en sus casas. La ciudad se ha quedado en silencio y los comercios están pasando apuros.

Shakoor (nombre ficticio) cree que no se trata solo de una cuestión de vestimenta femenina.

«Las niñas y las mujeres tienen un estatus especial en esta ciudad. Detener a una mujer o humillarla públicamente se considera un ataque a la dignidad y al honor de la familia. Por eso la reacción ha sido tan fuerte, y esta vez también se han manifestado los hombres», afirma.

La administración talibán local cree que endurecer el código de vestimenta para las mujeres protege los valores sociales.

El gobernador de la provincia de Herat, Noor Ahmad Islamjar, cree que las protestas son el resultado de malentendidos y de influencias externas.

En una entrevista televisiva, recordó a la ciudadanía que las manifestaciones están prohibidas.

El régimen talibán afirma que las mujeres detenidas serán puestas en libertad tras recibir una advertencia, se notificará a sus familias y se les exigirá que firmen un compromiso de cumplir el código de vestimenta. Sin embargo, no todas las familias saben qué ha sido de sus seres queridos.

Una de ellas es Zainab, la amiga de Suhaila. Su familia no ha tenido noticias de ella desde su detención.

T: MF / ED: EG

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