Cortar el pelo, cortar la libertad: los peluqueros de Afganistán bajo el régimen talibán
KABUL – Ahmed (nombre ficticio), un peluquero de varones de Kabul, solía tener en su móvil una colección de fotos de diferentes peinados. Se las enseñaba a sus clientes antes de cortarles el pelo para que pudieran elegir el estilo que más les gustara. Algunos jóvenes traían sus propias fotos y Ahmed les cortaba el pelo según sus deseos. El negocio estaba especialmente concurrido unos días antes del Eid, la gran festividad islámica, que tiene lugar dos veces al año.
Pero ya no es así.
«Antes de la festividad, estaba en la peluquería día y noche y casi nunca iba a casa. La peluquería nunca estaba vacía. Ahora las cosas son completamente diferentes. No abro hasta las diez u once de la mañana y me voy a casa a las cuatro o cinco de la tarde. Solo voy a trabajar para pasar el rato y llegar al final del día», dice Ahmed.
En Afganistán, y especialmente en su capital, Kabul, las peluquerías y barberías para hombres han sido tradicionalmente algo más que un lugar para cortarse el pelo y recortarse la barba. Han brindado a los hombres y a los jóvenes la oportunidad de reunirse, tomar té y charlar. En los últimos años, se habían popularizado los peinados modernos y las tendencias en barbas, y los barberos se inspiraban en las redes sociales y en las tendencias de moda mundiales.
Cuando los talibanes volvieron al poder en Afganistán en agosto de 2021, se restringieron muchas actividades cotidianas. Los cambios también tuvieron un impacto significativo en el funcionamiento de las peluquerías para hombres.
Las restricciones redujeron la gama de servicios y crearon un clima de incertidumbre entre los barberos. Los efectos de estos cambios se hicieron rápidamente visibles en la vida cotidiana tanto de los barberos como de los clientes
En septiembre de ese año, los talibanes anunciaron en algunas ciudades, especialmente en Kabul, que estaba prohibido cortar la barba a los hombres. Prestar dichos servicios a los hombres sería ahora contrario a la sharia (istema legal islámico).
Las nuevas normas y el aumento de la vigilancia de las barberías cambiaron la forma en que se podía ejercer la profesión. Las restricciones redujeron la gama de servicios y crearon un clima de incertidumbre entre los barberos. Los efectos de estos cambios se hicieron rápidamente visibles en la vida cotidiana tanto de los barberos como de los clientes.
Ahmed no solo es el propietario de una barbería, sino también padre de cuatro hijos. Comparte su hogar con su familia, su madre y sus dos hermanas, y la barbería es su única fuente de ingresos.
Para hablar con Ahmed con discreción, voy a su local en el centro de Kabul con mi marido y nuestro hijo de cinco años, con el pretexto de que le corten el pelo.
Cuando entro en el local de Ahmed, no se parece mucho al salón que era antes. Se han retirado los grandes carteles que mostraban peinados y estilos de barba. Ya no está permitido exhibirlos. Todo el local ha quedado despojado de todo, y ahora se parece más a una pequeña barbería a la antigua usanza que a un moderno salón de peluquería.
Cuando Ahmed termina de cortarle el pelo a mi hijo, deja con cuidado las tijeras sobre la mesa y echa un vistazo al espejo. Se detiene un momento antes de suspirar y decir:
«Hermanas, tenía 18 años cuando empecé en este trabajo, lleno de pasión por este oficio. Llevo ya 20 años en esta profesión. Hace solo cinco años, antes de todos estos cambios, iba en bicicleta al trabajo a las 6:30 de la mañana para poder abrir la peluquería a las 7:00. Trabajaba todo el día hasta las 22:00, atendiendo a innumerables clientes —niños, adultos y personas mayores— de todos los ámbitos de la vida», recuerda.

La peluquería de Ahmed se encuentra en un callejón muy transitado de Kabul. En el pasado, la peluquería era más que un simple lugar para cortarse el pelo. Era donde los hombres se reunían, esperaban su turno y tomaban té mientras charlaban de todo, desde fútbol hasta política.
Ahmed sonríe al recordar: «Esto no era solo un trabajo, era la vida. Había muchos clientes. Cada día aprendía nuevos estilos en YouTube, de los clientes y de las fotos que traían. Había competencia en el sector y eso me mantenía motivado».
Pero todo eso cambió a finales de 2021 y principios de 2022, cuando el llamado Ministerio de la Virtud y la Prevención del Vicio, conocido informalmente como la «policía de la castidad», comenzó a visitar activamente las peluquerías.
A los peluqueros se les dijo que ya no podían recortar ni afeitar las barbas de sus clientes. También debían evitar los peinados occidentales y se les advirtió de que las infracciones acarrearían graves consecuencias.
«Al principio, solo nos dijeron que no se nos permitía afeitar barbas. Luego, poco a poco, empezaron a visitar nuestras peluquerías. Algunos días, dos o tres agentes de la policía de la castidad se sentaban aquí durante horas, observando lo que hacía y cómo cortaba el pelo y las barbas a los hombres. Mientras trabajaba, me daban instrucciones sobre lo que debía y no debía hacer», cuenta Ahmed.
Durante esos primeros meses, cuenta Ahmed, circulaban rumores extraoficiales. Muchos barberos pensaban que se trataba solo de una medida temporal. Pero pronto quedó claro que había que tomarse las normas en serio. Con el tiempo, las restricciones se intensificaron y las fuerzas reguladoras comenzaron a visitar los locales con mayor frecuencia.
«Para ser sincero, ya ni siquiera nos atrevíamos a probar nuevos estilos, ni siquiera cuando los clientes los pedían. Teníamos miedo. Muchos de mis amigos barberos fueron multados y algunos tuvieron que cerrar sus locales durante un tiempo», explica Ahmed.
En los últimos cinco años, muchos barberos se han enfrentado a diversas sanciones: multas, detenciones y cierres parciales o totales de sus locales. Algunos han cambiado de profesión, otros se han marchado al extranjero. Al mismo tiempo, unos pocos, como Ahmed, siguen adelante a pesar de las dificultades, aunque su clientela ha cambiado y sus ingresos se han reducido a la mitad.
Ahmed afirma que ahora las conversaciones son más breves, las visitas de los clientes son menos frecuentes y la energía cálida y animada que antes llenaba el local se ha desvanecido. En este contexto, la peluquería ya no es la profesión motivadora y dinámica que solía ser para muchos.
«A los jóvenes solía importarles mucho su aspecto. Ahora o bien no vienen en absoluto o solo quieren cortes de pelo muy sencillo. De hecho, tienen miedo», dice Ahmed.
Hace poco, cuenta, «estaba cortándole el pelo a un adolescente cuando apareció un agente de la policía de la castidad. Se dio cuenta de que estaba peinando a mi cliente y montó un gran escándalo. Me obligó a cortarme el pelo muy corto y amenazó con cerrar mi peluquería. Tras una larga discusión, finalmente accedieron a limitarse a multarme y marcharse».
Las experiencias de los peluqueros afganos demuestran que la creatividad humana no puede ser reprimida por completo.
Personas como Ahmed, a pesar de los retos y los miedos, no se han rendido. Siguen creando pequeños espacios donde hay lugar para el arte, la conexión y la esperanza. La perseverancia es un signo de la capacidad de una comunidad para recuperarse, crecer y reconstruirse.
El futuro puede ser difícil, pero el espíritu de resistencia y la esperanza humana mantienen viva la posibilidad de cambio y de volver a los días en que la vida y la creatividad prosperaban.
T: MF / ED: EG
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