Las renovables garantizan acceso a electricidad en comunidades rurales de República Dominicana
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Detrás de ese porcentaje de hogares sin electricidad hay miles de familias que viven en condiciones de pobreza energética. Provincias como Elías Piña, Bahoruco e Independencia figuran históricamente entre las más vulnerables del país, según indicadores de pobreza monetaria y multidimensional publicados por el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD). 

En comunidades rurales o alejadas del Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (Seni), las energías renovables llegan muchas veces como una solución que va más allá de la transición energética: significan, finalmente, el acceso a la electricidad.

La cooperación internacional ha sido clave en la viabilización de proyectos con energías renovables para zonas aisladas en República Dominicana.

La Agencia Alemana de Cooperación Internacional (GIZ) desarrolla proyectos vinculados a transición energética, resiliencia climática y eficiencia energética, apoyando iniciativas que promueven soluciones sostenibles para comunidades vulnerables y fortaleciendo capacidades institucionales para avanzar hacia una matriz energética más limpia.

Por su parte, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a través del Programa de Pequeños Subsidios del Fondo para el Medio Ambiente, ha venido trabajando para promover el acceso al servicio de electricidad en zonas rurales con energías limpias, producidas con minicentrales hidroeléctricas.

Según explicó Alberto Sánchez, coordinador nacional del Programa de Pequeños Subsidios (PPS-PNUD), este esfuerzo ha permitido transformar la realidad de más de 100 comunidades rurales mediante la instalación de unas 50 microcentrales hidroeléctricas, beneficiando directamente a más de 20,000 personas en condiciones de vulnerabilidad.

“República Dominicana es el país de Centroamérica y el Caribe que más promueve la generación descentralizada con fuentes renovables. Estas iniciativas convierten el acceso a la energía limpia en el motor de su propio desarrollo económico y social”, afirmó Sánchez.

Antes de la llegada de estos proyectos, las condiciones de vida en muchas de estas comunidades estaban marcadas por el aislamiento energético. “La falta de electricidad constituía una de las barreras más críticas para el desarrollo humano. Las familias vivían en aislamiento severo debido a las limitaciones en la comunicación y se exponían diariamente a riesgos de salud respiratoria por el uso de lámparas de queroseno. Para los jóvenes, la falta de luz limitaba drásticamente sus oportunidades de estudio”, explicó.

Aunque los proyectos han generado cambios importantes, Sánchez considera que todavía existen desafíos pendientes para garantizar sostenibilidad a largo plazo.

“El camino hacia la sostenibilidad es continuo. Tenemos la tarea pendiente de optimizar el uso de esta energía para potenciar la producción local y la transformación de materia prima, promoviendo además un mayor involucramiento y empoderamiento económico de las mujeres”, sostuvo.

El especialista también señaló que uno de los grandes retos sigue siendo fortalecer la protección de las cuencas hidrográficas y aumentar la cobertura forestal para garantizar la disponibilidad de agua que alimenta estos sistemas energéticos.

“Ante la demanda creciente y los efectos del cambio climático, el desafío es evolucionar hacia modelos híbridos renovables, combinando energía solar e hídrica, para asegurar resiliencia comunitaria y una verdadera independencia energética”, concluyó Sánchez.

Rómulo Canela, participante del proyecto de microhidroeléctrica comunitaria impulsado con apoyo del PNUD, explica que el programa comenzó con estudios para determinar si los arroyos de la zona tenían capacidad suficiente para producir energía a través del agua.

“Primero se estudiaba el comportamiento del caudal durante todo el año para calcular cuánta energía se podía generar”, recuerda. Según explica, las primeras pruebas se realizaron instalando pequeñas turbinas que producían 12 voltios y utilizando bancos de baterías para elevar la capacidad hasta 110 voltios.

“Después nos dimos cuenta de que sí había condiciones para producir mucha energía y hoy existen comunidades con más de 600 familias que cuentan con electricidad propia gracias a estos proyectos”, sostuvo Canela.

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