Mujeres de grandes ciudades de América Latina idean soluciones frente al estrés climático

MÉXICO – Llevaban tres meses de abrir la canilla y que no saliese una gota de agua. Era abril de 2014 y las mujeres de Pedregales de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, cargaban garrafones de 20 litros desde un surtidor público para lavar la ropa y bañar a los niños. Un día, hartas, decidieron cortar la Avenida del Imán. Eran, como mucho, unas 20.
“No teníamos miedo. Nos acuerpaba la rabia: la digna rabia de salir a protestar”, recuerda Natalia Lara.
Consiguieron la atención de los gobernantes, pero trataron de desacreditarlas. “Decían que estábamos locas, que nos pagaban los partidos opositores”, cuenta Natalia.
A fuerza de insistencia, lograron que los técnicos del del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (Sacmex) las llevaran a recorrer los pozos del suministro. Después de tres años y 27 pozos recorridos, descubrieron que sí había agua, pero era desviada hacia los megaproyectos inmobiliarios de la zona.
En las grandes ciudades de América Latina, las mujeres son quienes más sufren el estrés climático: sobre ellas recae la carga de las tareas domésticas y el trabajo no remunerado. Son las que salen a buscar el agua, caminan kilómetros para conseguir alimentos saludables y asisten a niños y personas mayores ante olas de calor.
“Cuando hay eventos naturales de gran magnitud, las mujeres son las más afectadas porque, debido a su rol en tareas de cuidado, suelen estar siempre en la zona. A su vez, las mujeres tienen un rol clave como agentes de cambio, pero sus conocimientos generalmente no son retomados por las políticas climáticas. Se las excluye y, en esa exclusión, reciben el mayor impacto negativo”, afirma Nidya Pesántez, responsable regional de la estrategia de Género, Ambiente y Justicia Climática de ONU Mujeres.
Sin embargo, también son las mujeres las que se organizan y accionan para cambiar esas realidades. En Bogotá, la capital de Colombia, fueron fundamentales en la creación de los acueductos comunitarios, gestionando el acceso al agua para sus comunidades. En el sur de Lima, Perú, mujeres de diversos distritos se organizaron para transformar terrenos abandonados en biohuertos y combatir la inseguridad alimentaria.
Estas soluciones locales cobran mayor relevancia porque las ciudades latinoamericanas están entrando en un período de intensificación del estrés climático. Además, los planes de adaptación no llegan a los más vulnerables y rara vez tienen en cuenta el trabajo que las comunidades ya hacen sobre el terreno, sostiene Pesántez.
“Se necesita hacer un puente entre lo que hace la sociedad civil y lo que hacen los gobiernos locales. No se logra tener una relación horizontal con la población porque los gobiernos latinoamericanos han seguido siempre una lógica patriarcal, verticalista. Por eso, aunque haya propuestas sólidas desarrolladas por mujeres, es difícil que sean retomadas por los gobiernos”, agrega.

Ciudad de México: Mujeres que recuperaron el agua en alerta por el Mundial
Para entender adónde iba el agua, Natalia Lara armó un mapa. Puso puntos verdes para los pozos con mayor flujo y azules para los de baja presión. Los primeros estaban cerca de grandes emprendimientos inmobiliarios y los segundos en las colonias populares. También descubrieron que desde la alcaldía de Coyoacán se manipulaban las válvulas para abastecer a las colonias que garantizaban votos.
“Teníamos, entonces, dos cuestiones: la discriminación económica y la manipulación política”, cuenta hoy.
En 2017, las mujeres conformaron la cooperativa Acción Comunitaria Pedregales: una mezcla de vecinas, amas de casa, estudiantes y una profesora de biología. En 2018, presentaron la evidencia obtenida y lograron que el jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera reconociera la manipulación de las válvulas con fines políticos.
“Hoy el problema sigue latente. Con el cambio de gobierno, perdimos un poco de información y a veces los tandeos vuelven a estar más espaciados”, indica Natalia.
Las colonias (barrios) de Pedregales de Coyoacán comenzaron a formarse en 1971, producto de una migración interna. Al asentarse sobre una vieja erupción volcánica, muchos debieron dinamitar la piedra para construir sus casas. Se autogestionaron el acceso a servicios básicos y hoy todavía hay viviendas sin drenaje.
Ese proceso de autoconstrucción generó un fuerte arraigo territorial que impulsó diversos movimientos sociales, explica Alice Poma, doctora en Ciencias Sociales y Medio Ambiente. Hoy, la llegada de desarrollos inmobiliarios agrega un problema de gentrificación que desplaza a los habitantes históricos.
Poma, que siguió el proceso de organización de las comunidades de Pedregales, señala que desde los gobiernos local y municipal no han aprovechado los saberes de la comunidad para la formulación de políticas.
“Deberían escuchar más a la gente. Si bien realizaron mesas de diálogo, los trataban mal y llevaban técnicos que les hablaban con un lenguaje imposible. Se sentían humillados y frustrados”, advierte.
Ahora, las mujeres de Pedregales enfrentan una nueva preocupación: que la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA 2026 —que tiene entre sus sedes al vecino estadio Azteca— vuelva a secar sus colonias durante la temporada de calor extremo.
“Televisa, dueña del estadio, tiene una concesión privada de agua. Su pozo tiene unos 350 metros de profundidad, frente a los 80 metros de los pozos públicos. Con la remodelación, está monopolizando el agua de la zona”, explica Natalia. Están exigiendo la expropiación del pozo, y la presión crecerá con la llegada masiva del turismo.
Otra demanda histórica de la comunidad es la necesidad de una infraestructura que ayude a evitar inundaciones en sus colonias. Sobre eso, Natalia comenta: “Curiosamente, la Ciudad de México construyó un jardín de lluvia, que para nosotros era una infraestructura importante para retener el agua, justo al lado del estadio Azteca, en vez de hacerlo en otras zonas donde se inunda más”.

Bogotá: Lideresas de acueductos comunitarios a tiempo completo
A fines del siglo XX, en la periferia urbano-rural de Bogotá, las mujeres cargaban cantinas hasta el río en busca de agua, a veces con ayuda de caballos.
“Tocaba sufrir mucho. A raíz de eso, se organizaron los acueductos comunitarios”, cuenta Flor Alba Díaz Cepeda, lideresa histórica del acueducto Aacupasa de Ciudad Bolívar. “Siempre me ha gustado cuidar la naturaleza, el agua y servir a las comunidades”, añade.
Desde hace décadas, los acueductos comunitarios son en Colombia una forma de gestión del agua liderada en gran parte por mujeres que, además de sus labores domésticas, administran el recurso, median con funcionarios y garantizan la distribución equitativa.
“Claro que también son trabajos no remunerados, o con un pequeño estipendio que apenas alcanza para cubrir sus gastos, pero nunca un salario propiamente dicho”, explica Dolly Palacio Tamayo, doctora en Estudios del Desarrollo y Medio Ambiente, que estudia el liderazgo de mujeres en la gestión del agua en Bogotá. “Aquí no hay poder ni dinero: es gestión de base vinculada a la sostenibilidad territorial y el cuidado”, agrega.
Flor Alba se puso al frente del acueducto a comienzos de los 90, cuando su padre enfermó, y lo condujo con vehemencia durante casi 30 años. Era un trabajo sin horarios: conflictos entre vecinos, tuberías rotas, mediaciones con funcionarios. Todo, en paralelo con la crianza de su hija.
“Realmente fue duro, pero yo amaba el acueducto. Cómo será que me gustaba que, cuando me retiré, me ocasionó un problema de depresión”, cuenta. Hoy continúa como asesora externa, aparte de brindar talleres sobre cambio climático y gestión del agua para escuelas, universidades y adultos mayores.
Bogotá está a unos 2600 metros de altura y tiene un clima húmedo. Sin embargo, en los últimos años, las sequías y las lluvias se volvieron más intensas, profundizando los ciclos de estrés hídrico e inundaciones. En la periferia urbano-rural, el impacto se intensifica porque, al igual que en Pedregales, son barrios construidos de forma autogestiva, fuera del alcance estatal.
Respecto a la gestión del agua, en diciembre, tras 15 años de lucha, organizaciones nucleadas en la Red Nacional de Acueductos Comunitarios de Colombia -entre ellas, la Retaco del departamento de Cundinamarca y Bogotá-, lograron la aprobación de un proyecto de ley que reconoce a los acueductos comunitarios como prestadores legítimos del servicio, garantizando su autonomía y reconociendo un proceso de construcción trascendental para muchas comunidades.
Ahora resta que sea sancionado por el Ejecutivo y ver cómo se dará su aplicación en la práctica.

Lima: Mujeres que transforman terrenos abandonados en biohuertos comunitarios
“Mire, ahorita le voy a mostrar mi cajita. Son semillitas, ¿ve? Tengo espinacas, acelgas, culantro. Así las vamos juntando”.
Celsa Pandal muestra orgullosa su colección de semillas disecadas y guardadas en bolsitas cerradas herméticamente. La idea de crear biohuertos surgió en 2018, cuando varias mujeres del sur de Lima, preocupadas por la inseguridad alimentaria y los impactos de la crisis climática, decidieron impulsar una agricultura sin químicos.
“Al principio fue difícil explicarle a la comunidad la necesidad de hacer un biohuerto, pero ahora están más involucrados y vienen ellos a pedirnos las semillitas”, cuenta Celsa.
El Colectivo de Mujeres Trabajando Frente al Cambio Climático de San Juan de Miraflores (Comutrafrecc) -presidido por Celsa-, la Red de Lideresas por la Acción Climática de Villa María del Triunfo (Redlac) y la Asociación de Redes Ambientales de Villa El Salvador (Redaves) son grupos de mujeres del Área Metropolitana de Lima que transformaron terrenos abandonados en biohuertos.
En esta zona, miles de familias enfrentan serias dificultades para acceder a alimentos de buena calidad, debido a una combinación de precariedad urbana, falta de áreas verdes y dependencia de alimentos provenientes de otras regiones.
“No estamos esperando soluciones, ya estamos actuando”, dicen en la campaña En Lima Sur cosechamos derechos, difundida por redes sociales. “Pero esta situación no se puede sostener sólo con el esfuerzo comunitario: el Estado y los gobiernos locales tienen que asumir su responsabilidad”, aclaran.
Acompañadas por las oengés Fovida y Manos Unidas, presentaron proyectos de ordenanza para exigir que los gobiernos locales reconozcan la agricultura urbana como política pública y apoyen el desarrollo de biohuertos urbanos. Recientemente, lograron su aprobación en San Juan de Miraflores y Villa María del Triunfo. Actualmente, vigilan que se realice la implementación y trabajan por su extensión a Villa El Salvador.
En Lima se repite el patrón: las periferias fueron edificadas sin considerar la geografía ni la hidrología del terreno, y el cambio climático agravó la situación con un fuerte aumento de las precipitaciones.
La arquitecta peruana Liliana Miranda, integrante del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), lo resume así: en 2010, Lima tenía un promedio de lluvia de nueve milímetros; en 2020, se duplicó; y en 2025, el promedio trepó a 23 milímetros.
“La ciudad no está preparada para esas lluvias. Entonces se inunda, se producen huaicos -desprendimientos de piedras-, los cables quedan colgando, se generan cortocircuitos, las casas se vienen abajo”, enumera. “Es un verdadero desastre”.
De las experiencias locales a la política pública
Cuando los mexicas fundaron Tenochtitlán en 1325, construyeron sobre un lago e integraron el agua a su planificación. Hacia 1600, los españoles destruyeron esa ciudad, pavimentaron humedales y entubaron arroyos. Por eso, en lo que es hoy la Ciudad de México, las épocas de lluvia convierten la urbe en un caos.
La arquitecta Loreta Castro Reguera propone que, sin destruir las infraestructuras existentes, desde las políticas públicas se impulsen más proyectos alternativos y descentralizados.
“Hay que construir sistemas de tratamiento de agua residual para las épocas de escasez e implementar sistemas de captación de agua en cubiertas o parques para las épocas de lluvia”, explica. Ella misma hizo un proyecto de captación de lluvias similar a los andenes incas en el municipio mexicano Tablas del Pozo.
Por su parte, Miryam Mejía, de la Dirección de Gestión Comunitaria de la empresa pública Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, que ha trabajado en el acompañamiento de lideresas de acueductos por más de una década, cuenta que un desafío actual es sostener y profundizar la articulación entre el ámbito público y las comunidades.
“Yo siento que si en algún momento me voy, ellos van a quedar muy a la deriva, porque en la empresa todavía no se logra que eso sea una línea de trabajo permanente”, dice.
Desde Lima, Jhonatan Peña, gerente de Gestión Ambiental de San Juan de Miraflores, dice que han acompañado la construcción de biohuertos con asistencia técnica, capacitaciones, entrega de materiales y difusión. También explica que una limitante para avanzar en la expansión de la iniciativa es el costo elevado de agua potable en Lima (provista por la empresa pública Sedapal).
“Podríamos seguir instalando más áreas para agricultura urbana porque hay terrenos, pero la baja disponibilidad de agua potable y los costos altos no han permitido que crezca mucho más”, aduce el funcionario.
Mientras que todavía cuesta encontrar la fórmula ideal para que las soluciones creadas por la comunidad se transformen en política pública, el trabajo de las mujeres sobre el territorio no se detiene y el cambio climático tampoco.
Por eso, Pesántez hace un llamado público: “Es indispensable que salgamos de varios asientos alejados de la realidad -el asiento del poder, el asiento del conocimiento académico- y vayamos a ver qué están haciendo las comunidades para sobrevivir y mantener sus entornos. ¿Qué conocen las mujeres de esos barrios? ¿Qué pueden aportar para el sostenimiento de la vida? Hay que salir de los asientos de la comodidad y abrazar más la realidad”.
Este artículo forma parte de la Comunidad Planeta, un proyecto periodístico liderado por Periodistas por el Planeta (PxP) en América Latina, que integra IPS América Latina.
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