5 marzo 2026

Talento desperdiciado: mujeres afganas profesionales se adaptan a restricciones talibanes

Talento desperdiciado: mujeres afganas profesionales se adaptan a restricciones talibanes
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KABUL – Las jóvenes de la capital de Afganistán, Kabul, están probando suerte en tareas desconocidas para ellas, como el bordado, la confección y el diseño de abalorios en los puestos del mercado. Muchas de ellas deberían estar sentadas en sus escritorios escribiendo programas informáticos o informando sobre noticias, los campos para los que se formaron.

Desde el regreso al poder de los talibanes en agosto de 2021, las mujeres con un alto nivel de formación han sido destituidas de sus cargos oficiales y excluidas de gran parte del mercado laboral formal, lo que las ha obligado a aceptar trabajos ajenos a su campo de formación para hacer frente a las dificultades económicas y evitar la tensión mental del desempleo.

Las oportunidades profesionales para las mujeres se han visto drásticamente limitadas. A casi todas las mujeres se les prohíbe trabajar en oficinas, medios de comunicación y otros campos relacionados con su formación.

Lida (un seudónimo), licenciada en informática, ganaba anteriormente un buen sueldo como responsable de tecnologías de la informacióon (TI) en el Ministerio de Economía, trabajo que desempeñó durante más de seis años. Ahora vive en el sureste de Kabul, donde trabaja como costurera y regenta una pequeña tienda. Su difunto marido, que trabajaba para el Ministerio de Desarrollo Rural, murió en un atentado con bomba en Kabul hace 10 años.

Lida ahora comparte una casa con la familia de su hermano y sus cinco hijos, y dice que se encuentra en una situación económica desesperada. Para llegar a fin de mes, ha enviado a uno de sus hijos a vender bolsas de plástico en las calles. Su hijo menor sigue yendo al colegio. La educación de su hija se ha suspendido tras los edictos de los talibanes contra la educación de las mujeres.

«Cuando los talibanes volvieron al poder, me vi obligada a dejar mi trabajo», dice Lida, «y no he podido encontrar ninguno dentro de mi profesión en los últimos cuatro años, por lo que no he tenido más remedio que trabajar como dependienta».

Muchas mujeres están acudiendo en masa al sector informal de Kabul, pero este ofrece oportunidades limitadas, apiñándolas en tiendas que solo venden ropa y cosméticos para mujeres y atienden principalmente a clientas femeninas.

Los talibanes no conceden directamente permisos de trabajo a las mujeres para que puedan trabajar en las tiendas. En su lugar, un miembro masculino de la familia u otro hombre debe obtener primero el permiso de trabajo para la tienda. Solo entonces las mujeres pueden trabajar en la tienda como vendedoras o dependientas, recibiendo un salario o una comisión según lo acordado.

«Trabajar en un taller de costura es muy difícil y frustrante», se queja Lida, y añade: «Ojalá pudiera trabajar al menos en una tienda de informática, que está relacionada con mi campo de estudios».

Mursal (otro seudónimo), de 27 años, licenciada en periodismo, ha tenido una suerte similar. Trabajó como reportera durante ocho años en varios medios de comunicación y, antes del regreso de los talibanes, estaba empleada en una organización de defensa de los periodistas, donde disfrutaba de buenos ingresos y prestaciones.

Como muchas otras mujeres con estudios, Mursal se ha convertido en tendera. Los medios de comunicación privados no tienen capacidad suficiente para absorber a muchas mujeres, por lo que, en lugar de informar sobre las noticias, ahora vende ropa tradicional afgana y productos dirigidos a las mujeres.

Mursal expresó su frustración y dijo que al principio se sentía «muy infravalorada». «La gente nos miraba de forma extraña y, además, mi familia no estaba muy contenta con el trabajo que hacía». No es habitual que las mujeres tengan tiendas en Afganistán.

Ella vende ropa de mujer en el suroeste de Kabul, donde vive con sus padres, ambos antiguos empleados del Gobierno que ahora están en paro.

«Tengo seis hermanas y un hermano», dice Mursal, y añade: «No puedo casarme hasta que ellos se establezcan, porque soy responsable de todos ellos». Y resalta que su hermano solo tiene 10 años.

Mursal gana unos 10 000 mil afganis (127 euros) al mes vendiendo en la tienda, lo que apenas alcanza para que la familia pueda sobrevivir.

Aun así, la policía moral talibán no da tregua a las mujeres en una situación laboral cada vez más precaria.

Según Mursal, los funcionarios del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio visitan sus tiendas tres veces por semana para hacer cumplir una norma que les obliga a llevar máscaras durante todo el día, lo que les resulta asfixiante. También se ven obligadas a ocultar o retirar las imágenes de la ropa de dormir de las mujeres.

«Si se ocultan las prendas de dormir, ¿cómo sabrán los clientes cuáles comprar?», inquiere.

Desafío ante la adversidad

Aunque las mujeres se angustian por la posibilidad de que años de esfuerzo académico se echen a perder, han convertido su situación como comerciantes en una forma de resistencia a las violaciones de sus derechos por parte de los talibanes.

Obligadas a regentar tiendas para mantener a sus familias, pueden alegrarse de obtener unos pequeños ingresos, pero su dolor más profundo proviene de saber que sus habilidades y sueños en las profesiones que han elegido siguen sin utilizarse.

Aun así, el hecho de que hayan aceptado sin dudarlo trabajos a menudo indeseados en el sector informal simplemente para sobrevivir y mantener a sus familias es una prueba de su resistencia frente a las severas restricciones impuestas por los talibanes.

El cambio no se limita a ganarse la vida, sino que es una resistencia silenciosa. Al asumir estas funciones, las mujeres afganas están enviando una señal clara de que no permanecerán en silencio ni serán borradas de la sociedad.

Incluso cuando se les cierran las puertas en sus profesiones, encuentran formas de mantenerse activas, contribuir y marcar la diferencia. Demuestran que incluso una pequeña oportunidad puede transformarse en una participación significativa, lo que demuestra que las mujeres afganas seguirán luchando por sus derechos de cualquier forma posible.

Su resiliencia nos recuerda que las restricciones talibanes pueden limitar las oportunidades, pero no pueden borrar su ambición ni su determinación de generar cambios.

Al aceptar estos trabajos, se aseguran de que su presencia se sienta en la sociedad y se mantienen firmes frente a los talibanes, que intentan borrarles de la vida pública. Las mujeres afganas se niegan a permanecer en silencio. Dejan claro que las mujeres afganas no desaparecerán, insisten en ser vistas, escuchadas y tenidas en cuenta.

T: MF / ED: EG

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