Del campo a las importaciones: las raíces de dependencia alimentaria salvadoreña
SAN SALVADOR – La producción de alimentos en El Salvador ha sido deficitaria en las últimas tres décadas y el país ha dependido de las importaciones desde los países vecinos, una situación generada, principalmente, por la falta de políticas públicas para fortalecer el sector agropecuario.
A eso se suma el factor climático: lluvias intensas o sequías prolongadas, propias de la presencia de los fenómenos de El Niño o La Niña, han arrasado con cultivos enteros y han puesto en riesgo la seguridad y soberanía alimentaria de las familias, sobre todo en el campo.
No ser capaz de producir sus propios alimentos coloca a El Salvador en una situación de vulnerabilidad, pues las importaciones de países cercanos no están siempre aseguradas.
Si un huracán o un fenómeno climático extremo echa a perder la cosecha de frijol en Nicaragua u otras naciones cercanas, habrá, y de hecho ha habido, serios problemas en la plaza salvadoreña y las autoridades han tenido que importarlo desde Etiopía, como sucedió en 2014.
“Es triste que debamos importar nuestros frijoles, cuando nosotros tenemos toda la capacidad de producirlos, si tuviéramos los apoyos gubernamentales”, ha dicho a IPS el campesino Martín Pineda.
Él realizaba labores agrícolas cuando IPS lo visitó en abril de 2023, en la finca comunitaria ubicada en los alrededores de San José Villanueva, en el departamento de La Libertad, al sur de El Salvador. En la propiedad, de cuatro hectáreas, trabajaban 12 familias.

¿Por qué El Salvador no es autosuficiente en sus alimentos básicos?
La dependencia alimentaria de El Salvador tiene raíces en décadas de debilitamiento de su agricultura, especialmente de los pequeños productores que cultivan los alimentos básicos de la población, donde el frijol y el maíz son esenciales en la dieta.
A ese deterioro se suman sequías prolongadas y lluvias intensas que destruyen cosechas y obligan a recurrir a las importaciones.
La guerra civil de 1980 a 1992 afectó al sector agropecuario y las políticas económicas posteriores también contribuyeron a relegarlo.
Desde la llegada al poder de la derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena), en 1989, la apuesta gubernamental se desplazó hacia otras actividades, en medio del festín neoliberal en que sumió al país.
Esa orientación se acentuó durante el período 1994-1999, cuando se promovió la maquila textil como fuente de empleo y se dejó de impulsar el desarrollo del campo.
Para muchos agricultores, disponer de tierra no ha sido suficiente. La falta de riego, maquinaria, insumos y asistencia técnica permanente limita su capacidad de producir y resistir los golpes del clima.
“No hay una política definida de los gobiernos, por ejemplo, nosotros tenemos la tierra, pero no tenemos los insumos, la asesoría técnica permanente”, dijo Pineda a IPS.
La fragilidad climática agrava esas limitaciones. La alternancia entre escasez y exceso de lluvia, descrita en otro reportaje de IPS sobre el Corredor Seco Centroamericano, vuelve más inciertas las cosechas de maíz y frijol, esenciales para la alimentación y los ingresos de las familias rurales.
La magnitud de la dependencia se refleja en un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), publicado en enero de 2026: las importaciones cubren alrededor de 50 % de las necesidades de consumo de cereales del país. El cálculo incluye los destinados a la alimentación animal y excluye el frijol.

¿Por qué El Salvador depende de sus vecinos para alimentar a su población?
La producción nacional no alcanza para cubrir la demanda de diversos alimentos básicos, en un país de seis millones de habitantes. Parte de ese faltante se abastece desde Guatemala, Honduras y Nicaragua, aunque el peso de cada proveedor cambia según el producto.
Nicaragua tiene un papel central en el suministro de frijoles. En 2025, El Salvador importó 46,37 millones de kilogramos de frijoles secos de la especie Phaseolus vulgaris, que incluye distintas variedades. De ese volumen, 35,14 millones procedieron de Nicaragua, cerca de 76 %, según datos de Naciones Unidas disponibles en la plataforma WITS del Banco Mundial.
Guatemala y Honduras destacan en otros productos. Ese mismo año, suministraron conjuntamente unos 103 millones de los casi 114 millones de kilogramos de tomates frescos o refrigerados importados por El Salvador. Nicaragua aportó otros 10,74 millones.
Pero depender de los vecinos también expone al país a sus problemas productivos. Una sequía regional puede reducir simultáneamente las cosechas salvadoreñas y las de quienes normalmente abastecen su mercado.
Luis Treminio, presidente de la Cámara Salvadoreña de Pequeños y Medianos Productores Agropecuarios (Campo), explicó a IPS en agosto de 2026 que, si Nicaragua no logra producir el frijol previsto, El Salvador debe buscar proveedores más lejanos.
Para el maíz, señaló, existen opciones como Estados Unidos, México, Argentina y Brasil.
Ese riesgo tiene antecedentes.
En 2014, la falta de lluvias golpeó la producción centroamericana y El Salvador abrió un contingente de importación de frijol para enfrentar el desabastecimiento. Según la Superintendencia de Competencia, 34 % del volumen ingresado mediante esa apertura procedió de Etiopía.

¿Por qué los gobiernos posteriores no lograron recuperar el agro?
Los esfuerzos por fortalecer la producción no resolvieron las carencias que limitan a los pequeños agricultores: acceso a insumos, asistencia técnica, maquinaria y agua para cultivar durante los períodos secos.
Durante los gobiernos del izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), entre 2009 y 2019, una de las apuestas fue impulsar la producción nacional de semillas, especialmente de maíz, mediante compras estatales a cooperativas.
Ese esquema permitió a organizaciones campesinas participar en un mercado antes concentrado en unas pocas empresas.
La Asociación Mangle y otras cooperativas abastecieron al Plan de Agricultura Familiar, que distribuía semillas y fertilizantes entre pequeños productores, como documentó IPS en 2015.
El esfuerzo contó con variedades desarrolladas por el Centro Nacional de Tecnología Agropecuaria y Forestal (Centa) y apoyo de la cooperación internacional. Además de suministrar semillas, algunas organizaciones mejoraron su capacidad para procesar y comercializar las cosechas.
Pero esos avances no bastaron para superar los obstáculos de la producción.
Las semillas y los fertilizantes son solo una parte de lo necesario para sostener una cosecha: sin riego, asistencia permanente y condiciones para vender a precios remunerativos, los agricultores siguen expuestos a pérdidas.
La fragilidad climática ha agravado esas limitaciones. Las sequías prolongadas y las lluvias excesivas pueden destruir tanto los alimentos destinados al consumo familiar como los excedentes que permiten recuperar la inversión y financiar la siguiente siembra.
Los casos documentados por IPS muestran cómo las malas cosechas también reducen los ingresos y el empleo rural. Así, los esfuerzos para mejorar la producción han convivido con condiciones que dificultan mantener sus resultados de un ciclo agrícola al siguiente.

¿Cómo afectan las políticas de Bukele a la producción agrícola?
Los productores consultados por IPS señalan que el gobierno de Nayib Bukele, en el poder desde 2019, ha mantenido la desatención del agro, con anuncios de reactivación que no han resuelto las carencias del sector y frecuentes cambios en la conducción del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG).
En abril de 2023, cuando la administración aún no cumplía cuatro años, ya habían pasado cuatro ministros por esa cartera. Actualmente, el viceministro Óscar Domínguez figura como encargado del despacho ministerial, según los registros del Banco de Fomento Agropecuario.
El gobierno de Bukele se muestra más enfocado en fortalecer los sectores de construcción y turismo.
“El problema es que el gobierno no prioriza la soberanía alimentaria”, dijo a IPS en 2023 Treminio, el dirigente de los pequeños productores agropecuarios.
Explicó entonces que el plan de reactivación anunciado en junio de 2021 no se concretó porque no consiguió el financiamiento previsto de 1200 millones de dólares. Cuestionó además las prioridades del gasto gubernamental frente a las necesidades de los agricultores.
El gobierno sostiene que ha impulsado la producción mediante siembras anticipadas, asistencia técnica, sistemas de riego y créditos preferenciales.
En octubre, el MAG destacó esos programas, pero también reconoció pérdidas de cosechas y anunció ayuda alimentaria para familias agricultoras afectadas, especialmente en el este del país.
Paralelamente, la apertura a las importaciones ha permitido complementar el abastecimiento. Según la FAO, las compras externas de cereales han tendido a aumentar desde la eliminación de aranceles a alimentos básicos en marzo de 2022.
“No estamos en contra de las importaciones, pero sí hay que regularlas”, advirtió Treminio a IPS en 2023. Su preocupación es que las compras superiores a los faltantes depriman los precios percibidos por los productores nacionales y dificulten sostener sus cultivos.
En contraste con las importaciones para completar la dieta básica, El Salvador es exportador de rubros agrícolas como el café, cacao, plátanos, limones, semillas de marañón (anacardo), además de los productos de la agroindustria del azúcar.
ED: EG
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