Pobres urbanos de África Oriental se preparan para lluvias e inundaciones por regreso de El Niño
DAR ES SALAAM, Tanzania – Han pasado casi tres décadas, pero Japhet Gimbi aún recuerda aquellas lluvias. Era estudiante de segundo de secundaria en Tabora, al oeste de Tanzania, cuando El Niño de 1997 inundó la ciudad.
A medida que la lluvia seguía cayendo, cada vez eran menos los alumnos que llegaban al colegio. Aquel fue un Super El Niño, uno de los más intensos de los que se tiene constancia. Desde entonces se han producido otros cinco episodios, incluido el Super El Niño de 2014-2016.
«No paraba de llover. Día tras día, la lluvia no cesaba», recuerda Gimbi, que ahora vive en Dar es Salaam, la mayor y más poblada ciudad de Tanzania, en la costa del océano Índico.
Pero su recuerdo más vívido es el de la escasez de comida en su casa.
«Solo comíamos ugali sin verduras», cuenta. El ugali es un pure muy denso elaborado con harina de maíz blanco, muy presente en la dieta del sur y el este de África.
En la aldea de Kwihara, Hatibu Halfan recuerda esa misma temporada de otra manera. Era un agricultor de 27 años cuando, al principio, las lluvias parecían una bendición. Su cosecha de arroz prosperó.
Luego, el suelo se encharcó. La yuca y las batatas (boniatos) se pudrieron. Las casas de las zonas bajas se inundaron.
Veintinueve años después, África Oriental se prepara de nuevo para un Super El Niño. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) prevé que se intensifique hacia finales de 2026, y las previsiones indican una probabilidad cercana a 100 % de que persista hasta febrero de 2027.
Eso sí, la OMM advierte de que un El Niño fuerte no implica necesariamente que los efectos sean graves en todos los países.
En el caso de África Oriental, la preocupación son las lluvias torrenciales. La temporada de octubre a diciembre es crucial en gran parte de la región, y las previsiones apuntan a condiciones más húmedas de lo normal que podrían provocar inundaciones, deslizamientos de tierra, daños en las infraestructuras y brotes de enfermedades.
En algunas zonas de Tanzania, Uganda, Ruanda y Burundi, esta temporada aporta hasta 40 % de las precipitaciones anuales.
Los Estados miembros de la Comunidad del África Oriental (CAO) reclaman una financiación climática más predecible, accesible y basada en subvenciones, mientras se preparan para presentar una posición regional común en la 31 Conferencia de las Partes (COP31) sobre cambio climático de las Naciones Unidas, que se celebrará en noviembre en la ciudad turca de Antalya.
Tienen previsto instar a los países del Norte industrial a que cumplan sus obligaciones en materia de financiación pública para el clima, tripliquen la financiación para la adaptación de aquí a 2035, mejoren el acceso directo a la financiación climática y presten un mayor apoyo a la adaptación y a las pérdidas y daños, todo ello sin aumentar la carga de la deuda de los países vulnerables.
Los mensajes comunes para la COP31 instan además a la plena capitalización del Fondo de Respuesta a las Pérdidas y los Daños, al acceso directo a sus recursos por parte de las instituciones nacionales y al apoyo tanto a las pérdidas económicas como a las no económicas.
La CAO también pide la financiación íntegra de la Red de Santiago, que proporciona asistencia técnica a los países vulnerables a las pérdidas y daños, así como una mayor cooperación en materia de reducción del riesgo de desastres y sistemas de alerta temprana.
La posición común insta a los países desarrollados a cumplir con sus obligaciones de financiación pública para el clima, triplicar la financiación para la adaptación para 2035, mejorar el acceso directo a la financiación climática y proporcionar un mayor apoyo a la adaptación y a las pérdidas y daños sin aumentar la carga de la deuda de los países vulnerables.
Sin embargo, en Dar es Salaam y otras ciudades en rápido crecimiento, el peligro no radica simplemente en la cantidad de lluvia que cae, sino en dónde cae y quién vive en su trayectoria.
En África oriental y meridional, la preocupación es la sequía, con sus repercusiones en la seguridad alimentaria, el riesgo de incendios forestales y la escasez de agua. Los países aprovecharán su participación en la COP31 para solicitar un aumento de la financiación para la adaptación.

Ciudades en riesgo
«Los principales impactos que debemos esperar de las inundaciones van desde la posible pérdida de vidas y el número de personas desplazadas, pasando por viviendas dañadas, enfermedades transmitidas por el agua, pérdida de empleo y la interrupción de los medios de subsistencia», explicó a IPS Romanus Opiyo, responsable de políticas y participación para la urbanización sostenible del Instituto del Medio Ambiente de Estocolmo.
En Dar es Salaam, los barrios se han expandido a lo largo de ríos, valles y terrenos bajos, donde la vivienda es relativamente asequible, pero el alcantarillado y otros servicios básicos suelen ir a la zaga del crecimiento demográfico.
Entre los lugares que Opiyo identifica como especialmente expuestos se encuentran Tandale, a lo largo del sistema fluvial del Sinza, y Jangwani, en el valle de Msimbazi.
«Los más vulnerables son los pobres urbanos, especialmente aquellos que viven cerca de zonas ribereñas, como los asentamientos situados en zonas bajas y próximos a las riberas», señaló.
Las inundaciones no afectan por igual a todos los residentes de la ciudad. Los hogares con bajos ingresos que viven de lo que ganan cada día suelen tener pocos ahorros, poco o ningún seguro y opciones limitadas para trasladarse a un lugar más seguro.
En los asentamientos superpoblados, los desagües obstruidos conviven con letrinas de los pozos, basura y alcantarillas a cielo abierto. Las aguas de las inundaciones pueden arrastrar todo ello por las casas y las calles.
El pronóstico regional de la OMM advierte de que las lluvias excesivas podrían aumentar las enfermedades transmitidas por el agua y por vectores, al tiempo que dañan las carreteras e interrumpen el acceso a los servicios sanitarios y nutricionales.
Algunas lecciones las dejo el fenómeno de El Niño de 1997, que trajo consigo lluvias torrenciales e inundaciones generalizadas en toda África Oriental.
En febrero de 1998, unos 10 millones de personas en toda la región necesitaban ayuda de emergencia, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Tanzania sufrió daños generalizados en carreteras y vías férreas. Las comunidades quedaron aisladas, se perdieron cosechas y reservas de alimentos, y las labores de socorro se vieron obstaculizadas por los daños en las infraestructuras.
Sin embargo, los efectos variaron de un lugar a otro. En algunas zonas, las lluvias repusieron las reservas de agua y mejoraron los pastos, y la producción nacional de alimentos se recuperó en 1998.
No obstante, cientos de aldeas quedaron aisladas y miles de personas se quedaron sin hogar. La FAO y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) estimaron que unos 300 000 tanzanos seguirían necesitando ayuda alimentaria específica.
Desde 1997, las ciudades de África Oriental se han expandido rápidamente hacia humedales, valles fluviales y otras tierras propensas a las inundaciones. Se han construido asentamientos en las riberas de los ríos y los terrenos abiertos han sido sustituidos por carreteras, edificios y hormigón.
Opiyo afirma que la débil regulación urbanística está agravando el riesgo.
«La principal carencia sigue siendo la asignación de recursos adecuados (financieros, humanos y de infraestructura) para hacer frente al problema», afirmó.
Tanzania se prepara
Tanzania ha iniciado los preparativos para las lluvias de octubre a diciembre, y los meteorólogos advierten de que un fenómeno de El Niño muy intenso podría traer lluvias más intensas a gran parte de la costa norte, las tierras altas del noreste, la cuenca del lago Victoria y el norte de Kigoma.
El gobierno ha activado un Plan Nacional de Emergencia y ha emitido 13 directivas, en las que ordena a las autoridades identificar las zonas de alto riesgo, designar refugios de emergencia, desatascar los desagües, preparar el equipo de rescate y reforzar las medidas contra las enfermedades y los daños a las infraestructuras.
La administración central estima que podrían ser necesarios 730 000 millones de chelines tanzanos para llevar a cabo las actividades antes, durante y después de una emergencia grave provocada por El Niño.
La cifra es una estimación de las necesidades potenciales, no de fondos ya reservados. El presupuesto para 2026/2027 destina 378 millones de dólares a las actividades previstas en el plan en todos los sectores.
La elaboración de mapas comunitarios de inundaciones, la identificación de los hogares que puedan necesitar ayuda para evacuar, la limpieza de desagües y el establecimiento de rutas seguras también pueden reducir los riesgos.
Más allá de El Niño
Las previsiones estacionales describen probabilidades, no tormentas concretas, y la OMM subraya que ni siquiera un fenómeno de El Niño muy intenso garantiza que se produzcan efectos catastróficos en todas partes.
Pero el problema perdurará más allá de El Niño: cada temporada de lluvias pone en peligro a muchos de los mismos barrios.
Los ríos se desbordan y los desagües se obstruyen. Los hogares suben sus pertenencias a las camas, elevan los muebles sobre ladrillos y esperan a que el agua retroceda.
Opiyo considera que las inundaciones recurrentes en los asentamientos informales son también un problema de planificación urbana.
«La vulnerabilidad de la comunidad urbana informal requiere un enfoque colaborativo en materia de datos, una metodología creativa e inclusiva y un diálogo sincero para abordar este problema recurrente», afirmó.
Las medidas basadas en la naturaleza incluyen la protección de los humedales y los corredores fluviales, la restauración de la vegetación y la conservación de zonas donde las aguas de las inundaciones puedan extenderse sin llegar a las viviendas.
Pero en ciudades donde los terrenos seguros son caros, decir a la gente que no viva junto a los ríos sirve de poco a las familias que no pueden permitirse vivir en ningún otro sitio.
Desatascar un desagüe puede reducir las inundaciones esta temporada; pero no resuelve la inseguridad de la vivienda, el deficiente saneamiento ni la falta de terrenos asequibles con servicios.
En 1997, el tanzano Gimbi vio cómo sus compañeros de clase desaparecían del colegio a medida que las lluvias continuaban y la comida escaseaba en casa. Halfan vio cómo prosperaba su cultivo de arroz antes de que los campos anegados empezaran a destruir otros cultivos.
Veintinueve años después, los gobiernos disponen de mejores previsiones, observaciones por satélite, mapas de inundaciones y sistemas de alerta temprana.
Pueden ver cómo se acerca la lluvia.
La cuestión es si las personas que viven más cerca del agua estarán más seguras cuando esta llegue.
T: MF / ED: EG
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