16 octubre 2026
Cómo aprende Nepal a afrontar el impacto psicológico de las desapariciones
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KATMANDÚ – Hace casi tres décadas, durante la etapa final de la guerra civil de Nepal, el doctor en medicina y filosofía Brandon Kohrt se sentaba con padres cuyos hijos habían sido reclutados como soldados cuando eran niños y nunca habían regresado.

Nadie podía decirles qué había sucedido, si sus hijos seguían vivos en algún lugar, si habían muerto o siquiera por dónde empezar a buscarlos. Según Kohrt, esa falta de respuestas nunca abandonó del todo a aquellas familias.

Es la misma incertidumbre que enfrentan ahora miles de hogares en todo Nepal, después de que inundaciones catastróficas arrasaran comunidades enteras.

El 26 de agosto, las inundaciones y los deslizamientos de tierra devastaron los valles de los ríos Bhotekoshi y Trishuli, en el distrito nepalí de Rasuwa. Murieron más de 1000 personas y miles más desaparecieron, en uno de los desastres naturales más mortíferos de la historia reciente del país.

Kohrt, de nacionalidad estadounidense, lleva casi 25 años trabajando en Nepal, tiempo suficiente para ver cómo el país vuelve a atravesar una y otra vez este mismo duelo sin resolver: primero durante aquella guerra, luego tras un devastador terremoto y ahora, una vez más, frente a un muro de fotografías de personas desaparecidas en el Hospital Universitario de Tribhuvan, en Katmandú, la capital nepalí.

Hasta el momento, solo se ha logrado identificar una pequeña proporción de los cadáveres recuperados.

Los hombres y las mujeres desaparecidos no son simples cifras: sus historias se suman a una larga trayectoria de desapariciones que se remonta a décadas atrás en Nepal, a aquel mismo conflicto y a los terremotos posteriores, cuando familias enteras esperaron durante años a personas que nunca regresaron.

Desde entonces, Kohrt se ha dedicado a rastrear estas desapariciones y a estudiar el impacto psicológico que dejan en las familias y en la sociedad nepalí en general.

Kohrt es profesor de Psiquiatría, Salud Global y Antropología en la estadounidense Universidad George Washington y, desde 2006, se desempeña como asesor técnico de la Organización Psicosocial Transcultural de Nepal.

Gran parte de su trabajo se centra en la pérdida ambigua, una forma particular de duelo suspendido que surge cuando alguien desaparece, pero no hay un cuerpo, una confirmación ni nada concreto que permita elaborar la pérdida.

El término fue acuñado en la década de los años 70 por Pauline Boss, una terapeuta familiar estadounidense que comenzó a estudiar este fenómeno a partir de las experiencias de las esposas de soldados estadounidenses desaparecidos en combate durante la guerra de Vietnam, mujeres que no podían saber con certeza si seguían casadas o habían enviudado.

Boss descubrió que esta situación no se limitaba a una cultura ni a un tipo de desastre. Desde entonces, los investigadores han estudiado la pérdida ambigua entre las familias de desaparecidos durante la dictadura militar argentina, las familias de migrantes que desaparecieron al cruzar fronteras en Europa y África, y las familias con las que Kohrt se sentaba décadas atrás.

Kohrt trabaja directamente con Boss desde hace más de 10 años y lleva años aplicando su marco teórico en Nepal, mucho antes de que ocurriera este desastre.

En las semanas transcurridas desde las inundaciones, la brecha entre los muertos y los desaparecidos se ha llenado de personas. Familias nepalíes buscan a sus seres queridos junto con familias de India, Estados Unidos, Ucrania y Malasia, a miles de kilómetros de distancia, todas a la espera de la misma noticia incierta.

IPS conversó con él sobre cómo se manifiesta el duelo en esta ocasión, qué ha cambiado en su propia experiencia después de tantos años de volver a enfrentarse a la misma herida y qué ha aprendido al observar cómo las personas encuentran maneras de seguir viviendo sin obtener respuestas.

El doctor Brandon Kohrt, profesor de Psiquiatría, Salud Global y Antropología en la Universidad George Washington y asesor técnico de la Organización Psicosocial Transcultural de Nepal. Imagen: Cortesía de Brandon Kohrt

Estos son algunos extractos de la entrevista.

IPS: Para quienes escuchan el término por primera vez, ¿qué es la pérdida ambigua?

Brandon Kohrt: Es un concepto psicológico importante y quiero aclarar desde el principio que no se trata de una enfermedad mental. Es algo que le puede pasar a cualquiera. Ocurre cuando uno sigue sintiendo psicológicamente la presencia de alguien en su vida, por lo general un ser querido, pero no hay pruebas físicas de que esa persona esté viva ni de que haya muerto. No hay una llamada telefónica, un video ni nada que demuestre que sigue con vida. Pero tampoco hay un cuerpo ni pruebas de su fallecimiento.

Casi todas las culturas tienen rituales relacionados con el cuerpo que nos ayudan a hacer el duelo y aceptar una pérdida. Cuando no hay un cuerpo, quedamos atrapados en un limbo emocional, entre la esperanza y la desesperación. Algunas personas aceptan de inmediato que su ser querido ya no está, incluso sin tener confirmación. Otras mantienen la esperanza más allá de lo que la realidad parece permitir.

Cada persona se encuentra en un punto distinto de ese espectro; es algo muy personal e individual. La pérdida ambigua también constituye un factor de riesgo real para lo que llamamos duelo complicado, una forma de duelo más prolongada y psicológicamente más difícil, que conlleva un mayor riesgo de depresión y ansiedad.

Con 6145 personas todavía desaparecidas en Nepal y solo una fracción de los restos recuperados identificados, esta incertidumbre sin resolver no es algo abstracto. Es la realidad que atraviesan hoy miles de familias. IPS le preguntó a Kohrt cómo ha afrontado Nepal esta misma experiencia en el pasado.

IPS: Ha trabajado en Nepal durante el conflicto maoísta, el terremoto de 2015 y ahora estas inundaciones. ¿Qué tienen en común estos acontecimientos?

BK: Llegué por primera vez a Nepal en 1996, justo al comienzo de la guerra civil. Hacia el final del conflicto, trabajé con una organización local, TPO Nepal, para atender las necesidades de salud mental de antiguos niños soldados. Algunos de esos padres nunca llegaron a saber qué les había ocurrido a sus hijos.

La pérdida ambigua ya formaba parte de la realidad psicosocial del país, décadas antes de estas inundaciones. Además, aquellas familias solían cargar con un peso adicional: las comunidades a veces las miraban con desconfianza o las culpaban por tener un familiar desaparecido vinculado al conflicto.

Las familias que buscan a sus seres queridos tras estas inundaciones no enfrentan esa misma situación, ya que el desastre afectó a tantas comunidades al mismo tiempo.

Después del terremoto de 2015, se recuperaron la mayoría de los cuerpos y las familias pudieron realizar los ritos funerarios. Sin embargo, todavía hay pueblos, no muy lejos de donde ocurrió este desastre, en los que los deslizamientos de tierra sepultaron a personas que nunca fueron encontradas. Para algunas de estas mismas comunidades, esta no es la primera vez que enfrentan una pérdida de este tipo sin resolver.

Una vivienda dañada por las inundaciones en Rasuwa. Imagen: Cortesía de Brandon Kohrt

IPS: En Nepal, ¿existen rituales que ayuden a las familias a sobrellevar la situación cuando no hay un cuerpo?

BK: Existe un ritual llamado Kush Kriya, que consiste en utilizar hierba para realizar una especie de funeral simbólico cuando no hay un cuerpo. Es muy útil, pero las personas tienen que estar preparadas para hacerlo. Algunas pueden sentir que todavía no han agotado todas las posibilidades de encontrar a su ser querido y se niegan a realizarlo.

También existe otro ritual, Bakal Garne, que se parece más a una promesa o un deseo, quizá dirigido a un templo o expresado al liberar peces en un río. En este caso, no es necesario aceptar la muerte. Se puede realizar un Bakal Garne con la esperanza de que el ser querido regrese sano y salvo o, simplemente, de encontrar su cuerpo para poder llevar a cabo la cremación que se necesita.

Incluso cuando no hay un ritual tradicional al que recurrir, señala Kohrt, las personas siguen necesitando algo que puedan hacer activamente.

IPS: Mencionó que actualmente hay personas en Nepal que están dando muestras de ADN, a veces más de una, y en distintos países. ¿Qué efecto tiene ese proceso en una familia desde el punto de vista psicológico?

BK: Dar una muestra de ADN tiene un significado simbólico que va más allá de su finalidad forense. Uno entrega una parte de sí mismo con la esperanza de encontrar a su ser querido. Aunque el resultado nunca permita confirmar nada, el acto en sí se convierte casi en otra forma de ritual. Las personas necesitan sentir que están haciendo algo y participando activamente, en lugar de permanecer pasivas e indefensas.

Kohrt ha observado ese impulso de actuar en lugar de esperar en todos los desastres que ha atravesado durante sus años de trabajo en Nepal.

IPS: ¿Llegar al lugar de un desastre le genera hoy sensaciones distintas de las que experimentaba hace 25 años, o cada vez se prepara emocionalmente de la misma manera?

BK: Durante el terremoto, uno podía recorrer los barrios y ver y tocar la destrucción que tenía delante. En cambio, cuando llegué a Nuwakot después de las inundaciones, vi algunos edificios destruidos y otros sumergidos en el barro. Lo que no se puede ver son todos los edificios, puentes, vehículos y personas que la corriente arrastró y se llevó. Este es un desastre marcado mucho más por la ausencia que por las ruinas, como ocurre en los desastres habituales. Este tipo de catástrofes será mucho más frecuente a medida que avance el cambio climático: lugares que desaparecen de manera gradual o repentina.

Desde el punto de vista profesional, la mayor diferencia es que pasé de participar directamente en la respuesta a desempeñar un papel más cercano al de un observador que brinda apoyo. Ya no se necesita realmente tanta experiencia extranjera: ahora existe en Nepal una comunidad local muy sólida dedicada a responder a las emergencias de salud mental, desde psiquiatras hasta trabajadores comunitarios de apoyo psicosocial.

Un colega al que contraté por primera vez en TPO Nepal hace veinte años ahora dirige la coordinación con los donantes y establece una visión de las necesidades para los próximos tres años. Si la ayuda y la cooperación internacional para el desarrollo son eficaces, debería llegar un momento en que la respuesta ante los desastres esté dirigida por actores locales, como vemos que ocurre ahora en Nepal.

IPS: Describió el muro de fotografías del Hospital Universitario de Tribhuvan. ¿Qué siente personalmente cuando vuelve a situarse frente a él?

BK: Fue realmente difícil estar frente a ese muro de fotografías. Lo más doloroso es pensar que detrás de cada foto hay tantos familiares y amigos que se preguntan qué le pasó a esa persona. Algunos siguen aferrados a la esperanza; otros intentan aceptar la pérdida y empezar a transitar el duelo. Cada rostro representa a alguien que era hermana, madre, hija, amiga, vecina o compañera de trabajo de muchas otras personas. Por cada rostro que vemos, hay decenas de personas que están sufriendo.

IPS: ¿Siente que con los años ha aprendido a sobrellevar mejor este tipo de duelo o sigue siendo igual de difícil cada vez?

BK: Diría que ahora me resulta más fácil conectar con el dolor, reconocer el duelo de los demás y compartirlo. Un año después de los terremotos, estaba en Nepal cuando murió uno de mis hermanos en Estados Unidos. No llegué a tiempo para ver su cuerpo antes de que lo trasladaran a la morgue del hospital y lo incineraran.

Recuerdo lo difícil que fue atravesar el duelo sin haber visto su cuerpo. Eso no se compara con la pérdida ambigua que están experimentando miles de familias en Nepal mientras continúa la búsqueda de cuerpos. Sin embargo, es algo que me viene a la mente cuando hablo con familias en duelo y escucho sus historias. Me abre una ventana por la que puede fluir la empatía.

IPS: Después de tantos años, ¿qué ha aprendido sobre cómo las personas logran seguir viviendo cuando no llegan las respuestas?

BK: Se trata de cómo las personas siguen adelante. Tienen una capacidad extraordinaria para llevar dentro de sí tantas cosas, dolor, pérdida, esperanzas incumplidas y duelo, y aun así continuar con sus vidas.

Muchas de las experiencias que las personas vivieron durante las inundaciones las acompañarán psicológicamente durante mucho tiempo, pero las necesidades cotidianas de supervivencia exigen concentrarse en cuidar a los hijos, atender a los familiares mayores y encontrar un nuevo lugar donde vivir.

Esto no debe confundirse con la recuperación ni con la resiliencia. Se trata simplemente de salir adelante, algo que hacen muchas personas después de un desastre. El apoyo psicosocial y de salud mental adecuado consiste en estar disponible cuando parte de ese dolor y ese duelo aflora, para que, cuando las personas estén preparadas, tengan ese apoyo a su disposición.

T: GM / ED: EG

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