9 octubre 2026
Mujeres “reverdecen” el desierto al convertir basurales y arenales en huertos comunitarios
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Los huertos son una forma de contribuir a la transición energética justa en las ciudades porque no usan pesticidas derivados de hidrocarburos como la úrea.

Paul Maquet, especialista en transición energética de CooperAcción, explica que uno de los grandes problemas alimentarios en muchos países como Perú es, justamente, la dependencia del uso de fertilizantes artificiales. La urea, por ejemplo, se elabora a partir de derivados del gas natural- un combustible fósil- y por eso cuando ocurren alzas de hidrocarburos, eso impacta directamente en la agricultura peruana.

«El incremento de los precios del petróleo y de sus derivados, tienen directa relación con el aumento de los pesticidas y de la úrea, que se hacen en base a los hidrocarburos, suben de precio y el transporte de los productos sube de precio, así se genera una cadena de costos que afectan a las familias y al consumidor”, comenta Paul.

La dependencia de la agricultura peruana respecto a los hidrocarburos se hizo visible durante la crisis internacional provocada por la guerra entre Rusia y Ucrania y el incremento del precio de los combustibles entre el 2021 y 2022.

En Perú, el aumento del costo de los fertilizantes golpeó especialmente a los pequeños productores. El Banco Central de Reserva registra, por ejemplo, un fuerte incremento de los precios de importación de la urea durante esos dos años.

En 2026,  Mincetur  emitió un informe que señala que entre enero y abril se importaron 205 millones de dólares en fertilizantes, el principal fue la urea con 44 millones de dólares y presentó un crecimiento de 16,9 % de su valor respecto al semestre anterior. Todo cultivo extensivo y gran parte de los alimentos que llegan a las ciudades peruanas hacen uso de estos fertilizantes.

Sin combustibles fósiles no hay fertilizantes como la urea, cuya producción depende actualmente del gas natural y requiere un alto consumo de energía. Esta dependencia también tiene un impacto en el cambio climático: el IPCC señala que el uso de fertilizantes nitrogenados es una de las principales fuentes de emisiones de óxido nitroso (N₂O), un potente gas de efecto invernadero.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), por su parte, advierte que la producción de fertilizantes nitrogenados depende de los combustibles fósiles y es intensiva en emisiones de carbono.

Por eso, la reducción de la dependencia de los combustibles fósiles se ha convertido en parte de los compromisos internacionales frente al cambio climático. En la 28 Conferencia de las Partes (COP28) sobre cambio climático, celebrada en Dubái en 2023, los países acordaron avanzar hacia una transición que reduzca la dependencia de los combustibles fósiles de manera justa, ordenada y equitativa.

En ese contexto, se requieren alternativas más sostenibles para la agricultura, como la agroecología.

Como explica Freire Pedraza, ingeniero ambiental de la organización Cenca y asesor de Agricultura en Lima: “La agroecología se concibe como un sistema justo de producción, local y sostenible, donde no se usan insumos derivados de hidrocarburos ni pesticidas que puedan dañar el suelo. En cambio, se producen abonos naturales como excretas de animales domésticos y compost producido con residuos orgánicos”.

En Ayllu 21, Inés Quispe se acerca a una caja de madera de un metro y medio y las revisa, toma un trinche y remueve con laboriosidad. Cuando la abre, se ven ramas secas, desechos de naranja y cáscaras de huevo. Esa caja contiene uno de los secretos mejor guardados de la agroecología: el compost y las lombrices de tierra que transforman los desechos en abono natural.

Inés cierra con una tapa y añade verduras y hojas. Nada se desperdicia, todo sigue un ciclo de transformación en el huerto. “Ni huele siquiera, seguimos echando más hojas, removiendo, esperando que con el tiempo la tierra lo transforme, con ese abono, luego nuestras plantas se ponen bonitas”, cuenta animada.

La lógica es sencilla: los residuos de la ciudad pueden convertirse en nutrientes para producir alimentos y, al mismo tiempo, reducir la cantidad de desechos que terminan en los rellenos sanitarios. En el caso de Ayllu 21, incluso han logrado alianzas con otras organizaciones productoras de compost como La lombriz Feliz que donan compost producido a partir de residuos orgánicos.

También se promueve el consumo local para evitar, en la medida de lo posible, el traslado de alimentos a grandes distancias mediante transportes de carga que utilizan combustibles.

La producción local no reemplaza la compleja cadena de abastecimiento de una ciudad como Lima, pero reduce la distancia entre el lugar donde se produce y el lugar donde se consume. Inés y Paula llevan sus acelgas, berengenas, pitahayas, albahacas y espinacas a sus casas, que quedan a unas cuadras, lo que sobra lo intercambian o comparten con otras vecinas.

Para las impulsoras de Ayllu 21, el huerto es además un aporte a su economía y una forma de empoderar a mujeres mayores. El espacio no solo produce verduras: produce organización, conocimientos y una forma de recuperar saberes que muchas de ellas trajeron del campo, explica Mari Carmen Ferrer, ingeniera que acompaña el proyecto.

CL14