La sequía en Afganistán se agrava y las mujeres son las que más sufren
KABUL – La sequía ha agotado los pozos, ha marchitado los árboles frutales y ha reducido el rendimiento de los cultivos en todo Afganistán. La mayor carga de la escasez de agua recae sobre las mujeres en su vida cotidiana, ya que deben ir a buscar agua a fuentes cada vez más lejanas y utilizar cada gota con extremo cuidado.
Más de la mitad de Afganistán sufre una sequía prolongada y escasez de agua. La situación es crítica en 19 de las 34 provincias afganas y las autoridades prevén que la crisis se agrave.
Por ejemplo, se prevé que la capital, Kabul, pierda la mayor parte de sus aguas subterráneas para 2030. En la provincia septentrional de Faryab, 90 % de la superficie ya se ve afectada por la sequía.
La sequía afecta a todos los aspectos de su vida. Lucha a diario por conseguir agua suficiente para las necesidades de su familia. Como fruticultora, observa impotente cómo los árboles que ha cuidado durante años se marchitan y mueren lentamente sin llegar a caer
La escasez de agua y las malas cosechas están agravando aún más la crisis alimentaria de Afganistán. Según el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, hasta 17,4 millones de personas necesitan ayuda alimentaria urgente, en un país con una población de 45 millones de habitantes.
Los pozos, los manantiales y las fuentes de agua subterráneas se están secando. En algunos hogares, el nivel del agua en los pozos ha descendido de 20 a 40 metros. En las tierras de cultivo, ahora hay que extraer el agua de profundidades de hasta 120 metros, mientras que antes se podía acceder a ella a 20 metros.
Se está racionando el agua y, en algunas zonas, los agricultores solo reciben agua durante 20 minutos al día.
Cuando los pozos de Afganistán se secan, la carga de trabajo de las mujeres aumenta
En la provincia de Logar, cerca de Kabul, la sequía y la escasez de agua han dañado los cultivos y han provocado que los árboles frutales se marchiten. Las mujeres deben recorrer distancias cada vez más largas para ir a buscar agua para sus familias.
«Cuando nuestro pozo se secó, mi preocupación inmediata fue si habría suficiente agua potable para nuestros hijos. Solo lavo la ropa si sobra agua potable. A veces paso varios días sin hacer la colada. También recojo los platos de las tres comidas y los lavo todos a la vez para ahorrar agua», explica Simin Gul (nombre ficticio), de 35 años.
El pozo de su familia, compuesta por nueve miembros, se secó hace cuatro años. La fuente de agua más cercana se encuentra a menos de media hora a pie.
En ocasiones, Simin Gul y sus vecinos se ven obligados a comprar agua. La red local de agua corriente solo suministra agua dos días a la semana y, aun así, solo durante unas pocas horas cada vez.
Las familias se ayudan entre sí y se turnan para recoger agua en grandes recipientes, pero ni siquiera eso es suficiente para las familias numerosas.
Los pozos que rodean la casa de Simin Gul se han secado uno tras otro. Las mujeres sufren dolores de espalda y otras dolencias por tener que acarrear pesados recipientes de agua desde fuentes lejanas.
Ir a buscar agua resulta especialmente difícil durante la menstruación. Las mujeres deben ir a buscar agua incluso cuando necesitan descansar. A veces, los niños tienen que faltar al colegio para ayudar a sus madres a acarrear agua.
La escasez de agua y su mala calidad también provocan problemas de higiene y salud a las familias.
«Los camiones cisterna tienen depósitos de plástico y circulan de calle en calle bajo un sol abrasador. Nuestros hijos se han puesto enfermos varias veces por culpa de esta agua», afirma Simin Gul.

La sequía agrava la desigualdad en el acceso al agua: «Los ricos pueden excavar pozos más profundos»
La escasez de agua también ha cambiado la vida cotidiana de Zarmina (otro nombre ficticio), de 50 años. Lleva unos 20 años viviendo y trabajando en su huerto. Su marido también es agricultor.
«Este año, unos 50 de mis manzanos y albaricoqueros se han secado. He conseguido mantener con vida a duras penas los cien árboles restantes gracias a un manantial. Pero tanto los rendimientos como los frutos son más pequeños y de peor calidad», se lamenta.
«Algunos agricultores pagan por el riego, pero nosotros no nos lo podemos permitir. Mi marido ha perdido este año su cosecha de tomates porque los tomates necesitan mucha agua», agrega Zarmina.
El marido de Zarmina cultiva una superficie de unas 25 hectáreas. Este año, solo ha sembrado la mitad debido a la escasez de agua.
«Los ricos pueden hacer excavar pozos profundos. Los campos de los pobres permanecen secos», señala Zarmina.
Sin embargo, según ella, el problema no es solo la falta de agua, sino también una infraestructura inadecuada.
«Algunas zonas cuentan con un sistema de agua corriente. Nosotros también deberíamos tener uno, y el gobierno debería reparar además los canales de riego. El problema es que Afganistán tiene agua, pero no se distribuye de forma eficiente», prosigue.
Zarmina se ve a veces obligada a comprar agua potable, ya que su propio pozo tiene muy poca agua y la que queda es salada. A menos que las autoridades hagan algo para solucionar la escasez de agua, el resultado será un desastre, anticipa.
La sequía afecta a todos los aspectos de su vida. Lucha a diario para conseguir agua suficiente para las necesidades de su familia.
Como fruticultora, Zarmina observa impotente cómo los árboles que ha cuidado durante años se marchitan lentamente y mueren sin llegar a caer. Junto con su marido, lamenta la pérdida de productividad en sus campos, donde el rendimiento de las cosechas se ha reducido a causa de la sequía.
Para ella, la escasez de agua significa algo más que el agotamiento de los manantiales; supone poner en peligro todo su sustento y su modo de vida, así como una preocupación constante por el acceso de sus hijos al agua.
A medida que la sequía se agrava, la vida en Kabul gira en torno al agua
La escasez de agua afecta también a la capital, Kabul, incluso muy cerca del antiguo palacio presidencial.
Shazia (también nombre ficticio), de 60 años, vive en el oeste de Kabul. Dedica gran parte de su semana a conseguir agua para su familia de cinco miembros.
Para cubrir sus necesidades diarias, las familias compran agua o esperan a que empiece a salir agua del grifo comunitario local. Antes salía agua cada pocos días, pero ahora la espera puede ser mucho más larga.
Cuando por fin llega el agua, se llenan grandes recipientes y cubos, y se almacena todo lo que se puede.
«Nuestras vidas giran en torno al agua. Compramos diferentes tipos de agua para distintas necesidades: agua embotellada para el té, agua filtrada para cocinar y agua del grifo para lavarnos y para el aseo», explica Shazia.
Sheila vive en una de las colinas del oeste de Kabul. Junto con su hija pequeña, intenta conseguir agua potable suficiente para sus seis hijos.
En el barrio de Sheila, algunas viviendas están conectadas a un sistema privado de suministro de agua que distribuye agua cada dos días. Quienes no pueden permitírselo compran el agua. Otra opción es subir el agua cuesta arriba hasta sus casas en pesados recipientes.
Antes de que el agua salga correctamente de los grifos de los hogares conectados al sistema privado, hay que dejar que corra desde la tubería principal de la calle durante unos minutos. Cuando los vecinos ven que sale agua, acuden rápidamente al lugar con sus bidones.
«Si tenemos suerte, conseguimos llenar unos cuantos recipientes. Aquí, junto al palacio presidencial, ya no buscamos una fuente de agua que brote a borbotones. Unas pocas gotas para nuestros hijos nos bastan», dice Sheila.
Y se lamenta: «Las organizaciones humanitarias solían instalar tuberías de agua, pero ya nadie viene a ayudarnos. Nos han dejado aquí con bidones vacíos y niños sedientos».
T: MF / ED: EG
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