14 septiembre 2026

El lado más desenfadado de las sesiones de alto nivel de la Asamblea de la ONU

El lado más desenfadado de las sesiones de alto nivel de la Asamblea de la ONU
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NACIONES UNIDAS – Cuando más de 130 líderes mundiales lleguen a Nueva York para las sesiones de alto nivel de la 81 Asamblea General las Naciones Unidas, a partir del viernes 18 de septiembre, será poco habitual escuchar desde la tribuna declaraciones políticas contundentes y llamativas que acaparen los titulares.

Los discursos de los gobernates ante la Asamblea General, compuesta por 193 Estados miembros, y las ruedas de prensa de la ONU que en ocasiones les siguen, suelen ser prolijos y monótonamente aburridos.

Las excepciones, sin embargo, son escasas y así se prevé que suceda en las sesiones de alto nivel de la 81 Asamblea General, que estarán precedidas el viernes 18 por el Momento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) una cumbre para analizar el avance, poco, de la Agenda 2030, que en 2025 estableció 169 metas a alcanzar en ese año para alcanzar un desarrollo sostenible, equitativo e inclusivo.

Seguirán desde el lunes 22 y hasta el viernes 26 los debates generales de alto nivel, que se han convertido en una retahila de discursos ante el podio del Salón de la Asamblea General, donde cada gobernante o su enviados destacan sus puntos de vista sobre la situación mundial y nacional.

Esas sesiones están acompañadas de reuniones cimeras sobre el clima, el martes 23, o las amenazas existenciales ante el aumento del nivel del mar, el día después, seguido por otros temas de interés mundial, que culminarán el martes 29 de septiembre.

Entre las excepciones a lo previsto y previsible en las Asambleas Generales se recuerda al líder Muamar Gadafi, quien gobernó Libia desde 1977 hasta su asesinato en 2011. Cuando visiltó la ONU en septiembre de 2009, un reportaje del diario londinense The Guardian señaló que «aprovechó al máximo sus 15 minutos de fama en el edificio de la ONU en Nueva York y les sacó todo el partido posible».

«Los aprovechó tan a fondo que los alargó hasta una hora y 40 minutos, seis veces más que el tiempo que se le había asignado, para consternación de los organizadores de la ONU», consideró The Guardian.

Gadafi hizo pleno honor a su reputación de excentricidad, obstinación y verborrea extrema, al romper una copia de la Carta de las Naciones Unidas ante los atónitos delegados, acusar al Consejo de Seguridad de ser un organismo terrorista similar a Al Qaeda, o pedir que se juzgara al presidente estadounidense George Bush y el primer ministro británico Tony Blair por la guerra de Iraq.

También por exigir 7,7 billones de dólares en concepto de indemnización por los estragos del colonialismo en África y preguntarse si la gripe porcina era un arma biológica creada en un laboratorio militar.

Por cierto, según una información de entonces, existían 112 formas diferentes de escribir el nombre del líder libio, tanto en inglés como en árabe o en español, entre ellas Muammar el-Qaddafi, Muammar Gaddafi, Muammar al-Gathafi, Muammar El Kadhafi, Moammar el Kazzafi, Moamer, El Qathafi, Mu’Ammar, Muamar Gadafi y Moamar Gaddafi, entre otras.

The Wall Street Journal publicó una viñeta en la que se burlaba de las múltiples grafías, en la que un periodista, durante una entrevista en solitario en Trípoli, le decía al líder libio: «Mi editor me ha enviado para averiguar si usted es Qaddafi, Khaddafi, Gadafi, Qathafi o Kadhafi».

Antes de aquel discurso der Gdafi, en octubre de 1960, en pleno apogeo de la Guerra Fría, tuvo lugar un memorable enfrentamiento entre la Unión Soviética y Estados Unidos en la sala de la Asamblea General, aunque en esta ocasión fue entre la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Filipinas, considerado en aquel momento un aliado cercano de Estados Unidos.

El delegado filipino Lorenzo Sumulong arremetió contra la URSS, señalando que «los pueblos de Europa del Este y de otros lugares (bajo dominación soviética) se han visto privados del libre ejercicio de sus derechos civiles y políticos y han sido, por así decirlo, engullidos por la Unión Soviética».

Indignado por el comentario, el líder soviético Nikita Kruschev, que gobernó la URSS entre 1953 y 1964 y que encabezaba la delegación soviética, respondió con saña, calificando al filipino de «imbécil, títere y lacayo», y de «adulador del imperialismo estadounidense»

Eran palabras que rara vez se oyen hoy en día en la Asamblea General o en el Consejo de Seguridad, olvidando el estribillo norcoreano a los países occidentales: «perros falderos del imperialismo».

Pero una historia igualmente legendaria fue el rumor que se mantuvo durante mucho tiempo de que Kruschev se quitó el zapato y no dejó de golpear con él sobre la mesa para que se le diera la palabra en una moción de orden.

La única prueba era unas sola foto que circulaba, que algunos descartaron como un montaje de los servicios de inteligencia estadounidenses, y que sucedió mucho antes de la era de la tecnología digital y los retoques fotográficos.

El primer ministro británico, Harold Macmillan (1957 a 1963), que se encontraba en la tribuna, respondió en tono jocoso a los airados arrebatos del líder soviético con el famoso planteamiento al presidente de la sesión: «Me gustaría que eso se tradujera, si me lo permiten», en medio de una estruendosa carcajada.

Los discursos de la ONU se traducen simultáneamente a seis de los idiomas oficiales de la organización —árabe, chino, español, francés, inglés y ruso—, pero nunca el golpeteo de los zapatos.

En otra época más cercana, el presidente de Uganda, Idi Amin (1971-1979) causó revuelo cuando intentó elogiar al primer ministro británico Edward Heath (1970-1974). Le dijo a la asamblea que Heath era igual que Adolf Hitler, antes de insistir rápidamente en que se refería a Winston Churchill.

Y allá por octubre de 2006, el gobierno civil de Tailandia fue derrocado cuando el primer ministro Thaksin Shinawatra se encontraba en Nueva York para intervenir ante la Asamblea General. En lugar de regresar a su país, donde probablemente se enfrentaría a acusaciones de corrupción, Thaksin optó por volar a Londres, donde inició su exilio.

El golpe militar incruento contra un gobierno elegido democráticamente en Tailandia obligó a Estados Unidos a revisar sus relaciones militares y a suspender la ayuda a uno de los aliados políticos de larga data de Washington en el sudeste asiático.

La administración del presidente estadounidense George W. Bush, que buscaba sanciones de la ONU contra el gobierno militar de Myanmar, vecino de Tailandia, afirmó que el golpe militar tailandés suponía un «giro de 180 grados» para la democracia en esa región políticamente estable.

Aun así, la mejor garantía de supervivencia —para los líderes mundiales de visita durante los períodos de sesiones de la Asamblea General— era sumar a todos sus líderes militares, incluidos los jefes de las Fuerzas Armadas, la Armada y la Fuerza Aérea, en la delegación del país ante la ONU, de modo que estuvieran a la vista en el Salón de la Asamblea General y no en su país, con la posibilidad de liderar un golpe de Estado.

Durante los períodos de sesiones de alto nivel de la Asamblea General, la oficina del IPS en la cuarta planta de la ONU era un lugar de encuentro ocasional para los representantes de los movimientos de liberación acreditados ante la ONU, entre ellos la Organización de Liberación de Palestina (OLP) o Frente Revolucionario para un Timor Oriental Independiente (Freetlin).

Uno de los visitantes habituales era José Ramos-Horta, nombrado ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno en el exilio establecido por el Freetlin. Fue ganador del Premio Nobel de la Paz de 1996 y posteriormente presidente de Timor Oriental, primero entre  2007 y 2012 y luego desde 2022 hasta la actualidad.

Según una anécdota muy difundida, Ramos-Horta se encontraba cenando en un restaurante frecuentado por delegados, en el barrio de la ONU, donde los camareros preguntaban educadamente a los comensales de qué país procedían.

Cuando le preguntaron, afirmó con orgullo que era de Timor Oriental (una antigua posesión portuguesa que estuvo bajo control indonesio de 1975 a 1999). «¿Entonces es usted esquimal?», dijo el camarero, dejando al descubierto su ignorancia geográfica. «No, no, no», respondió Ramos-Horta: «No soy esquimal, soy de un país llamado Timor Oriental».

Tras concluir su primer mandato presidencial en 2012, el líder timorense fue nombrado Representante Especial de las Naciones Unidas y jefe de la Oficina Integrada de las Naciones Unidas para la Consolidación de la Paz en Guinea-Bissau, en enero de 2013.

Cuando este corresponsal de IPS lo encontró alas puertas de la ONU, en la Primera Avenida de Nueva York, le pregunté de nuevo por la anécdota, y él confirmó que realmente había sucedido. Y nos reímos.

Por otra parte, un agente de seguridad recordó en una ocasión un incidente en el que el primer ministro de un país africano, mientras se dirigía al Salón de la Asamblea General, fue interrumpido por un grupo de estudiantes africanos.

Como suele ocurrir con quienes interrumpen, al bullicioso grupo se le sacó de la tribuna de visitantes, se le interrogó a fondo, se le fotografió y se le prohibió la entrada a las instalaciones de la ONU.

Pero unos cinco años más tarde, uno de los que habían interrumpido al gobernante regresó a la ONU, esta vez, como ministro de Asuntos Exteriores de su país, y se dirigió al organismo mundial desde el podio de la Asamblea General.

Además de Gadafi, entre los líderes militares que se dirigieron a la ONU se encontraban Fidel Castro, de Cuba, o Amadou Touré, de Malí, quien asumió el poder tras un golpe de Estado en 1991, pero que más tarde ocupó el cargo de presidente elegido democráticamente.

También Jerry Rawlings, de Ghana, quien tomó el poder en 1979 y ejecutó a antiguos jefes de Estado, pero más tarde ocupó el cargo de presidente civil elegido en unas elecciones democráticas.

Aunque el líder de la OLP, Yasser Arafat, llegó a la ONU, algunos de los líderes más polémicos del mundo, entre ellos el iraquí Sadam Husein, el sirio Hafez al Assad y su hijo Bashar al Assad, y el norcoreano Kim Il-sung y su nieto Kim Jong-un, nunca llegaron a la sede de la ONU en Nueva York o a otras sedes del organismo mundial.

Cuando el carismático Ernesto Che Guevara, que en su día fue el segundo al mando del líder cubano Fidel Castro, se encontraba en las Naciones Unidas para intervenir en las sesiones de la Asamblea General allá por 1964, la sede de la ONU sufrió un ataque, literalmente.

El discurso del revolucionario marxista de origen argentino quedó momentáneamente ahogado por el estruendo de una explosión.

Las fuerzas anticastristas de Estados Unidos, respaldadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), habían organizado una campaña insidiosa para impedir que el Che Guevara tomara la palabra.

Se disparó un bazuca de 3,5 pulgadas contra el acristalado edificio de la Secretaría General, de 39 plantas, situado junto al East River, mientras se desarrollaba una ruidosa manifestación anticastrista y anti el Che Guevara, inspirada por la CIA.

Los manifestantes se congregaban frente al edificio de la ONU, en la Primera Avenida y la calle 42 de Nueva York.

Pero el lanzacohetes —que, al parecer, no era tan sofisticado como los misiles lanzados desde el hombro y las granadas propulsadas por cohete actuales— falló su objetivo, hizo vibrar las ventanas y cayó al río a unas 200 yardas del edificio.

Un reportaje periodístico lo describió como «uno de los episodios más descabellados desde que las Naciones Unidas se trasladaron a su sede del East River en 1952».

Tal y como recordarían los veteranos empleados de la ONU, el fallido atentado con bomba de 1964 contra el edificio de la ONU tuvo lugar cuando el Che Guevara lanzó un ataque fulminante contra la política exterior estadounidense y denunció un pacto de desnuclearización propuesto para el hemisferio occidental.

Fue uno de los primeros atentados terroristas de motivación política conocidos contra las Naciones Unidas. Tras su discurso ante la Asamblea, se le preguntó al Che Guevara por el atentado dirigido contra él. «La explosión le ha dado más sabor a todo el asunto», bromeó, mientras daba una calada a su puro cubano.

Cuando un periodista le informó de que la policía de Nueva York había detenido a una mujer, descrita como una exiliada cubana anticastrista, que había sacado un cuchillo de caza y había saltado el muro de la ONU con la intención de matarlo, el Che Guevara dijo: «Es mejor que te mate una mujer con un cuchillo que un hombre con una pistola».

CL14