9 septiembre 2026
Estados Unidos y la dictadura: la «laguna de Gödel»
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ROMA – Al observar algunos de los cambios que se han producido durante el último año y medio en el gobierno de Estados Unidos, surge una pregunta: ¿se está convirtiendo la mayor democracia del mundo en una dictadura? Y, de ser así, ¿cómo es posible que esto ocurra en un país que cuenta con una de las constituciones más elocuentes y reflexivas jamás redactadas, una constitución que establece claramente los controles y contrapesos precisamente para evitar una concentración indebida de poder?

Entonces, ¿por qué la Constitución de Estados Unidos no está funcionando como debería, como baluarte contra la dictadura y el fascismo?

En primer lugar, una divertida anécdota del pasado sobre el tema de la Constitución de Estados Unidos.

El autor, Daud Khan

Kurt Friedrich Gödel —matemático, cosmólogo y filósofo nacido en 1906 y fallecido en 1978— fue una de las mentes más brillantes del siglo pasado.

Tras la ocupación de Austria por Adolf Hitler, Gödel, que era ciudadano austriaco, se convirtió en blanco de los nazis. En 1939 se trasladó a Estados Unidos y acabó en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton, donde trabajaba su buen amigo Albert Einstein.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en 1947, Gödel decidió solicitar la ciudadanía estadounidense. Esto implicaba, entre otras cosas, un examen sobre la Constitución de los Estados Unidos.

Como cabía esperar de alguien de su intelecto, Gödel no estudió el documento como lo harían otros, intentando memorizar los puntos principales y quizá leyendo algunos comentarios.

Realizó un análisis minucioso y exhaustivo y encontró lo que él denominó una «contradicción interna». Les habló a Einstein y a Oskar Morgenstern, otro amigo del Instituto, de este fallo. ¡Un fallo que permitiría a Estados Unidos convertirse legalmente en un Estado fascista!

En el examen de ciudadanía, presidido por un juez federal y con Morgenstern y Einstein como testigos, todo fue sobre ruedas hasta que el juez le preguntó a Gödel de dónde era. Gödel explicó que era de Austria, un país que había sido una república, pero que tenía una constitución que le permitía convertirse en una dictadura.

El juez comentó que, afortunadamente, eso no podía suceder en Estados Unidos debido a su constitución. La respuesta de Gödel fue, básicamente, que sí podía suceder y que él podía «demostrarlo».

Por suerte, el juez fue lo suficientemente perspicaz como para comprender lo que estaba pasando: que aquel hombre, claramente brillante, iba a llevarlo a un debate que resultaría complejo y complicado. No profundizó más en el tema de la Constitución, pasó a otras preguntas rutinarias y dio una respuesta positiva a la solicitud de ciudadanía.

Gödel nunca plasmó por escrito sus conclusiones sobre la «contradicción interna»; tampoco lo hicieron Morgenstern ni Einstein. Lo más probable es que la contradicción interna tuviera que ver con el artículo V de la Constitución, que establece los procedimientos para modificar la Constitución, pero sin fijar ningún límite sustantivo. Así pues, una modificación progresiva del artículo V podría alterar la Constitución para convertir a EE. UU. en una dictadura.

Pero volvamos al presente.

Acabo de terminar el libro «Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump (Cambio de régimen: Dentro de la presidencia imperial de Donald Trump)», de los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan.

Según los autores, el presidente Trump ha logrado doblegar a todo el gobierno de Estados Unidos y a sus instituciones para que cumplan sus deseos.

El Congreso y el Senado ya no actúan como un pilar independiente del gobierno, ejerciendo controles y contrapesos sobre el poder ejecutivo del presidente; del mismo modo, los tribunales, que se han ido llenando progresivamente de candidatos designados por Trump, pueden titubear, pero en gran medida no le han supuesto una barrera firme.

Las mejores universidades del mundo, como la de Columbia, han cedido a sus exigencias. Los bufetes de abogados han desembolsado millones para mantenerse a su favor y las empresas de comunicación han retirado de la parrilla los programas que criticaban o se burlaban del presidente Trump.

Incluso instituciones culturales emblemáticas como el Instituto Smithsonian y el Centro Kennedy han tenido que introducir cambios a instancias suyas.

Huelga decir que ha habido resistencia. El Tribunal Supremo ha anulado varias iniciativas, como las relativas a los aranceles. Sin embargo, la administración ha demostrado creatividad para sortearlas, recurriendo a leyes y normativas diseñadas para otras épocas y situaciones.

Otros también se han resistido. La Universidad de Harvard lideró una enérgica lucha contra el acoso de los secuaces del presidente; varios artistas famosos se negaron a actuar en el Centro Kennedy después de que este pasara a llamarse «Centro Trump y Kennedy»; y muchos periodistas, a pesar de los repetidos insultos y comentarios degradantes del presidente en las ruedas de prensa, siguen escribiendo artículos y columnas de opinión que critican las acciones y decisiones del presidente.

Pero, a pesar de la oposición, resulta difícil ignorar la facilidad con la que el autoritarismo ha echado raíces en una sociedad tan abierta y liberal como la de Estados Unidos.

Y esto se ha logrado no mediante cambios en la Constitución, ni derrocando instituciones, ni mediante un golpe de Estado. Más bien se ha conseguido intimidando, insultando y acosando a las personas que dirigen precisamente la institución que debería poner límites a la actuación presidencial.

Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo fue posible que personas que se encuentran entre las más ricas, las más poderosas, las mejor informadas y las más cualificadas no solo se dejaran someter a tal acoso, sino que, de hecho, llegaran a hacer lo que se les pedía? ¿Acaso era porque querían acumular más riqueza y poder? ¿O era el miedo a quedar excluidos de los «círculos de poder» lo que importaba?

Sea cual sea la razón, ¿no son conscientes de lo que están haciendo? ¿No comprenden que sus acciones están socavando la democracia, el liberalismo y el Estado de derecho, valores que sustentaban el orden nacional e internacional que condujo a un período sin precedentes de crecimiento y paz? ¿No saben que el silencio y no pronunciarse equivalen a complicidad?

Daud Khan es un antiguo funcionario de la ONU afincado en Roma. Es consultor y asesor para diversos gobiernos y organismos internacionales. Es licenciado en Economía por la LSE y por Oxford, donde fue becario Rhodes, y licenciado en Gestión Medioambiental por el Imperial College de Londres.

T: MF / ED: EG

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