La migración, un tema tóxico y divisivo en muchas partes de Occidente
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KATMANDÚ / NACIONES UNIDAS- La migración es algo extraño, difícil de definir. Se trata de un fenómeno complejo que transforma las comunidades al tiempo que moldea la identidad de las personas, y es tan polifacético que cada individuo lo percibe y lo vive de manera diferente.

Puede convertirse en un vehículo hacia la seguridad y la prosperidad para algunos, pero, por otro lado, también puede vivirse con angustia y miedo.

En resumen, la migración es algo personal que afecta íntimamente tanto a quienes se establecen en una nueva tierra como a las comunidades que se supone deben coexistir con ellos.

El estado alemán de Baden-Württemberg tendrá pronto a su primer ministro presidente de origen turco, Cem Özdemir, un veterano político verde. En el pasado, según informaciones del medio internacional alemán Deutsche Welle (DW),  Özdemir ha rechazado la idea de que se le considere un «modelo de integración exitoso» porque siempre se ha sentido como en casa.

La renuencia de Özdemir a que se le encasille en una categoría fija de migrante contrasta con aquellas narrativas que simplifican y menosprecian la migración.

Como se sabe, la migración ha sido un tema tóxico y divisivo en muchas partes de Occidente, un problema peligroso que debe detenerse a cualquier precio. Se está retratando, a través del prisma de la ilegalidad, como una puerta abierta que solo invita a infringir la ley, incluidas actividades delictivas peligrosas.

Si bien es innegable que pueden surgir preocupaciones de seguridad, especialmente cuando hay flujos masivos de extranjeros que entran sin papeles en un nuevo país, se habla mucho menos del impacto positivo de los migrantes en la economía local.

Pero el nivel de politización es tan alto que ha acabado definiendo todo el tema. La migración se ha convertido en algo que hay que arreglar y controlar en muchas partes del Norte global.

Este enfoque ignora el hecho de que la migración también se produce en grandes cantidades entre países en desarrollo y no se trata únicamente de hordas de personas del Sur global que se abren paso hacia el Norte más rico.

No es de extrañar que la misma lógica también pase por alto los múltiples y diversos «factores de empuje» que llevan a las personas a migrar.

La pobreza, la discriminación y el cambio climático están obligando a millones de personas a buscar mejores lugares donde vivir. Esta visión se ha vuelto tan omnipresente que ha deslegitimado un debate diferente, basado en la búsqueda de vías legales para la migración.

Es posible una forma diferente de hablar, debatir y regular la migración.

Las Naciones Unidas, a lo largo de las últimas décadas, han intentado ofrecer un espacio para promover un enfoque que conduzca a una migración segura basada en los derechos humanos, propicio, al menos sobre el papel, para una gobernanza de la migración centrada en el multilateralismo y el desarrollo tanto de los receptores como de los emisores.

Aunque distan mucho de ser perfectos, los mecanismos que lo sustentan abordan la migración de una manera que va más allá de la retórica ensordecedora que suele caracterizar el debate sobre la migración.

Porque, como sabemos, la migración, si se gestiona adecuadamente, teniendo en cuenta los derechos de los migrantes e involucrando a las comunidades locales de los países de destino con inversiones en integración social, ofrece en cambio un potente instrumento para luchar contra la pobreza, al tiempo que contribuye a las economías del Norte global.

El segundo Foro Internacional de Examen de la Migración (IMRF, en inglés) 2026 es una de estas herramientas a disposición de la ONU para replantear el debate sobre la migración, pero se realiza en un contexto especialmente hóstil para una mirada serena sobre el fenómeno de la migración por parte de Occidente, comenzando por Estados Unidos y siguiendo por la Unión Europea (UE).

Las Naciones Unidas en Nueva York acogen, desde el martes 5 y hasta el viernes 8 de mayo, un debate esencial destinado a revisar el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular (PMM), adoptado el 19 de diciembre de 2018.

En lugar de ser visto como una oportunidad para reiniciar el debate sobre la inmigración, este plan global no vinculante, destinado a ofrecer un enfoque de 360 grados para fomentar la cooperación internacional con el fin de gestionar la migración de manera eficaz e inclusiva, acabó siendo instrumentalizado por políticos astutos.

Desde entonces, lamentablemente, el GCM, la sigla en en inglés por el que también se conoce al Pacto,  se ha visto eclipsado por la implacable política de inmigración basada en la lógica del «control», que se ha ido generalizando cada vez más en la Unión Europea y en Estados Unidos.

Para complicar aún más las cosas, a los demagogos les conviene mezclar las cuestiones de los migrantes con las de los refugiados. Aunque estas dos categorías a menudo se solapan, desde el punto de vista jurídico siguen siendo conceptos diferentes, un hecho que los políticos ignoran convenientemente.

No siempre ha sido así.

La comunidad internacional, gracias también a una política más favorable en Estados Unidos que la del actual presidente Donald Trump,  logró el 19 de septiembre de 2016, durante la administración del demócrata Barak Obama, crear un marco normativo unificado que aglutinara tanto las políticas de migración como las relacionadas con los refugiados.

La Declaración de Nueva York sobre los Refugiados y los Migrantes sentó las bases no solo del Pacto Mundial para la Migración, sino también de otra herramienta, el Pacto Mundial sobre los Refugiados, aprobado apenas dos días antes del PMM.

Se trata de dos ejemplos de derecho indicativo diseñados para impulsar el apoyo y la cooperación internacionales, aunque fueron criticados como intentos del Norte global de diluir el marco internacional de derechos humanos.

Sin embargo, para que sigan siendo útiles sin diluir las obligaciones internacionales de las naciones, deben mantenerse lo más cerca posible en cuanto a su aplicación.

La cuestión central es si revitalizan y reequilibran el debate sobre la inmigración y la protección de los refugiados con cooperación práctica y sinergias entre las naciones.

Es dudable que que IMRF 2026 pueda hacer mucho para impulsar un nuevo debate sobre la migración y desafiar el statu quo. Al fin y al cabo, el PMM ha sido diseñado para ser estructuralmente débil en cuanto a su gobernanza.

Por ejemplo, no existe la obligación de presentar informes para sus signatarios.

Un aspecto positivo del marco del PMM es la existencia de la Red de las Naciones Unidas sobre Migración, que «coordina el apoyo oportuno y práctico a nivel de todo el sistema a los Estados miembros que aplican el PMM».

Sin embargo, este es el único mecanismo en el que la comunidad internacional puede debatir la inmigración de manera integral. Por muy maltrechas que estén las Naciones Unidas en medio de drásticos recortes de financiación y debates en curso sobre su reorganización y reestructuración, el multilateralismo es más necesario que nunca en los ámbitos de la migración y los refugiados.

Y para peor, parece que la ONU no está librando esta batalla a nivel político.

Al leer el Informe del secretario general sobre el Pacto Mundial para la Migración, no se encuentra una respuesta firme y enérgica contra las políticas que abordan la inmigración como un problema que hay que controlar.

Solo hay una pequeña sección dedicada a «Desmontar narrativas engañosas», y cabría esperar un estilo más contundente y más espacio para contrarrestar esta narrativa dominante sobre la migración basada en el miedo.

Quizás el enfoque de «la inmigración como un problema» ya se ha extendido y, inevitablemente, influye negativamente y limita a las Naciones Unidas. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM), guardiana del PMM, sigue siendo una institución marginal dentro del sistema de la ONU.

La Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados (Acnur) se enfrentó a recortes sustanciales de financiación y sufrió en 2025 una profunda reestructuración a pesar de su papel esencial en muchas situaciones humanitarias.

Al menos el anterior alto comisionado, Filippo Grandi, que dimitió a finales de 2025, no se anduvo con rodeos a la hora de criticar la forma en que muchos gobiernos occidentales han estado abordando la inmigración.

«Construir muros, devolver barcos, descargar a refugiados y migrantes en otros países… Los populistas aseguran a los votantes que controlarlo todo, desde las fronteras y las cifras de inmigración hasta los mercados laborales y la seguridad nacional, mejorará sus vidas», escribió para el diario británico The Guardian.

«Pocas tácticas políticas tienen tanto éxito como el miedo. Pero también puedo decirles que esas pretensiones de control son ilusorias», continuó.

Y no solo Estados Unidos ha adoptado esta táctica.

Organizaciones de la sociedad civil de toda Europa han criticado recientemente a la Unión Europea por la forma en que está redactando su Directiva de Retorno que, una vez aprobada, agilizaría el retorno de los ciudadanos de fuera de la UE que residen de forma irregular, incluidos aquellos cuyas solicitudes de asilo han sido denegadas.

Sin embargo, en medio de este panorama sombrío, están surgiendo algunas buenas prácticas.

Los gobiernos locales tienen un papel importante que desempeñar.

La Coalición Local para Migrantes y Refugiados está mostrando un modelo de interés para promover un enfoque de base en materia de migración. Además, algunos países están dando un paso al frente.

Por ejemplo, en 2025, Brasil aprobó un Plan Nacional sobre Refugiados, Migrantes y Apátridas, mientras que Kenia también introdujo una nueva política que tendría un impacto positivo en los más de 830 000 refugiados y solicitantes de asilo acogidos en el país.

Al mismo tiempo, Ecuador alcanzó un hito importante en 2025 con su Plan Nacional de Implementación  del Pacto Mundial para la Migración. Del mismo modo, Malaui ha finalizado su primer Plan Nacional de Implementación sobre Migración.

Es demasiado pronto para saber si estos planes se llevarán a cabo y mucho dependerá de la disponibilidad de financiación internacional. A pesar de las limitaciones, la OIM se mantiene firme en su misión de proteger los derechos de los migrantes.

En 2024 se presentó un nuevo Plan Estratégico cuyo objetivo es salvar vidas y proteger a las personas en movimiento, impulsar soluciones al desplazamiento y facilitar vías para la migración regular.

En un mundo en el que en 2025 se registraron oficialmente 8000 migrantes muertos o desaparecidos en todo el mundo —lo que eleva el total desde 2014 a más de 82 000— y con 117,3 millones de personas desplazadas por la fuerza en todo el mundo, la comunidad internacional no puede permanecer indiferente.

Vale recordar el verdadero poder del PMM.

Este Pacto Mundial no solo reconoce que la migración segura, ordenada y regular beneficia a todos cuando se lleva a cabo de manera bien informada, planificada y consensuada. También es una herramienta que destaca el papel de la comunidad internacional a la hora de ayudar a crear políticas propicias para que las personas puedan llevar una vida pacífica y productiva en sus países de origen.

En resumen, la migración nunca debería ser un acto de desesperación.

Si bien hay personas de origen migrante, como Cem Özdemir, que ofrecen un ejemplo evidente de logros exitosos que le permiten rechazar abiertamente una categorización estereotipada, existe un mar de vulnerabilidades y muertes que afectan a millones de personas que abandonaron sus hogares de forma voluntaria o forzosa.

Esta es la razón por la que herramientas jurídicas como la Convención Internacional sobre los Refugiados, que este año celebra su 75 aniversario, y mecanismos más limitados pero potencialmente útiles como el PMM y su examen en esta primera semana de mayo, así como y el próximo Foro Mundial sobre los Refugiados, en 2027, son importantes y todos deben prestarles atención.

T: MF / ED: EG

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