26 octubre 2026
Lula frena a la extrema derecha en América Latina
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RÍO DE JANEIRO – La ola derechista que avanzaba desde hace tres años por América Latina sufrió un frenazo con la victoria del presidente izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva frente a su contendor de extrema derecha, Flávio Bolsonaro, en la segunda vuelta de la elección presidencial en Brasil el domingo 25 de octubre.

“Quiero agradecer al pueblo brasileño esta generosidad que tiene conmigo hace tanto tiempo, agradecer a la juventud que salió a la calle a defender la democracia, a los mayores, que fueron a votar”, dijo en su discurso tras la victoria el veterano político y sindicalista, quien este martes cumple 81 años.

Lula, segundo en la primera vuelta de la elección el 4 de octubre, ganó con 64,2 millones de votos (51,79 %) frente a los 59,8 millones (48,21 %) de su rival, un senador de 45 años hijo del expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro (2019-2023), quien está en prisión domiciliaria por promover un golpe de Estado.

Su victoria como líder del izquierdista Partido de los Trabajadores detiene la ola de triunfos de la derecha y extrema derecha, que en los últimos tres años ganó el poder o lo retuvo en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay y Perú.

Con ello asesta un golpe a las políticas de hegemonía hemisférica del presidente estadounidense Donald Trump, claramente identificado con los Bolsonaro -y viceversa-, y sostiene la multipolaridad del grupo Brics, establecido inicialmente por Brasil, Ruisia, China, India y, luego, Sudáfrica.

Ahora Brasil y México, los países más poblados e influyentes, y con las economías más grandes de América Latina, permanecen dirigidos por gobernantes progresistas.

La economista chilena Marta Lagos, creadora de la encuesta Latinobarómetro, opinó que el triunfo de Lula “produce una verdadera avalancha de cambios en América Latina. El primero es el debilitamiento del Escudo de las Américas, que se queda con 12 países que juntos no alcanzan la mitad de la población de la región”.

El Escudo de las Américas es una iniciativa del gobierno de Trump para unir a los gobiernos y fuerzas armadas del hemisferio, bajo el liderazgo de Washington, en una política y acciones contra un listado de organizaciones señaladas como criminales, terroristas y narcotraficantes.

La victoria de Lula, expuso Lagos, también “demuestra que las elecciones con campañas físicas y no digitales, se ganan a pesar de las granjas de bots (aplicaciones de software parea mensajes repetitivos), a pesar del peso del dinero extranjero”.

Un “ejército de Lula” reunió a unos 10 millones de usuarios de WhatsApp para intercambiar mensajes y consignas en la recta final de la campaña, la movilización de sus seguidores, con concentraciones y marchas gigantescas fue clave en logro de revertir la tendencia a favor de Bolsonaro expresada en la primera vuelta.

Lula dijo que su triunfo “demuestra que no somos el patio trasero de nadie”, y destacó que “vencimos la intromisión de fuera, de las plataformas digitales”.

El vencedor se movió como una locomotora incansable a través de este país, con la mitad de la superficie y de la población de América del Sur, y consiguió el triunfo en grandes ciudades que el 4 de octubre favorecieron a Bolsonaro, quien en esa primera vuelta consiguió 47 % de votos frente a 45 % de Lula.

Los medios brasileños destacaron que, hasta ahora, nunca un candidato que llegase segundo en la primera vuelta había conseguido ganar en el balotaje.

La intensa campaña de Lula y su apuesta por la movilización, y por los jóvenes -más logros como conseguir que el Congreso redujese la semana laboral formal de seis a cinco días- consiguió captar buena parte de los votos que en la primera vuelta fueron a candidatos minoritarios, de tendencia derechista.

El derrotado senador Bolsonaro alegó vicios en la jornada electoral y se negó a reconocer los resultados. “Es imposible reconocerlos”, reconoció.

De ese modo se evidenció el mayor reto de Lula en el que será su cuarto mandato cuatrienal a iniciarse el próximo 1 de enero: dirigir un país prácticamente dividido práctica mente por mitad entre quienes le quieren y quienes le odian.

Su triunfo no solo produce una corriente de aire fresco para la izquierda política en América Latina y más allá, sino un suspiro de alivio para el movimiento ambientalista que teme lo peor para la Amazonia si un gobierno de derecha abandona el recetario conservacionista en favor de los agronegocios y la minería.

Otro tanto pueden hacer los defensores de los derechos de las minorías, como los pueblos indígenas y las comunidades LGBTI, habida cuenta del fundamentalismo de sectas evangélicas que respaldaron a Bolsonaro padre e hijo.

También significa colocar el peso de Brasil -8,5 millones de kilómetros cuadrados, 214 millones de habitantes- en favor del multilateralismo y del respaldo a los foros internacionales en los que se promueven la integración de los países en desarrollo y los límites al poderío de las viejas y nuevas corporaciones trasnacionales.

A-E/HM

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