Las lideresas del agua y sus quince años de lucha por el lago Titicaca

El lago que construyó a las mujeres de agua
Al amanecer, las olas del Titicaca juegan con la luz como en un eclipse. Su vaivén atrapa el brillo dorado del nuevo día, lo esconde un instante y vuelve a revelarlo. En la orilla, los pasos de las mujeres se mezclan con el sonido del oleaje y sus manos empiezan a recolectar el agua que utilizarán después para sus labores diarias: cocinar, lavar o bañarse.
Para los comunarios de los alrededores, el lago es un sujeto vivo y sagrado. En sus orillas no solo nacieron leyendas de dioses incas, sino que su cuenca fue el refugio de civilizaciones andinas.
Esos saberes se traducen en costumbres cotidianas: el lago dialoga con los pobladores a través del viento y el agua marcando el ciclo de la siembra, y se le honra con rituales de agradecimiento a la Mama Qota, la diosa del agua.
Mientras Jalja recuerda el acomodo de flores y frutas para la ceremonia, su mente cruza de inmediato hacia otra escena: pañales, pilas, botellas y bolsas flotando en la superficie. «Queremos agua limpia porque nosotros ahora estamos tomando agua del lago. Y esa agua está contaminada con pilas, con pañales. Entonces, no es dable», comenta.
A pesar de que los expertos mencionan que el riesgo de desaparición del río no es cercano a la realidad, su deterioro está acelerándose, siendo las zonas poco profundas las más afectadas (6 %).
En 2022, la Autoridad Binacional del Lago Titicaca (ALT) entregó un registro de 113 fuentes de contaminació.
De ellas, 32 se relacionan con aguas residuales y la carencia de plantas de tratamiento. En el lado boliviano, la planta de Puchukollo no logra abastecer a las 885 000 personas que tiene la ciudad ni tiene un tratamiento óptimo.
Otras 25 corresponden a actividad minera; seis a pasivos mineros que drenan hacia ríos tributarios; y 50 a residuos sólidos urbanos que golpean tanto la ribera peruana como la boliviana.
La escena de las múltiples variables de contaminación en el lago fue el impulso primario para que las mujeres empezaran a organizarse.
En 2011, Jalja, junto a otras compañeras, participó en el Encuentro de Lideresas Frente a la Crisis Climática impulsado por Agua Sustentable, un espacio que reunió a defensoras ambientales de todo el país.
Desde este espacio, las mujeres aymaras de las comunidades ribereñas de Copacabana, Quimsachata, Apuville, Chañi, Sicuani, Yampupata y Sampaya (Bolivia) empezaron a expresar su preocupación, principalmente ante los residuos plásticos.
Durante esos años, el futuro para su comunidad fue el faro que guió sus acciones y preocupaciones. Pensar en un mañana constituyó el eje de la defensa del lago. «Tengo mi hija, tengo mis nietos, no quiero que tomen agua sucia. También para la comunidad. Ahí está la cultura, ahí está la siembra, ahí está la música», me explica Jalja.
El Titicaca es el sustento directo de tres millones de personas dedicadas a la pesca, la agricultura, la artesanía y el turismo comunitario. Hoy, sus modos de vida y subsistencia peligran.
Según un informe de la ALT, la contaminación y la sobrepesca han acabado con cerca de 90 % de las especies nativas.
La crisis ecológica se agrava por la emergencia sanitaria a la que se ven expuestas las familias en las orillas, ya que las comunidades continúan consumiendo este recurso en el que se ha confirmado la presencia de concentraciones de nitratos, fosfatos, metales pesados y metaloides producto de la minería que llegan al lago a través de los ríos peruanos —Ramis, Coata, Ilave, Huancané y Suches—; y bolivianos —Suchez, Huaycho, Katari y Lacustre—, según el presidente ejecutivo de la ALT, Juan Ocola.
En 2015, las defensoras llevaron sus preocupaciones hasta Agua Sustentable y, con el apoyo de Diakonia y el proyecto Bridge de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), iniciaron un proceso de formación técnica y política que se extendió por más de una década.
Las defensoras adquirieron un carácter binacional en 2017.
«Nuestros proyectos surgen de preocupaciones reales de las mujeres frente a la contaminación del lago», recuerda Paula Pacheco, integrante de la asamblea de Agua Sustentable. El objetivo no solo era implementar acciones concretas para la limpieza del espejo de agua, sino capacitar técnicamente a las lideresas para que pudieran defenderlo en espacios políticos.
Las campañas de limpieza y recolección de basura se organizan todos los viernes por iniciativa de las mujeres.
En este trayecto de tiempo, las lideresas no solo lograron establecer alianzas con actores locales para el recojo de residuos, sino que impulsaron talleres de capacitación y promovieron la educación ambiental en las escuelas, e implementaron el uso de equipamiento tecnológico como drones para monitorear el agua del lago y las vertientes.
Hoy tienen un largo recorrido participando en diferentes espacios públicos y políticos. Sin embargo, a pesar de toda esa formación y confianza, han trabajado voluntariamente, lo que también ha significado sostener la defensa del lago en condiciones precarizadas. Más de una década después, ellas están decididas a dar un nuevo paso hacia su independencia y a luchar contra esa precarización a través de financiamiento.
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