La cueva de Chaves aporta evidencias sobre la adaptación de la caza a los ciclos de los animales y al paisaje
ZARAGOZA/HUESCA 19 Sep. Agencias –
Los grupos humanos que ocuparon la cueva de Chaves, en Bastarás (Huesca), hace unos 15.000 años, durante el Magdaleniense, conocían bien el territorio que les rodeaba y adaptaban sus actividades de caza al comportamiento de los animales y a los cambios estacionales, en un momento en el que las últimas sociedades cazadoras-recolectoras recorrían y explotaban los paisajes del Prepirineo aragonés.
Así lo muestra un nuevo estudio, elaborado por un equipo internacional integrado por investigadores de los Institutos Universitarios de Investigación en Ciencias Ambientales (IUCA) y en Patrimonio y Humanidades (IPH) de la Universidad de Zaragoza, así como de la Universidad de Pisa (Italia) y del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, y recientemente publicado en la revista científica International Journal of Osteoarchaeology,
La investigación se ha centrado en los restos de cabra montés (Capra pyrenaica) recuperados en uno de los niveles de ocupación de Chaves correspondientes al Magdaleniense, una de las últimas etapas del Paleolítico superior, que fueron excavados entre los años 80 y 90 por Pilar Utrilla.
«Casi veinte años después de la destrucción del yacimiento, la cueva de Chaves continúa suministrando información de primer nivel sobre sus ocupaciones prehistóricas. En este caso se trata del campamento magdaleniense: hace algo más de 15.000 años un grupo de cazadores se instaló recurrentemente en la cueva y desde allí abatió con intensidad cabras monteses, aprovechando su cercanía a las áreas rocosas de la Sierra de Guara», ha expuesto Rafael Domingo, investigador del IPH y coordinador de los trabajos en la cueva.
Los resultados muestran que la caza de estas cabras no respondía simplemente a encuentros fortuitos con los animales. La composición de los restos y la información conservada en sus dientes son compatibles con episodios recurrentes de caza asociados a determinados momentos del ciclo anual de los animales, lo que apunta a un aprovechamiento del territorio adaptado a su comportamiento y a los cambios estacionales. El estudio permite, así, acercarse a la vida de las comunidades cazadoras-recolectoras que habitaron el Prepirineo aragonés al final del Pleistoceno.
«El de Chaves es uno de los asentamientos magdalenienses más relevantes del neolítico peninsular, por la intensidad con que fue habitado y por el valor patrimonial e histórico de las colecciones que en él se han recuperado», ha recalcado el investigador.
Para conocer cómo y cuándo se desarrollaban estas actividades de caza, el equipo investigador ha combinado diferentes formas de estudiar los restos arqueológicos.
Por un lado, el análisis de los dientes permite aproximarse la edad que tenían las cabras en el momento en que fueron cazadas. Por otro, el estudio de los isótopos conservados en el esmalte dental proporciona información sobre los cambios estacionales que experimentaron los animales a lo largo de su vida.
Los dientes funcionan como una especie de archivo natural: durante su formación, van registrando información relacionada con el ambiente y la alimentación. «Al estudiar estas señales, podemos aproximarnos a aspectos que normalmente resultan invisibles en el registro arqueológico, como la estacionalidad, los patrones de reproducción o los posibles desplazamientos de las manadas a lo largo del territorio», apunta Alejandro Sierra, líder del estudio e investigador de la Universidad de Pisa (Italia).
En este sentido, los datos apuntan a una reproducción claramente estacional, con nacimientos concentrados en determinados momentos del año, lo que ayuda a reconstruir el ciclo vital de estas poblaciones de cabra montés en el Pleistoceno. Esta información, combinada con las señales de los dientes, permite también inferir movimientos regulares de los animales entre distintas zonas de la Sierra de Guara, probablemente en función de la disponibilidad de recursos a lo largo de las estaciones.
«Los resultados muestran que la composición de los restos y las señales conservadas en los dientes son compatibles con episodios recurrentes de caza relacionados con determinados momentos del ciclo anual de las cabras monteses», ha asegurado Alejandro Sierra, responsable de los trabajos relacionados con el estudio del esmalte dental.
El estudio también ha analizado el paisaje que rodea Chaves para comprender mejor la relación entre la cueva, las zonas rocosas de la Sierra de Guara y los posibles desplazamientos por el territorio.
Los resultados muestran que Chaves ocupa una posición especialmente favorable dentro del paisaje prepirenaico. Su localización facilitaba la conexión entre diferentes sectores de la sierra y situaba a sus ocupantes en un entorno muy adecuado para observar y aprovechar los movimientos de los animales.
La imagen que surge de la investigación es, por tanto, la de unas comunidades que poseían un conocimiento detallado de su entorno. La caza formaba parte de una estrategia flexible, adaptada tanto a las características de la montaña como a los ciclos naturales de las especies que la habitaban.
Lejos de ser un escenario estático, la Sierra de Guara era ya hace unos 15.000 años un territorio recorrido, conocido y aprovechado de forma recurrente por los grupos humanos del Paleolítico.
La aplicación de técnicas actuales permite volver sobre colecciones arqueológicas ya conocidas y plantear preguntas que hace algunos años eran difíciles de responder. De esta manera, restos de animales que vivieron hace alrededor de 15.000 años continúan proporcionando nueva información sobre la forma de vida de las comunidades humanas y sobre los paisajes y ecosistemas del Alto Aragón al final del Pleistoceno.
Esta investigación se ha realizado en el marco del proyecto MagdaBucar: Estrategias cinegéticas de los cazadores-recolectores magdalenienses de Prepirineo central, financiado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA), que ha contado también con el apoyo del Museo de Huesca, cuya colaboración contribuye a que los materiales arqueológicos conservados puedan seguir siendo objeto de nuevas investigaciones.
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