16 septiembre 2026
El 11 de Septiembre y el fin del sueño americano
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Introducción: El día que lo cambió todo

El 11 de septiembre de 2001 me encontraba en Nueva York, en una de mis frecuentes visitas a las Naciones Unidas, a las que estaba vinculado por un contrato de consultoría. Esa mañana me desperté tarde, alrededor de las 11:00, para recuperarme del desfase horario del vuelo desde Italia. Me alojaba en el Hyatt Park, hoy conocido como Millennium. Un hotel a pocos metros del Palacio de Cristal, construido para servir al mundo de las Naciones Unidas.

Al bajar al vestíbulo, me sorprendió el estado de agitación que reinaba entre el personal y los huéspedes. Intenté hablar con un botones que conocía, pero salió corriendo sin contestar. Así que fui a recepción, donde todos estaban al teléfono y nadie me prestó atención. Finalmente, una conocida me dijo: «¡Han atacado las Torres Gemelas!». Y acto seguido, ella también se marchó apresuradamente.

En ese momento, con la actitud profesional propia de un periodista, salí a la calle para tomar un taxi y llegar al lugar de los hechos. Pero la calle estaba desierta. No se veía ni un automóvil, y los pocos transeúntes corrían, seguramente para volver a casa.

Así que hice lo único sensato que me quedaba: ver la televisión. Las imágenes eran claras y terribles. Pero los presentadores estaban tanteando en la oscuridad total, en una confusión que jamás había visto. Era evidente que se trataba de un ataque, no de un accidente. ¿Pero de quién? ¿Y por qué?

El presentador de la CBS preguntaba: «¿Pero quién podría desearle el mal a Estados Unidos, cuando siempre hemos ayudado al mundo entero?». Y el de la NBC: «El Imperio del Mal ha terminado, se acabó con la caída del Muro de Berlín hace 12 años. ¿De dónde viene este odio?».

Nueva York se paraliza

El día del ataque, al igual que al día siguiente, Nueva York dejó de existir. Las calles estaban desiertas. Tiendas, restaurantes y supermercados, cerrados. No había transporte público. En mi hotel, donde el personal no se había presentado, los gerentes improvisaron unos sándwiches lamentables, lo único que se podía ofrecer a los huéspedes para que no pasaran hambre.

Todos estaban en casa asimilando la conmoción, evitando peligros impredecibles y viendo la televisión. Solo al segundo día, más allá de las espantosas imágenes de personas cayendo del cielo, de oficinistas y bomberos cubiertos de ceniza, comenzaron a aparecer cifras y datos.

Y en esos días, el sueño americano se desvaneció.

El mito americano y su crisis

Estados Unidos había sido el claro vencedor de la Segunda Guerra Mundial. Y desde entonces, el líder indiscutible del mundo, solo enfrentado al Imperio del Mal, la Unión Soviética.

Pero los ciudadanos estadounidenses veían el mundo socialista como políticamente absurdo y económicamente atrasado, un lugar del que la gente huía constantemente para refugiarse en el mundo de la libertad, la democracia y la prosperidad: Estados Unidos. Fueron ellos quienes impulsaron la reconstrucción de Europa, que, si bien históricamente fue el centro de Occidente, para entonces era un brazo de la hegemonía estadounidense.

El autor, Roberto Savio
El autor, Roberto Savio

Y su ayuda al desarrollo del Tercer Mundo había salvado a millones de personas del hambre y la hambruna. En el imaginario colectivo, esto adquirió proporciones enormes, que nada tenían que ver con la realidad.

Poco antes del 11 de septiembre, The New York Times publicó una encuesta según la cual el estadounidense de a pie creía que la ayuda al desarrollo ascendía a entre un mínimo de 5 % y un máximo de 10 % del producto interno bruto. En realidad, era del 0,10 %.

En aquellos días, la sensación generalizada era de incredulidad. En la historia de Estados Unidos, los estadounidenses habían leído y presenciado guerras, masacres y todo tipo de violencia como sucesos lejanos, incluso cuando sus propios hijos estaban involucrados, como en la Segunda Guerra Mundial.

Pero nunca habían sufrido un ataque en su propio territorio. Y el hecho de que esto hubiera sido posible fue el primer sentimiento subconsciente de desconfianza hacia las instituciones, que, con otros acontecimientos y con el tiempo, se convertiría en una parte importante de la realidad política actual. Hasta entonces, las encuestas siempre habían reflejado una confianza serena en un Estado que garantizaba la seguridad.

Del sueño americano a Trump y Musk

Para analizar eficazmente cómo se fue desvaneciendo progresivamente el sueño americano, necesitaríamos mucho más espacio del que disponemos. Pero permítanme intentar resumir los hilos de la alfombra que, poco a poco, cubrió los Estados Unidos que conocíamos, sustituyéndolos por los de Donald Trump y Elon Musk.

En primer lugar, cabe recordar que en la década de los ochenta ocurrieron varios acontecimientos que tuvieron gran importancia no solo a nivel mundial, sino también con gran peso dentro de los Estados Unidos.

La primera fue la Conferencia de Jefes de Estado en Cancún, en 1981, convocada por las Naciones Unidas para continuar el diálogo en pro de un Nuevo Orden Mundial basado en la cooperación y la solidaridad internacional, adoptado por aclamación por la Asamblea General en 1973.

Yo fui responsable de comunicaciones de la Cumbre y la viví desde dentro. Allí se encontraban los 25 jefes de Estado más representativos del momento, y desde Ia india Indira Gandhi hasta el frances François Mitterrand, desde el tanzano Julius Nyerere hasta el canadiense Pierre Trudeau, todos hablaron de la necesidad de fortalecer la cooperación internacional.

Cuando llegó el turno del presidente estadounidense Ronald Reagan (1981-1989), elegido poco antes, su discurso fue categórico y posteriormente fue retomado por la primera ministra Británica Margaret Thatcher: «Los ciudadanos estadounidenses me eligieron para servir a sus intereses y no a los de otros. Por lo tanto, no acepto la camisa de fuerza de las resoluciones de las Naciones Unidas. De ahora en adelante, Estados Unidos elegirá su propio camino», dijo.

En esos mismos años, a instancias de Estados Unidos, la comunidad internacional adoptó en 1989 el Consenso de Washington, elaborado por el Tesoro estadounidense, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial.

Este consenso rompió con las doctrinas económicas vigentes desde el final de la guerra. Eliminó todo componente social, convirtiendo al mercado y sus leyes de competencia absoluta en el centro de la sociedad.

El Estado debía ceder su papel central al mercado. El gasto no productivo inmediato, como la sanidad y la educación, debía ser asumido por el sector privado. Y la competencia, en todos los niveles, desde el individual hasta el global, se convertiría en el criterio para medir el éxito.

El resultado fue que muchas fábricas y empresas se trasladaron a países con menores costos laborales y menos controles. Estados Unidos perdió millones de empleos de personas que hasta entonces habían pertenecido a la clase media: blancos, rurales y con conciencia social. Pero lo mismo ocurrió en el ámbito rural, entre los estadounidenses blancos y conservadores, con escasa formación y un racismo inconsciente hacia los trabajadores de color.

Las guerras y el colapso financiero

Tampoco hay que olvidar que, tras el ataque a las Torres Gemelas, Estados Unidos inició la guerra de Afganistán, de la que se retiraría ignominiosamente 20 años después. Poco después, en 2003, comenzó la invasión de Iraq, de la que se retiró en 2011, dando origen al Califato Islámico (Isis), que se convertiría en un importante factor de desestabilización en todo Medio Oriente.

Durante estos años, los estadounidenses descubrieron que su país no era invencible. Se suponía que superaría el trauma de la guerra Vietnam (1955-1975). En cambio, el fracaso de la maquinaria militar más poderosa del mundo persistió. Al final, lo único que quedará será un trágico balance de ruinas y muertos, y un gasto total de alrededor de ocho billones de dólares. Para ponerlo en perspectiva, el presupuesto estadounidense actual asciende a treinta billones (millones de millones) de dólares.

Pero, en mi opinión, el golpe final al sueño americano llegó unos años después, con el colapso de Wall Street, un acontecimiento que, una vez más, presencié. Las finanzas sin control habían llegado al extremo de convertir la bolsa de valores en un auténtico casino, un lugar de apuestas cada vez más arriesgadas.

Bajo la presidencia de Bill Clinton, en 1999, se derogó una ley que, desde 1923, establecía una clara separación entre los bancos comerciales (aquellos que prestan servicios a ciudadanos y empresas, préstamos e hipotecas) y los bancos de inversión, es decir, los bancos de especulación.

El capital de los bancos comerciales, que no eran muy rentables, fluyó hacia los bancos de inversión. Los estadounidenses no dicen, como hacemos los europeos, que «apuestan» en la bolsa, sino que «invierten» en ella. Y muchos ciudadanos lo hacen, al igual que sus fondos de pensiones.

En 2008, la burbuja especulativa estalló, arrastrando consigo a Lehman Brothers, un ícono de Wall Street, y dando lugar a una crisis que, obviamente, afectó al mundo entero. Se calculó que todos los países del mundo juntos tuvieron que destinar unos 20 000 dólares en rescates por cada ciudadano del planeta para evitar un colapso financiero total.

Durante la crisis, millones de estadounidenses perdieron sus ahorros. Sus pensiones también estuvieron en peligro. Desde la década de los ochenta, el poder de negociación de los sindicatos ha ido en continuo declive. Los salarios, en términos reales, han ido disminuyendo constantemente.

Muchos ciudadanos luchan con empleos precarios y a tiempo parcial con los que apenas llegan a fin de mes. Muchos tienen que tener dos trabajos para sobrevivir. La tasa de pobreza se elevó a 15%, y la pobreza infantil alcanzó niveles africanos.

Las cifras de Unicef son dramáticas. Y así comienza a gestarse la convicción de que las élites son enemigas del pueblo, de que la política ya no tiene nada que ver con las preocupaciones reales de los ciudadanos. La abstención electoral aumenta. Y así, el inmigrante, la fuerza laboral sobre la que se construyó Estados Unidos, se convierte en el enemigo que me quita el trabajo, contamina el aula de mi hijo, ocupa mi lugar en el hospital y comete crímenes y atrocidades.

Religión, soberanismo y la nueva derecha

No es solo la política la que desentierra este sentimiento de frustración e ira, lo que explica el gran éxito de Trump. También lo hace la religión. Los evangélicos fundamentalistas suman ahora 60 millones en Estados Unidos, y su mensaje adopta exactamente la visión económica y social del Consenso de Washington.

Debemos competir, porque Dios nos juzga por nuestro éxito; quien es pobre lo es porque no ha luchado.

Apoyan a un Israel que recupere su antiguo reino de Samaria y Judea (y, por lo tanto, una vasta limpieza étnica), porque predican que Jesús hará una «segunda venida», un regreso a la tierra, solo cuando Israel haya regresado a la época de Jesús.

Y en este mundo florece el soberanismo de Steve Bannon, que quiere convertir a la derecha en una gran internacional y más tarde eclipsado por Musk, que quiere un soberanismo antisistema de extrema derecha.

El integrismo católico florece, abrazado por James D. Vance, el vicepresidente colocado allí por Silicon Valley y posible próximo presidente tras Trump.

El integralismo que lleva al secretario de Defensa (o más bien de Guerra, como él prefiere llamarlo) a introducir la religión en las fuerzas armadas, a presentar la guerra contra Irán en términos religiosos.

Y una población en la que el nivel de precariedad económica y social alcanza a 20 % ve florecer al primer billonario de la historia (veamos un billón: 1 000 000 000 000), que se jacta de no pagar impuestos, elimina la ayuda estadounidense al desarrollo y destituye a decenas de miles de funcionarios públicos sin criterio alguno.

Internet y el fin de la verdad compartida

Poco después llegó el desarrollo de la tecnología de las comunicaciones. En 2004 nació Facebook, en 2005 Reddit y en 2006 Twitter. De repente, millones de estadounidenses se encontraron conectados entre sí, sorteando el enorme sistema mediático de Estados Unidos, que, en cualquier caso, estaba en manos de pocos.

Yo era uno de los grandes defensores de internet, hasta que (creo que fue Bill Gates) alguien lanzó un eslogan: «Ahora no importa saber; lo importante es saber dónde buscar», lo cual me causó gran preocupación. Si encuentro lo que busco, pero no lo poseo, se me resbalará como el agua sobre el lomo de un ganso.

Pero el problema es que internet no nació como un bien común, como un servicio para la humanidad. Nació como una fuente de lucro, y con la orgía de información disponible, ser consultado se volvió fundamental. De ahí el abandono de cualquier mecanismo significativo de control ético o profesional sobre la información en circulación.

Así, para mantener la conexión y no perder al usuario, se priorizó la información más sensacionalista, extraordinaria e impactante.

Pronto esto sería explotado por creadores de noticias falsas o tendenciosas, con un gran florecimiento de teorías conspirativas que, por ejemplo, ven en el presidente de la República y el Papa católico una red de pedófilos encubierta por los servicios secretos.

Leí, creo que de nuevo en TNYT, que el FBI estimaba en 45 millones el número de personas que se adherían a estas conspiraciones, lo que despojó a las instituciones de toda legitimidad. Y así, internet les dio un megáfono, que llevó las ideas más increíbles desde el bar a toda la sociedad. Y sobre todo a los extremistas, infinitamente más fanáticos que los ciudadanos comunes.

Numerosos estudios y estadísticas evidencian el impacto del aislamiento que lleva a los jóvenes, en lugar de socializar, a encerrarse en internet, en un mundo virtual donde la IA se convierte en su verdadero amigo y consejero.

Esto recae sobre una sociedad que siempre ha idealizado al individuo frente a lo social, y donde una línea política dominante ve en la reducción del Estado la libertad de los ciudadanos, en los impuestos una expropiación injusta del fruto de su trabajo y en el gasto social, como la atención médica, una clara impronta socialista.

Evidentemente, en Estados Unidos se vive una profunda reacción de sufrimiento. El alcalde de Nueva York, que se declara socialista, ha sido elegido, y otras figuras abiertamente progresistas se están incorporando a la escena política.

Pero esto se produce en un contexto de fuerte polarización, de una confrontación intolerante y profunda, que no vislumbra, en un futuro inmediato, un camino hacia el consenso nacional, sino todo lo contrario.

Trump tacha a los demócratas de «comunistas», y la política se ha convertido en el principal instrumento de división. El futuro no se asemeja en absoluto a un retorno a la América de los sueños.

El legado de Bin Laden y Europa

Osama bin Laden jamás podría haber imaginado que, al destruir las Torres Gemelas, pondría en marcha semejante mecanismo de destrucción.

Pero su legado no se mide solo en tratados. Se mide también en gestos cotidianos que hemos dejado de reconocer como tales.

Hoy a nadie le sorprende tener que llegar al aeropuerto dos horas antes de la salida: zapatos y cinturones en la bandeja, líquidos en botellas de cien mililitros, colas, escáneres, controles.

Las nuevas generaciones lo viven como una ley de la naturaleza, porque desconocían el pasado. Bastaba con llegar media hora antes, facturar e ir directamente a la puerta de embarque. Sin controles.

Ese mundo desapareció una mañana de septiembre y nunca ha vuelto. Esta es la victoria más silenciosa del terrorismo: no haber cambiado nuestras ideas, sino nuestros hábitos, hasta el punto de que ya no recordamos haber tenido otros.

También deberíamos analizar cómo este mecanismo no se limitó a Estados Unidos. Con características diferentes y en una realidad distinta, se extendió también a Europa. Basta con observar el Tratado de Maastricht, en el que se basa nuestra Unión Europea.

Firmado en la ciudad holandesa en 1992, en pleno auge del capitalismo extremo del Consenso de Washington, establece obligaciones y competencias únicamente en el ámbito económico.

El ámbito social forma parte de un documento adicional, sin carácter vinculante. Y ahora, de los 27 Estados miembros de la Unión, la mayoría son soberanistas y, por lo tanto, se oponen a cualquier poder real para Bruselas.

El próximo año se celebrarán elecciones en España, Francia, Italia y Polonia. Países de gran importancia. Si el soberanismo prevalece también en ellos, los europeos —que ven a Trump como una aberración— habrán cumplido su sueño: destruir la Unión Europea.

Roberto Savio es economista y periodista, trabaja en el tema de la gobernanza de la globalización y es director internacional del Centro Europeo para la Paz y el Desarrollo. Fundó varias organizaciones internacionales, como el Foro Social Mundial, y ha trabajado en el sistema de la ONU y como consultor de comunicaciones en varios países del Tercer Mundo. Experto en comunicaciones, analista político, activista por la justicia social y el clima, y ​​defensor de la gobernanza global. Ha dedicado gran parte de su carrera a Inter Press Service (IPS), la agencia internacional de noticias que fundó en 1964 junto con el periodista argentino Pablo Piacetini, y de la que es actualmente su presidente emérito. También es editor de Other News.

Este artículo se publicó originalmente en Other News.

RV: EG

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