7 septiembre 2026

Experiencias de víctimas nucleares deben ocupar lugar central en esfuerzos mundiales de asistencia y rehabilitación

Experiencias de víctimas nucleares deben ocupar lugar central en esfuerzos mundiales de asistencia y rehabilitación
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NACIONES UNIDAS – Cada vez más, los debates mundiales sobre el desarme abarcan las repercusiones humanitarias y medioambientales de los ensayos y el uso de armas nucleares, a medida que queda claro que el legado de las armas nucleares deja huella en múltiples generaciones.

Este fue el objetivo de la reunión internacional sobre «Asistencia a las víctimas y rehabilitación medioambiental» para los países afectados por las armas nucleares.

La reunión, celebrada el 1 de septiembre en la sede de la ONU en Nueva York, congregó a Estados miembros, representantes del mundo académico y organizaciones de la sociedad civil, junto con representantes de las comunidades directamente afectadas por el uso y los ensayos de armas nucleares.

La reunión se convocó por indicación de la Asamblea General, en virtud de las resoluciones 79/60 y 80/56, que instaban a celebrar, antes de 2026, una reunión sobre las experiencias vividas por las comunidades afectadas por las armas nucleares y las medidas que los Estados miembros y la comunidad internacional en su conjunto pueden adoptar para abordar sus preocupaciones.

El encuentro fue presidido por Kazajistán y Kiribati, dos países que en el siglo XX fueron escenario de ensayos nucleares. Desde entonces, se encuentran entre los antiguos Estados que realizaron ensayos y que abogan con fervor por el desarme nuclear.

En esta reunión se examinaron los impactos humanitarios y medioambientales del uso y los ensayos de armas nucleares. Muchos de los oradores presentes se refirieron a los efectos duraderos de la exposición a la radiación nuclear.

Las consecuencias físicas, sociales, económicas y psicológicas del uso de armas nucleares se dejan sentir a lo largo de varias generaciones. Los problemas de salud persistentes son una realidad demasiado habitual entre las comunidades afectadas. Las personas expuestas a la radiación son más susceptibles de padecer enfermedades no transmisibles, como el cáncer o la leucemia, o de tener que convivir con afecciones de salud de por vida.

«Las consecuencias de las armas nucleares no terminan cuando acaba una explosión. Como dejan claro el sufrimiento duradero de los hibakusha —los supervivientes de las bombas atómicas estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaki— y el legado de más de 2000 ensayos nucleares en todo el mundo, los efectos de las armas nucleares persisten durante décadas y a lo largo de generaciones», afirmó Izumi Nakamitsu, subsecretaria general de las Naciones Unidas y alta representante de la Oficina de Asuntos de Desarme (Unoda).

Nakamitsu señaló que los esfuerzos para llevar a cabo la rehabilitación deben ser sostenibles; las respuestas a estos problemas no deben depender de «proyectos individuales o iniciativas temporales», sino más bien de una cooperación sostenida entre los sistemas nacionales y multilaterales que tengan la capacidad de preservar los conocimientos y la experiencia técnica durante largos períodos de tiempo.

«Las comunidades necesitan tener la confianza de que el apoyo no desaparecerá cuando finalice un proyecto concreto o un ciclo de financiación», dijo.

La rehabilitación medioambiental constituye también, tal y como señaló el representante de Guatemala, «una responsabilidad indispensable» para la comunidad internacional. El daño infligido al medio ambiente ha dejado las tierras de cultivo inservibles, ha alterado los sistemas hídricos y ha hecho que las zonas afectadas sean inhabitables debido a la radiación.

Primera reunión internacional de las Naciones Unidas sobre la asistencia a las víctimas y la rehabilitación medioambiental para los países afectados por el uso y los ensayos de armas nucleares. Imagen: Manuel Elias / ONU

El representante de Argelia se refirió al impacto visible que han dejado los ensayos nucleares, como se observa en el Sáhara argelino, donde se llevaron a cabo cerca de las localidades de Reggane e In-Ekkar.

Una de las consecuencias fue el flujo de lava radiactiva que brotó de una montaña de la región y que, con el tiempo, se enfrió y se endureció. El Estado llevó a cabo un seguimiento y evaluaciones medioambientales de las zonas afectadas, pero, como señaló Argelia, esta labor no puede realizarse en solitario.

Además, el impacto no se produjo en el vacío, ya que las comunidades de esos lugares, incluidos los pastores, se vieron obligadas a reubicarse o, de lo contrario, a convivir con las consecuencias. «Las comunidades cercanas a estos emplazamientos soportan la carga que impone la física: enfermedades, tierras que no pueden cultivar y el daño que supone la incertidumbre», afirmó.

Se anima a los Estados a compartir conocimientos y experiencia sobre los métodos adoptados para resolver sus problemas, como los registros medioambientales de los emplazamientos de ensayo.

Para los Estados insulares del Pacífico, la rehabilitación es fundamental, ya que el medio ambiente está profundamente vinculado a su patrimonio cultural. La situación resulta aún más trágica, ya que corren el riesgo de perder esa conexión debido a las consecuencias de los ensayos nucleares.

Oemwa Johnston, una superviviente nuclear de cuarta generación de Kiribati, habló sobre cómo ella y otros jóvenes siguen soportando este impacto. «Como mujer joven y descendiente de supervivientes de la era nuclear, pertenezco a una generación que no creó armas nucleares ni llevó a cabo los ensayos nucleares del pasado. Sin embargo, hemos heredado su legado», afirmó.

Hubo un llamamiento unánime para que las personas y comunidades afectadas ocupen un lugar central en las conversaciones sobre desarme y en las iniciativas de asistencia. Sus experiencias vividas deben dar forma a las políticas destinadas a satisfacer sus necesidades.

«Las comunidades afectadas no pueden considerarse únicamente como receptoras de ayuda o sujetos de investigación. Son portadoras de conocimiento», afirmó Mohamed Ambrosini, representante de Soka Gakkai Internacional (SGI) ante la ONU para el desarme.

El diálogo interactivo y los intercambios intergeneracionales entre los hibakusha, las comunidades afectadas y las generaciones más jóvenes pueden crear espacios para que las personas reflexionen sobre los efectos de las armas nucleares. Conservar estos testimonios y aprender de ellos se vuelve más urgente a medida que los hibakusha, los supervivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, van envejeciendo, advirtió Ambrosini.

Ambrosini y otros miembros de la sociedad civil también hicieron hincapié en que, al centrar la atención en sus experiencias y reconocer su dignidad, se allana el camino para que reciban justicia nuclear y una reparación por su sufrimiento. Estos esfuerzos también deben respetar su dignidad y proporcionarles espacios significativos para que formen parte de los procesos de toma de decisiones.

Se hizo un llamamiento a los Estados para que asuman la responsabilidad de apoyar a las comunidades afectadas. Esto debería materializarse de dos formas: mediante indemnizaciones de los Estados a través de programas de apoyo nacionales y federales, y mediante el reconocimiento oficial —e incluso disculpas— por parte de las potencias nucleares por sus ensayos.

En el contexto de Japón, los hibakusha y otras comunidades afectadas reciben ayudas del Gobierno, pero no indemnizaciones estatales. Aunque los hibakusha tienen derecho a determinadas prestaciones, como la asistencia sanitaria gratuita, los criterios para acceder a ellas pueden ser demasiado restrictivos.

McGlone, de Peace Boat, una organización de la sociedad civil con sede en Japón, argumentó que los sistemas actuales de asistencia a las víctimas no incluyen a los hibakusha no japoneses o residentes en el extranjero, ni a las personas que vivían fuera de los límites geográficos específicos del hipocentro de los bombardeos.

«El punto de partida de toda la asistencia a las víctimas es definir a quién se reconoce como tal. La experiencia de Japón demuestra que, aunque las definiciones oficiales puedan ser restrictivas, las propias víctimas, así como la sociedad civil de las zonas afectadas, abogan por unos derechos más amplios. Por lo tanto, la sociedad civil y las diversas voces de los afectados deben participar en el diseño de las políticas de asistencia a las víctimas», afirmó McGlone.

En la reunión se reconocieron los marcos internacionales actuales que limitan o prohíben el uso y los ensayos de armas nucleares, como Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT) y el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP).

También se destacó el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), que contiene disposiciones relativas a la asistencia a las víctimas y la rehabilitación medioambiental, tal y como se establece en los artículos VI y VII del acuerdo.

Tal y como señaló el delegado de Bangladés, el TPAN reconoce que «abordar el uso de las armas nucleares debe ir de la mano de la prevención de su uso futuro». Hasta la fecha, 100 países han firmado o ratificado el tratado, que aboga por el desarme nuclear total, aunque esto no incluye a los actuales Estados poseedores de armas nucleares.

Los nueve Estados poseedores de armas nucleares son China, Corea del Norte, Estados Unidos, Francia, India, Israel, Pakistán, Reino Unido y Rusia.

T: MF / ED: EG

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