Desplazados internos en Ucrania: el tránsito entre el infierno y un futuro que no existe
UZHGOROD, Ucrania – Es imposible ignorarlo. Desde altavoces distribuidos por toda la ciudad de Uzhgorod, en el extremo occidental de Ucrania, una voz grabada avisa de que se guardará un minuto de silencio por los caídos en la guerra. Tras los 60 latidos del segundero, es el turno del himno nacional: “Ucrania aún no ha muerto”.
Ocurre todos los días a las 9:00 de la mañana, en cada ciudad y pueblo ucraniano.
El 24 de febrero de 2022, Moscú lanzó una invasión a gran escala sobre el país. Desde entonces ha sido una guerra de desgaste y trincheras en el este y el sur, con Rusia ocupando 20 % del territorio y Ucrania resistiendo con apoyo occidental. Moscú exige territorios y Kiev la retirada total.
El conflicto está congelado sin una negociación de paz activa en 2026, pero los bombardeos son constantes. Según datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), la catástrofe humanitaria se cuenta en decenas de miles de muertos, más de seis millones de refugiados y 3,6 de desplazados internos, en un país de 44 millones de personas, incluidas las regiones ocupadas de Crimea y Donbás.
Muchos de estos desplazados han buscado refugio en regiones alejadas del frente de guerra como la Transcarpacia. Uzhgorod, su capital, se sitúa a unos 800 kilómetros al sureste de Kiev y a 20 kilómetros de la frontera húngara y a cinco de la eslovaca.
“¿Volver a casa? ¡Mi ciudad está en ruinas! Lo que más me preocupa ahora es sacar de allí a mis padres”: Alina, desplazada interna ucraniana.
Durante la guerra, este antiguo centro turístico se ha convertido una de las “ciudades puente” humanitarias de Ucrania: por aquí pasa la ayuda que entra por la frontera y hasta aquí llegan cientos de miles de desplazados internos.
Natalia llegó junto con su marido hace tres años desde Lugansk, a 830 kilómetros al sureste de Kiev. “Al principio pensamos que serían solo unos meses, pero hoy no creo que volvamos a ver nuestra casa nunca más. Solo sé que la ocupa una familia rusa. Espero que la cuiden bien”, explica a IPS esta mujer de 68 años, desde un banco frente al río Uzh.
Tiene un hijo en Chequia pero otro en el frente, además de tres nietos en Kiev. Son ellos los que la retienen en el país; no tiene planes de moverse a corto plazo. “Lo peor es la impotencia. Cada día que pasa es eterno: no dejo de pensar en ellos, pero. ¿qué puedo hacer?”, lamenta la desplazada.
Si bien las cifras oficiales para la región de Transcarpacia hablan de 130 000 desplazados internos, en la sede de la Cruz Roja en la ciudad trasladan a IPS que pueden ser más del doble. “Muchos de ellos no se registran por miedo a ser enviados al frente, pero sabemos que están aquí porque les identifica su teléfono”, explican responsables de la organización humanitaria.

María, de 22 años, pertenece a ese grupo de los no registrados; no puede recibir ayuda en forma de alimentos, medicinas o ropa que ofrecen las oenegés desplegadas sobre el terreno. Llegó aquí con su novio hace dos años desde Donetsk, pero él no está exento del servicio, por lo que trabaja en línea desde casa.
“Mi hermano y mi padre están en el frente y mi madre sigue en Donetsk. Creo que ya es suficiente, no tengo ganas de añadir más drama a mi vida”, explica la joven ucraniana a IPS en un céntrico parque de Uzhgorod.
Con su trabajo de canguro y lo que gana su novio apenas les llega para pagar un alquiler de casi 500 dólares mensuales, pero no han encontrado nada mejor. Además, han descartado volver a su pueblo de forma definitiva. “Está completamente destruido. Si acaba la guerra nos mudaremos a Jarkiv”, adelanta la joven.
La llegada de cientos de miles de desplazados internos ha hecho explotar la demanda de vivienda, pero no la oferta.
La ley obliga al gobierno a ofrecer una solución a las personas desplazadas internas (PDI), llegándose a habilitar muchos campamentos de verano. El problema es que la mayoría están ya saturados y no ofrecen refugio frente al rigor del invierno ucraniano.
Así, muchos desplazados dependen de un sector del alquiler privado en el que se han disparado los precios.
Por supuesto, eso también afecta a la población local: si a la privativa oferta habitacional se le suma la falta de trabajo, las posibilidades de emanciparse e iniciar un proyecto de vida para un joven de la región son prácticamente nulas.

No mirar atrás
En Uzhgorod no hay terraza más codiciada que la de la última planta del edificio Pannonia. La carta más exclusiva de la ciudad y una vista panorámica sobre las cúpulas y campanarios de las iglesias de la ciudad, recortadas sobre la cordillera de los Cárpatos, hacen que sea imposible reservar una mesa en el restaurante para cenar en lo que queda de mes.
El personal confirma a IPS que muchos de ellos son desplazados del este del país. Pero los ricos suman un porcentaje anecdótico dentro de este colectivo.
Fue la urgencia más apremiante la que hizo que se acondicionaran escuelas o edificios abandonados por todo el país para acoger a aquella marea humana.
Un antiguo bloque de oficinas a las afueras de la ciudad es hoy lo más parecido a un hogar para 35 personas. Los baños y la cocina comunes siguen ahí, pero donde antes había despachos y ordenadores hoy hay camas y ropa colgando de armarios improvisados.
Como el resto, Alina también pensó que sería una solución temporal, pero son ya cuatro años desde que esta mujer de 33 abandonó con sus dos hijos Sloviansk, a 660 kilómetros al sureste de Kiev. De hecho, celebraron el primer cumpleaños del pequeño aquí. Tiene ya cinco.
Estar registrada como PDI le otorga prestaciones como una guardería gratis para el pequeño o un bono para las comidas en la escuela del mayor, de 14 años. Prefiere no mirar atrás porque, dice, solo ve el infierno.
“Era apocalíptico. Los bombardeos eran constantes y había drones allí donde miraras, como si fueran pájaros o moscas», recuerda desde una sala común. «¿Volver a casa? ¡Mi ciudad está en ruinas! Lo que más me preocupa ahora es sacar de allí a mis padres. No sé cómo hacerlo”, cuenta la desplazada a IPS.
No es el caso de Ludmila. Tiene 64 años, es de Kiev y aún podría volver allí si quisiera. De hecho, su hija y su nieta permanecen en la capital y, cuando la situación y sus fuerzas se lo permiten, se sube a un tren y les hace una visita. Siempre es corta.
Ludmila cuenta a IPS que, cuando empezó todo, pasó semanas durmiendo sobre un colchón en el metro y sin salir a la superficie. Pagó aquello con su salud, tanto física como mental. Rompe a temblar mientras explica que sigue sufriendo ataques de pánico. Luego se disculpa por no poder contarlo todo “como es debido”. Realmente no puede.

No mirar hacia adelante
Están todos aquí gracias a la labor de voluntarios como Victoria Räcz, una mujer de Uzhgorod de 47 años que también ha facilitado este encuentro. Es una de las fundadoras de Western Unity, una oenegé local que surgió hace dos años impulsada por la emergencia humanitaria.
“Sé de otros siete lugares como este en la región, pero probablemente sean muchos más. Había que hacer algo, no podíamos dar la espalda a toda esta gente”, explica Räcz a IPS. Uno de los grandes desafíos cuando acabe la guerra, añade, será “convivir con todos los dementes, tanto los que vuelvan del frente como los que perdieron la cabeza en casa”.
Alguien sugiere acercarse al invernadero que la comunidad gestiona en el exterior del edificio. Además de aprovisionar de hortalizas a la comunidad, es lo más parecido a una oferta de ocio en esta coyuntura.
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De camino, Zoia, de 76 años, explica que ella es la que se encarga de hacer pan para todos; por algo fue panadera durante 40 años. Pero eso fue en otra vida, antes de huir hace ya tres años de Pervomayskoye, a 300 kilómetros al sureste de Kiev.
“Me subí a un autobús, luego a un tren y vuelta a un autobús, siempre sin saber a dónde iba… Al menos tuve la suerte de encontrar este sitio gracias a voluntarios que esperaban en las estaciones”, recuerda.
Es un calco de la historia de Sandra, una anciana de 80 años de Severodonetsk, a 730 kilómetros al sureste de Kiev. Explica que tiene una hija en Canadá, pero a ella le da miedo un viaje tan largo a su edad. Hace tiempo que descartó volver a casa algún día, e incluso abandonar siquiera el bloque de oficinas.
Dice que se quedará aquí. Matará el tiempo que le queda estudiando inglés en la plataforma digital Duolingo y escribiendo en un cuaderno de facturas que encontró en una estantería.
ED: EG
CL12
