12 agosto 2026
Las mujeres sirias alzan su voz ante la violencia obstétrica
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ALEPO, Siria – El maltrato que sufrió Nour al Badawi, de 30 años, en un hospital público de la ciudad noroccidental siria de Alepo mientras daba a luz le obligó a someterse a dos importantes operaciones postparto y le provocó depresión y ansiedad.

Es una de las mujeres sirias que ha alzado la voz ante IPS sobre la «violencia obstétrica», un término que hace referencia al maltrato físico, verbal o psicológico por parte del personal sanitario; a las intervenciones médicas realizadas sin el consentimiento informado de la mujer embarazada; y a las violaciones de su dignidad y privacidad en los centros sanitarios.

La experiencia de estas mujeres va mucho más allá de los retos médicos y las duras condiciones humanitarias.

La violencia obstétrica abarca todas las formas de maltrato, negligencia, violaciones de la dignidad y la intimidad, o la realización de intervenciones médicas sin consentimiento informado.

Al Badawi describe su última experiencia de parto como uno de los capítulos más duros de su vida.

«La pobreza nos obliga a dar a luz en hospitales públicos y a soportar los malos tratos que allí se producen. Debido a la violencia y al maltrato que sufrí durante el parto, ya no me planteo volver a quedarme embarazada», cuenta.

Explica que su sufrimiento no se limitó a los insultos verbales y las violaciones de su dignidad, sino que se extendió a prácticas violentas durante el proceso de parto, incluida una presión enérgica sobre su abdomen, así como un procedimiento realizado de forma inadecuada para ensanchar el canal del parto.

Esto provocó graves complicaciones uterinas que requirieron dos intervenciones quirúrgicas para tratar una fístula urinaria obstétrica.

La experiencia transformó por completo la vida de Nour al Badawi. Desarrolló una depresión grave y un deseo constante de aislamiento. Su familia también tuvo que hacer frente a importantes cargas económicas para cubrir los costes de su tratamiento, lo que la obligó a vender algunas de sus pertenencias y a recurrir a pedir dinero prestado.

A pesar de lo que le ocurrió a Nour, su marido decidió no hacer ningún comentario y afirmó que no presentaría ninguna denuncia ni emprendería acciones legales contra el centro sanitario donde tuvo lugar el parto, por temor a nuevas disputas y dificultades adicionales. En su lugar, asumió la responsabilidad de cuidar de su esposa y de cubrir los gastos de su tratamiento.

Farida al Hassoun, de 26 años y  de Hama, una ciudad  distante de Alepo unos 150 kilómetros, también recuerda el día en que dio a luz a su primer hijo en un hospital público como uno de los días más difíciles de su vida, no solo por el dolor del parto, sino también por el trato que recibió por parte de las enfermeras y las comadronas del hospital.

«Gritaba de dolor, pero una enfermera me dijo que me callara y que estaba exagerando. Nadie me explicó lo que iban a hacer. Me quedé en estado de shock cuando me cosieron la herida del parto sin anestesia. En ese momento, sentí un dolor indescriptible», cuenta Al Hassoun.

Señala que su miedo aumentó al ver que ignoraban sus preguntas y que no recibió ningún apoyo psicológico durante el parto. Tras salir del hospital, no pudo olvidar la experiencia y siguió sufriendo ansiedad durante meses cada vez que recordaba la sala de partos.

Al Hassoun se pregunta: «¿Puede una mujer siria dar a luz con dignidad, o la violencia en las salas de partos seguirá siendo una experiencia silenciosa que nadie se atreve a detener?».

Ola al Omar, una médica obstetra y ginecóloga de 36 años, aborda los riesgos de la violencia obstétrica y afirma:

En Siria, detalló, «años de guerra y colapso económico han ejercido una presión cada vez mayor sobre el sistema sanitario, lo que ha afectado a la calidad de los servicios de atención materna».

«La escasez de personal médico, el hacinamiento en los hospitales y la disminución de los recursos han contribuido a crear un entorno en el que las mujeres están expuestas a malos tratos durante el embarazo y el parto», agregó.

Afirmó que la violencia obstétrica adopta muchas formas, entre ellas realizar intervenciones médicas sin explicárselas a la paciente ni obtener su consentimiento informado.

También incluye, agrega, utilizar expresiones humillantes; culpar a las mujeres por gritar durante el parto; no respetar la intimidad en las salas de partos; privar a las mujeres de información suficiente sobre su estado de salud; ignorar su dolor; o retrasar la prestación de la atención necesaria.

Destaca que toda mujer tiene derecho a recibir una atención materna respetuosa, lo que incluye la preservación de su dignidad y privacidad, la obtención del consentimiento informado antes de cualquier intervención médica, el acceso a la información necesaria para tomar decisiones sobre su salud y la protección frente a la humillación, la discriminación o la negligencia.

La consejera social y psicológica Sereen al Sheikh, de 33 años y de la ciudad de Idlib, en el norte de Siria, habla sobre el sufrimiento de las mujeres embarazadas y afirma: «He conocido a muchas mujeres a las que se les indujo artificialmente el parto para acelerar el proceso, a pesar de que el cuello uterino de la madre ya estaba dilatado, y a las que se les realizaron repetidos exámenes vaginales que les causaron una gran angustia y trauma».

Además, agrega, «a las pacientes no se les permite tener acompañantes presentes durante el parto y, en ocasiones, se restringe su libertad de movimiento».

Al Sheikh explica que estas prácticas dejan secuelas psicológicas a largo plazo, entre ellas el miedo a volver a quedarse embarazada, trastornos psicológicos posparto y una pérdida de confianza en las instituciones sanitarias.

«La mayoría de las mujeres optan por guardar silencio por miedo al estigma social, así como porque es difícil demostrar que se han producido violaciones o abusos. Estos incidentes suelen tener lugar sin pruebas ni testigos y, por lo tanto, quedan impunes», afirma.

La experiencia del parto puede concluir con la llegada de un recién nacido al mundo, pero para algunas mujeres sirias lo que sigue es un largo camino de miedo y trauma.

En un momento que se supone que debe ser una de las experiencias más seguras y tranquilizadoras en la vida de una mujer, algunas sirias se enfrentan a una realidad totalmente diferente: llantos que nadie escucha, procedimientos médicos realizados sin explicación ni consentimiento, y palabras duras que permanecen grabadas en su memoria durante años después del parto.

T: MF / ED: EG

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