Una nueva ola de histeria «comunista» amenaza con extenderse por la política estadounidense

NACIONES UNIDAS – El senador Joseph R. McCarthy (republicano por Kansas) saltó a la fama en la década de 1950 con sus acusaciones de que cientos de «comunistas» se habían infiltrado en el Departamento de Estado y otras Agencias federales de Estados Unidos.
Avancemos hasta 1971.
En ese año, dirigiéndose a una clase de estudiantes de posgrado en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia, uno de los profesores explicaba la caza de comunistas que tuvo lugar a finales de la década de 1950, cuando el senador McCarthy, en su cruzada contra el comunismo, lideró una serie de investigaciones y audiencias en el legislativo Congreso para revelar —ya fuera de forma imaginaria o real— la infiltración comunista en el gobierno estadounidense.
Reinaba una paranoia histérica sobre los «rojos» y los «comunistas» en el Estado profundo. El eslogan era «Rojos bajo las camas».
El alcance del macartismo quedó patente, dijo al relatar una anécdota, cuando dos grupos de manifestantes —los procomunistas y los anticomunistas— organizaron protestas y contramanifestaciones en Times Square, en pleno centro de la ciudad de Nueva York
La palabra «comunismo» infundía pavor, pero quizá solo se toleraba a los anticomunistas durante la caza de brujas del macartismo.
Cuando las manifestaciones se tornaron violentas, los policías sacaron a rastras a algunos de los manifestantes de las calles y los metieron a la fuerza en furgones policiales (llamados «paddy wagons»), y uno de ellos suplicó: «Soy anticomunista. Soy anticomunista».
Y el policía le gritó: «No me importa de qué maldita clase de comunista seas».
Por otra parte, cuando Zohran Mamdani fue elegido el pasado noviembre como el 112 alcalde de la ciudad de Nueva York, se convirtió en el primer alcalde musulmán y de origen sudasiático de la ciudad y, a sus 34 años, en su líder más joven en más de un siglo.
Pero Mamdani, que se describe a sí mismo como un «socialista democrático», ha sido acusado repetidamente de ser «comunista» por sus oponentes políticos, sobre todo por el presidente Donald Trump y los comentaristas de los medios conservadores.
Trump y varios republicanos han tildado al alcalde de «lunático comunista a 100 %» durante y después de la campaña electoral a la alcaldía, para criticar su programa de izquierdas.
Pero, dado que se han elegido más socialistas democráticos en dos primarias a la Cámara de Representantes y en un puñado de contiendas legislativas, la etiqueta de «comunista» se ha utilizado de forma virulenta contra todos los «socialistas», y podría ser utilizada por los republicanos contra los demócratas de cara a las elecciones de mitad de legislatura.
Lo que plantea la pregunta: ¿es este el comienzo de una nueva era de macartismo, que tuvo sus raíces en la década de 1950?
James E. Jennings, presidente de Conscience International, dijo a IPS que «Donald Trump se ha aprovechado de la ignorancia de sus seguidores del movimiento «Hagamos Grande a Estados Unidos Otra vez (Maga, en inglés) para obtener y mantener el poder en beneficio de una clase corrupta de multimillonarios.»
A su juicio, «lo ha conseguido alterando el significado de las palabras para adaptarlas a sus fines y utilizándolas como armas, una habilidad política tan antigua como el tiempo. Ahora, está lanzando la palabra «comunista» contra sus oponentes socialdemócratas y socialistas democráticos, que no son en absoluto comunistas. Todas estas matices se pierden entre sus seguidores».
«El comunismo insiste en la propiedad estatal de los bienes. Los socialdemócratas abogan por la regulación gubernamental del mercado y los derechos de propiedad en beneficio de todos, mientras que el socialismo democrático va un paso más allá, instando a la abolición del capitalismo», planteó Jennings.
Y consideró que «Trump y su séquito de aduladores republicanos deben dejar de confundir a la gente con epítetos odiosos que no son en absoluto precisos».
Según Jennings, «todo el mundo debería leer 1984 de Orwell y rechazar el trumpismo, porque la semántica, de hecho, gobierna el discurso político. Confucio tenía razón: ‘La rectificación de las cosas es el nombrarlas’».
La confusión que siembra Trump, señaló, tiene que ver con la concentración del poder y la riqueza.
Pero ya en 1776, el año de la independencia de Estados Unidos, el suroriental estado de Virginia, una de las 13 colonias colonias británicas que protagonizaron la ruptura de lazos con los británicos, se constituyó «como una Mancomunidad, basada en la idea de la prosperidad compartida en beneficio de todos. La propiedad no debía concentrarse en manos de los gobernantes».
«Ningún hombre», afirmaron, tiene derecho a «emolumentos o privilegios exclusivos o separados». La Constitución de Pensilvania también prohíbe la «ventaja de un solo hombre, familia o grupo de hombres». Massachusetts y Kentucky siguieron su ejemplo. Esas ideas no son comunistas. Simplemente abogan por la igualdad y las oportunidades para todos, declaró Jennings.
En su discurso pronunciado en el Monte Rushmore el 4 de julio, durante la conmemoración del 250 aniversario del país, Trump describió a sus oponentes políticos como comunistas «impíos» y «malvados».
El diario The New York Times señaló que utilizó la palabra «comunismo» tantas veces que «se podría haber pensado que la Guerra Fría aún continuaba». Según se citó a Trump, se trataba de una amenaza mayor que Pearl Harbor de 1941 y el 11 de Septiembre de 2001.
Según un reportaje publicado en el mismo TNYT el 27 de julio, la sección local de los Socialistas Democráticos de América (DSA) ha incorporado a más de 7000 nuevos miembros.
La filosofía política de la DSA incluye el aumento de los impuestos a los ricos, la asistencia médica gratuita garantizada para los pobres, la congelación del aumento de los alquileres de las viviendas sociales, el aumento del salario mínimo y la reducción de la semana laboral.
El alcalde Mamdani también tiene previsto abrir cinco tiendas de alimentación propiedad de la ciudad de Nueva York con un descuento de 30 % en frutas y verduras, carne, pan y leche. Y en materia de política exterior, la DSA ha adoptado una postura firme a favor de la creación de un Estado palestino.
Norman Solomon, director ejecutivo del Institute for Public Accuracy y director nacional de RootsAction, declaró a IPS que el núcleo de la represión encabezada por (el secretario de Estado Marco) Rubio es que las personas que ahora dirigen el gobierno de Estados Unidos odian la democracia y quieren erradicarla en la medida de lo posible.
La libertad de expresión es el núcleo de la democracia —ambas se necesitan mutuamente— y la caza de brujas que está organizando el régimen de Trump es metódica.
«Existen muchas diferencias entre la actual ola de represión y la era McCarthy de mediados de siglo en Estados Unidos, pero la continuidad, muy real, radica en el uso del poder del Gobierno y de los medios de comunicación para intimidar y avivar las llamas del miedo. El objetivo es generar pasividad y sumisión», afirmó.
Gran parte del Estados Unidos de tendencia liberal, en particular las administraciones de muchas universidades, cedió rápidamente ante la presión para reprimir las protestas no violentas en los campus contra la guerra de Israel en Gaza y el apoyo de Estados Unidos a la la misma.
Esa dinámica, según Solomon, comenzó a finales de 2023 y cobró fuerza durante 2024, en el último año de la presidencia del demócrata Joe Biden.
Las respuestas habituales de los responsables universitarios consistieron en medidas autoritarias, destinadas a provocar la autocensura y la obediencia preventiva; en otras palabras, la supresión de los derechos de la Primera Enmienda. Este proceso se agudizó tras la vuelta de Trump al poder presidencial.
«La publicación de listas de supuestos subversivos fue una táctica clave de la era McCarthy. Sembró el miedo, y el resultado fue una cosecha venenosa de discurso público sofocado y silencios temerosos», señaló Solomon.
«Ahora se están produciendo dinámicas similares. Pero muchas personas y organizaciones se niegan a aceptar la represión, y hay motivos para esperar que la resistencia empática y no violenta pueda ser eficaz a la hora de mitigar el daño a la vida cívica», declaró Solomon, autor de «War Made Invisible: How America Hides the Human Toll of Its Military Machine (La guerra invisible: cómo Estados Unidos oculta el coste humano de su maquinaria militar)».
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