El diésel sigue contaminando la Amazonia y Orinoquía colombiana

El diésel sigue contaminando la Amazonia y Orinoquía colombiana
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PUERTO CARREÑO, Colombia – José Triana abre su nevera en Puerto Carreño, la capital del departamento de Vichada, en el este de Colombia, y el deshielo lo preocupa. Como emprendedor gastronómico, su sustento depende de una carga costosa de comida de mar traída desde Villavicencio, en el departamento de Meta, pero hoy, como tantos otros días, la energía se ha ido.

Sabe que tiene el tiempo contado: en cinco horas la mercancía empezará a ablandarse y, en doce, todo su capital se habrá dañado bajo el sol inclemente del Vichada. Es la ironía trágica de vivir en una capital donde se paga una tarifa de luz costosa por un servicio que puede desaparecer hasta 20 horas al día, dejando a la ciudadanía en la oscuridad.

Mientras tanto, a pocas calles, las plantas de diésel –un «cementerio de máquinas» viejas que deben ser enfriadas con mangueras de agua para no colapsar– “llena el aire con un ruido insoportable y un humo negro que se respira en cada esquina”, dice Triana.

A 40°C de temperatura, sin ventiladores que funcionen y con la garganta irritada por la combustión de mil galones de combustible semanales, Triana siente que Puerto Carreño está atrapado en la «prehistoria» energética.

Este acuerdo no solo busca estabilizar el flujo eléctrico fronterizo, sino también sanear deudas con la empresa estatal venezolana Corpoelec, que ascienden a más de tres millones de dólares.

Sin embargo, la noticia ha sido recibida con escepticismo por parte de la comunidad: mientras algunas personas esperan que el regreso de la energía venezolana alivie las altas tarifas del diésel, otros temen que Puerto Carreño vuelva a quedar a merced de la inestabilidad del sistema eléctrico vecino, donde estados como el fronterizo Apure reportan apagones de hasta 20 horas al día

A pesar de los plazos establecidos, existe tensión en la comunidad.

Triana señala que existe falta de información: la omisión de transparencia acordada no ha recibido datos de primera mano sobre los estudios en curso y hay temor de que el proyecto se maneje a espaldas de quienes habitan el territorio, repitiendo errores de proyectos pasados, como la planta de biomasa.

Lo que ocurre en Puerto Carreño no es un caso aislado. En otras capitales de las Zonas No Interconectadas de la Amazonia y la Orinoquía colombiana, como Inírida, en Guainía, y Mitú, en Vaupés, las comunidades también enfrentan una dependencia de sistemas eléctricos basados en diésel, tarifas elevadas y apagones recurrentes.

La empresa Generación y Servicios Amazonas (Gensa) ha impulsado, en parte, la transición energética de estos territorios con proyectos solares, hidroeléctricos e híbridos.

En Inírida hay una granja solar, y en Mitú hay una Pequeña Central Hidroeléctrica. Sin embargo, la generación de estos proyectos todavía es pequeña y la matriz energética de estos territorios sigue atrapada en los combustibles fósiles.

En el año 2025,  78,7 % de la energía en las zonas operadas por Gensa provino del diésel. La brecha es evidente en las capitales: en Inírida, la energía solar apenas cubrió 9,99 % de lo que consume el municipio, mientras que en Mitú, la hidroeléctrica local solo alcanzó a abastecer un marginal 3,53 % de la demanda.

Para Giovanny Pabón, director de Energía de Transforma (un centro de pensamiento latinoamericano que impulsa la acción climática con enfoque de justicia), la permanencia del diésel en la matriz de Gensa y Electrovichada es el resultado de un modelo energético «prehistórico» y “estructuralmente fallido” que ha convertido al combustible fósil en el “único salvavidas de un sistema técnica y financieramente frágil”, y además, insostenible y vulnerable.

El experto señala que la energía generada por diésel en zonas remotas “puede costar entre tres y cinco veces más que en las ciudades principales, lo que obliga a priorizar el ‘entrenamiento de las personas’ locales para que los sistemas de energía renovable no sean un adorno, sino una solución duradera”.

Sin embargo, Gensa y Electrovichada contemplan mantener el diésel en estos territorios, porque ven estabilidad en esta forma de generación de energía. A pesar de esto, las protestas, manifestaciones y los apagones de inicios de año, demostraron lo contrario.

Gensa reconoce que la dependencia de los combustibles fósiles es un riesgo para la continuidad del negocio a largo plazo, “debido la tendencia mundial hacia la descarbonización y la imposición de impuestos a las emisiones que hacen que la generación térmica con recursos fósiles se perciba como un “negocio inviable a futuro”.

La dependencia del diésel en estas ciudades es lo que Triana califica como un «desastre ambiental» que afecta directamente la riqueza natural de los territorios. Según relata el líder, la quema de aproximadamente mil galones de combustible a la semana en Puerto Carreño genera una columna constante de humo negro que las personas asocian con las frecuentes afecciones respiratorias y gripas que padece la comunidad.

Esta precariedad se manifiesta también en una contaminación sonora “insoportable producida por motores viejos que convierten la zona centro de la ciudad en inhabitable”. Desde una perspectiva técnica y estratégica, esta tecnología se ha vuelto inviable debido a sus altas emisiones de gases de efecto invernadero y CO2.

El reporte “De la cuna a la tumba: El impacto de los combustibles fósiles en la salud y la urgencia por una transición justa«, elaborado por The Global Climate and Health Alliance, advierte que la combustión de diésel libera material particulado (PM2.5) y óxidos de nitrógeno que incrementan significativamente el riesgo de asma, enfermedades cardíacas, cáncer y mortalidad prematura, afectando incluso el desarrollo prenatal.

Osorio cuenta que en Mitú “unas mujeres enfermaron de sus pulmones y tuvieron que desplazarse, debido a la cercanía con la planta de generación”.

CL14