Demuestran que la autoinmunidad está detrás de un tipo de COVID persistente

MADRID, 29 May. –
Un equipo de investigación dirigido por el Mount Sinai (Estados Unidos) ha demostrado que la autoinmunidad, en la que el sistema inmunitario del cuerpo ataca sus propios tejidos, es la responsable de los síntomas, a menudo debilitantes y confusos, de la COVID persistente en un subgrupo de personas.
Los resultados del estudio, publicado en la revista ‘Cell’, podrían dar lugar a nuevos e importantes enfoques para el tratamiento de pacientes con COVID persistente, incluyendo terapias ya validadas para el control de la autoinmunidad, así como nuevas formas de identificar clínicamente qué pacientes tienen más probabilidades de beneficiarse de estas terapias.
«Desde hace tiempo sabemos que la COVID persistente implica no solo un fenotipo, sino varios, y ahora hemos confirmado que la autoinmunidad contribuye significativamente a la gravedad de los síntomas», detalla David Putrino, doctor en filosofía, director de la Cátedra Nash Family del Centro Cohen para la Recuperación de Enfermedades Crónicas Complejas en Mount Sinai y coautor principal del estudio.
Este nuevo conocimiento de la fisiología de la COVID persistente permitirá identificar diversos tratamientos eficaces para la autoinmunidad que podrían mejorar considerablemente los síntomas de millones de personas con esta enfermedad crónica.
Los estudios han demostrado que entre el 4 y el 20% de las personas infectadas con COVID-19 siguen experimentando síntomas como fatiga persistente, deterioro cognitivo, palpitaciones y dolor articular y muscular durante meses o incluso años.
Se cree que los mecanismos que explican esta forma prolongada de la enfermedad incluyen la persistencia viral, la reactivación de virus previamente latentes como los herpesvirus y la desregulación inmunitaria, donde el sistema inmunitario tiene dificultades para restablecerse después de que la infección ha desaparecido, lo que provoca inflamación continua y otros problemas de salud.
En su nuevo estudio, el equipo de Mount Sinai-Yale buscó comprender mejor los diferentes subtipos de COVID persistente y la participación del sistema inmunitario en el desencadenamiento de síntomas físicos a largo plazo. Para ello, los investigadores recolectaron y purificaron anticuerpos de la sangre de 87 participantes con COVID persistente y los infundieron en ratones sanos. Los resultados fueron sorprendentes.
«Descubrimos que todos los animales a los que se les infundieron anticuerpos de personas con COVID persistente que presentaban dolor crónico de aparición reciente como uno de sus síntomas, desarrollaron conductas de dolor como resultado de la infusión», señala Akiko Iwasaki, doctora en inmunobiología, profesora de la Facultad de Medicina de Yale (Estados Unidos) y coautora principal del estudio.
«Esto nos sugirió que el dolor de aparición reciente es uno de los signos más prominentes de que una persona con COVID persistente puede tener autoanticuerpos que provocan sus síntomas. Con una mayor validación, este conocimiento nos ayudará en el futuro a identificar de forma rápida y precisa a los pacientes que puedan tener este subtipo de COVID persistente», afirman.
Además, este conocimiento podría orientar sobre qué terapias tienen más probabilidades de reducir la carga sintomática. La inmunoglobulina intravenosa (IGIV), por ejemplo, contiene anticuerpos de donantes humanos sanos que se utilizan habitualmente para tratar trastornos autoinmunes como el lupus, fortaleciendo o regulando el sistema inmunitario del receptor. Los inhibidores de FcRn son otros agentes biológicos que podrían ayudar a los pacientes con COVID persistente al reducir la cantidad de anticuerpos.
La IGIV y los inhibidores de FcRn ya se prescriben a algunos pacientes con COVID persistente, aunque los resultados han sido inconsistentes: algunos pacientes responden muy bien, mientras que otros no. Esto, a su vez, ha disminuido el entusiasmo en la industria por la investigación sobre el COVID persistente.
Según David Putrino, los científicos también están considerando la terapia con células CAR-T, que tiene el potencial de modificar genéticamente las células T de una persona para que reconozcan y ataquen las células dañinas que secretan autoanticuerpos, y la plasmaféresis, que podría simplemente eliminar esos autoanticuerpos del organismo.
«Antes no teníamos forma de predecir quién se beneficiaría de terapias como la inmunoglobulina intravenosa (IVIG) o los inhibidores de FcRn», apunta el experto. «Nuestro estudio ahora demuestra que, si usted pertenece a un subgrupo de pacientes con COVID persistente que tienen autoanticuerpos circulando en su organismo, esto es una señal cuantificable de que podría ser un buen candidato para estos fármacos».
Además de su relevancia clínica, el doctor Putrino considera que su estudio representa una advertencia urgente de salud pública sobre la donación de sangre y productos sanguíneos como el plasma.
En el Reino Unido, padecer COVID persistente es un impedimento para donar sangre, mientras que en Estados Unidos estas personas aún pueden donar. Dados los peligros que el plasma de personas con COVID persistente puede representar para otros, «este país debería considerar cambios fundamentales en sus políticas de donación que reflejen esta amenaza para la salud y estén diseñados para proteger plenamente a la población».
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