Ucranianos instan a la OMS a actuar ante torturas a sus prisioneros por sanitarios rusos

BRATISLAVA — Más de 60 organizaciones ucranianas han lanzado un llamamiento a la Organización Mundial de la Salud (OMS) para que ayude a poner fin a las torturas infligidas a los ucranianos retenidos en cautiverio en Rusia.
Con motivo del Día Internacional de los Médicos, el 5 de octubre, estas organizaciones —entre las que se encuentra el Centro para las Libertades Civiles (CCL), galardonado con el Premio Nobel de la Paz— lanzaron un llamamiento a la OMS para que llame la atención internacional sobre las violaciones sistemáticas del derecho a la asistencia médica de los prisioneros de guerra ucranianos y de los civiles detenidos ilegalmente por las fuerzas rusas.
El llamamiento se produce tras la publicación de un informe titulado «Anatomía de la tortura: testimonios sobre tortura y malos tratos por parte del personal médico en cautiverio ruso», elaborado por oenegés ucraniana y que incluye testimonios de prisioneros de guerra liberados y civiles detenidos ilegalmente.
Según sus autores, el informe pone de manifiesto, entre otras cosas, la denegación sistemática de asistencia médica a los detenidos y la participación directa del personal médico en su tortura y malos tratos. En algunos casos, esto ha provocado la muerte de prisioneros de guerra y civiles detenidos.
Las organizaciones que han impulsado el llamamiento creen que este aumentará la sensibilización pública sobre el trato que reciben los ucranianos detenidos y ejercerá presión sobre las organizaciones internacionales para que adopten medidas concretas para ponerle fin.
«Es importante llamar la atención sobre el hecho de que la denegación de asistencia médica y la implicación del personal sanitario en tratos crueles no son incidentes aislados, sino que constituyen un problema sistémico», dijo en una entrevista con IPS Nataliia Yashchuk, responsable sénior de Consecuencias de la Guerra en CCL, organización que ha colaborado en la elaboración del informe.
Añadió que «esperamos que las organizaciones internacionales no solo respondan con declaraciones, sino que también adopten medidas concretas».
Desde el inicio de la invasión a gran escala de Rusia en febrero de 2022, se han producido repetidas denuncias de malos tratos a prisioneros de guerra y civiles recluidos en centros de detención rusos, incluidas algunas que alegan crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cometidos contra los detenidos.
Sin embargo, el informe «Anatomía de la tortura» documenta específicamente cómo los ucranianos recluidos en centros penitenciarios rusos han sido, y siguen siendo, víctimas de tortura por parte del personal médico.
Yashchuk explicó que el análisis sistemático realizado por el grupo de decenas de testimonios demostró que no se trataba de incidentes aislados, sino de un patrón recurrente de comportamiento por parte del personal médico en diferentes centros de detención, lo que sugiere que se trata de una práctica sistemática.
Esto se ve respaldado por el hecho de que algunas de las personas que prestaron testimonio para el informe eran ellas mismas médicos y personal sanitario y, por lo tanto, estaban especialmente cualificadas para identificar la naturaleza deliberada y sistemática de los malos tratos que sufrieron, afirman sus autores.
Con el informe, detalló, «nuestro objetivo era… demostrar la naturaleza sistémica del problema».
El documento incluye testimonios de antiguos prisioneros de guerra ucranianos que fueron sometidos a tortura por parte de médicos y enfermeros en instalaciones —el CCL estima que hay hasta 300 lugares donde se mantiene recluidos a ucranianos— repartidas por los territorios ocupados por Rusia y en la propia Rusia.
Los abusos no solo consistían en la denegación de asistencia sanitaria, sino también en palizas, descargas eléctricas, amenazas de muerte por parte del personal médico y el hecho de verse obligados a permanecer de pie en un mismo lugar durante 16 horas y a suplicar ayuda antes de ser torturados de nuevo.
Sergii Doroshenko, un antiguo pediatra que ejercía como jefe de una unidad médica del ejército cuando fue capturado por las fuerzas rusas en Mariúpol en la primavera de 2022, pasó 1030 días en cautiverio en diversos centros de detención repartidos por toda Rusia.
Contó a IPS que estuvo recluido en condiciones inhumanas en centros de detención donde, en ocasiones, no había suministros médicos ni personal sanitario, y cualquier solicitud de asistencia médica era denegada.
En otros casos, a él y al resto del personal médico detenido se les permitía atender a sus propios heridos, pero solo utilizando lo que pudieran conseguir por sí mismos, como vendajes, torniquetes u otros materiales que tuvieran a mano.
Doroshenko contó que, en un centro penitenciario donde los presos solo disponían de agua sin purificar, 800 personas padecían enfermedades intestinales al mismo tiempo. Él y otros utilizaron la corteza de los árboles del recinto penitenciario, que luego prepararon en forma de infusión para frenar o mitigar esos brotes.
«Hubo casos en los que la gente perdía el conocimiento por deshidratación y no recibía ningún tratamiento, porque no había medicamentos en absoluto», denunció.
También describe cómo, en otro centro de detención, cuando él y otros solicitaron asistencia médica, «en lugar de pastillas, nos trataban con descargas eléctricas… era el tratamiento para todo: para el dolor de muelas, para las lesiones causadas por las palizas, para el dolor articular, para la fiebre, para la tos».
Además, en algunos casos el personal médico ruso participaba activamente en las torturas.
El pediatra afirmó que su peor experiencia tuvo lugar durante su último año de cautiverio, cuando fue enviado a una colonia penitenciaria en la República de Mordovia, en la Federación Rusa.
«Allí, el médico participaba personalmente en las torturas y era quizás el más cruel de todo el personal de esa colonia», afirmó Doroshenko. Le apodaban «Doctor Muerte» porque, tras sus sesiones de tortura, varias personas debían ser sometidas a intervenciones quirúrgicas.
Además, se producía la denegación deliberada de asistencia médica por parte del personal sanitario. «Incluso cuando veían que teníamos temperaturas de entre 39 y 40 °C, cuando la gente tenía fiebre y caía en una especie de estado intermedio entre la conciencia y la inconsciencia, ni siquiera entonces permitían ningún tratamiento, ni siquiera un respiro de la tortura», detalló.
«Por ejemplo, por mi propia experiencia, tuve una fiebre muy alta y, durante unos cuatro o cinco días, pedí ayuda a diario; a cambio, recibí palizas y descargas eléctricas, pero mi estado era tan grave que una erupción cubría todo mi cuerpo, desde la cara hasta los talones, y después se me peló y desprendió la piel… Nunca me dieron ni una sola pastilla, ni un solo tratamiento antipirético: nada más que palizas», contó Doroshenko.
Añadió que la propaganda rusa demonizaba intencionadamente a los médicos, lo que convertía a prisioneros como él en un objetivo especial de tortura.
Mientras tanto, su presencia en cautiverio no se confirmó oficialmente hasta dos años y medio después de su captura.
Organizaciones como Amnistía Internacional han señalado que a los prisioneros de guerra se les ha aislado deliberadamente del mundo exterior, a menudo durante años, y que la falta de transparencia sobre su paradero ha permitido que la tortura e incluso los asesinatos ilegales continúen con total impunidad.
«La Federación Rusa no confirmó oficialmente mi presencia en cautiverio hasta pasados dos años y medio. Antes de eso, no reconocieron oficialmente que yo fuera su prisionero, lo que significa que, si me hubieran asesinado o torturado hasta la muerte en algún lugar, no habrían asumido ninguna responsabilidad al respecto», afirmó Doroshenko.
«Solo unos seis meses antes de mi liberación confirmaron que, efectivamente, tenían en cautiverio a un tal Sergii Doroshenko, y a partir de entonces la frecuencia de las torturas disminuyó significativamente, las palizas disminuyeron significativamente; empezaron, por así decirlo, a cuidarnos un poco, por miedo a que pudiéramos morir a causa de las torturas», añadió.
Otros grupos también han documentado casos de tortura de ucranianos a manos del personal médico ruso.
Un informe publicado a finales del año pasado por Human Rights Watch (HRW) sugería que el personal médico facilitaba la tortura o era aparentemente cómplice de ella, según explicaron a IPS miembros de la organización.
Yulia Gorbunova, directora adjunta para Ucrania de HRW, dijo que las conclusiones del informe y el seguimiento en curso revelaban casos de prisioneros de guerra ucranianos a los que se les negaba el tratamiento básico y el alivio del dolor en los centros de detención de Rusia y en las zonas de Ucrania ocupadas por Rusia, a pesar de sufrir graves heridas de combate o de haber resultado heridos durante los interrogatorios.
«Desde el momento de su captura y a lo largo de su detención, los antiguos prisioneros de guerra describieron la atención médica en todas las etapas como inadecuada, a menudo abusiva, y sistemáticamente denegada o retrasada», explicó.
Añadió que «el tratamiento de las heridas de combate, las lesiones causadas por la tortura o las enfermedades contagiosas como la tuberculosis y la sarna se limitaba normalmente a antisépticos básicos o analgésicos suaves».
«Además, estos centros funcionan en condiciones que deterioran activamente la salud física. Los detenidos ucranianos (prisioneros de guerra y civiles) sufren un grave hacinamiento, hambre crónica, condiciones insalubres y falta de agua potable, lo que provoca un rápido deterioro físico y problemas de salud sin tratar», aseguró.
Otro informe reciente de oenegés ucranianas incluía conclusiones similares.
Las autoridades rusas han negado repetidamente que los prisioneros de guerra o civiles ucranianos que tienen bajo su custodia sean objeto de malos tratos o tortura.
Sin embargo, los informes de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (Acnudh) y de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre Ucrania, entre otros, han puesto de manifiesto que Rusia se ha negado sistemáticamente a conceder a los observadores independientes acceso a los centros de detención de prisioneros de guerra.
Esto significa que no existen registros oficiales de las lesiones y enfermedades derivadas de los malos tratos y la tortura infligidos a los detenidos.
El informe «Anatomía de la tortura» incluye un análisis que documenta cómo el trato que, según los informes, dispensa el personal médico ruso a los detenidos constituye una violación no solo de los tratados internacionales de derechos humanos, como los Convenios de Ginebra, sino también del Código Internacional de Ética Médica de la Asociación Médica Mundial.
Cuando IPS se puso en contacto con ellos, los responsables de la OMS no estuvieron disponibles para hablar sobre el llamamiento de las organizaciones ucranianas.
Un portavoz del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) no hizo comentarios sobre las acusaciones específicas del informe «Anatomía de la tortura»», pero afirmó que la organización estaba «preocupada por cualquier denuncia de malos tratos a personas cautivas o detenidas».
«Según el Derecho internacional humanitario, todas las personas privadas de libertad, ya sean combatientes o civiles, deben recibir un trato humano. Es primordial velar por su vida, su dignidad y su bienestar», afirmó un portavoz del CICR.
Recordó que «los Convenios de Ginebra de 1949 contienen normas específicas que regulan las condiciones de detención, incluido el acceso a unas condiciones higiénicas adecuadas y a la atención y el tratamiento médicos. En todos los casos, la prestación de asistencia médica debe cumplir con las normas aplicables de ética médica».
Mientras tanto, algunas de las víctimas de tortura y malos tratos recogidas en el informe están alzando la voz para ayudar a llevar a los responsables ante la justicia.
Cuando Oleksandr Savov, un miembro de la Marina ucraniana que participó en la defensa de Mariúpol, regresó con su familia tras pasar casi tres años en diversos centros de detención rusos, su hija, Anastasiia, se alegró de reunirse con su padre, pero quedó conmocionada por su estado físico. Por su complexión casi esquelética, supo lo que había sufrido durante su cautiverio.
Contó a IPS que, cuando fue capturado, no presentaba lesiones ni enfermedades. Sin embargo, al ser liberado, padecía tuberculosis, costillas rotas, úlceras crónicas y linfedema. No podía estirar una de las piernas y los médicos le dijeron que necesitaría una prótesis de rodilla.
También padecía problemas de salud mental, como terrores nocturnos, ataques de pánico durante los bombardeos aéreos y un miedo paralizante al silencio o a las colas.
Tras acudir al médico y darse cuenta del alcance total de sus lesiones, empezó a reflexionar sobre lo que les había ocurrido a él y a sus compañeros de cautiverio, y sobre el hecho de que fuera precisamente el personal médico quien les hubiera infligido tanto sufrimiento.
«No podía entender cómo los médicos podían ser tan crueles con otras personas», dijo Anastasiia.
Él le contó lo que le habían hecho, lo que incluía no solo negarse a prestarle asistencia médica cuando la necesitaba, sino también torturarlo con descargas eléctricas.
Savov falleció de insuficiencia cardíaca en noviembre de 2025, ocho meses después de su liberación. Tenía 46 años. Tras su muerte, los médicos de Ucrania determinaron que su corazón había sufrido daños a raíz de un infarto que había padecido durante su cautiverio.
Pasó sus últimos meses acudiendo a hospitales y plasmando sus recuerdos en un cuaderno para la Corte Penal Internacional (CPI).
Desde entonces, Anastasiia ha fundado una comunidad para las familias de los efectivos de la Marina cautivos y sigue alzando la voz en apoyo de los defensores detenidos y los soldados que regresan. También ha presentado una denuncia ante la CPI por las torturas sufridas por su padre.
Afirma que, al igual que su padre, cree que alzar la voz públicamente obliga a Rusia a suavizar las condiciones de quienes siguen detenidos.
También remarca que quiere que las personas que torturaron a su padre y a otros sean llevadas ante un tribunal y rindan cuentas por sus actos.
«Este personal médico forma parte de un sistema de tortura en estas prisiones porque, cuando la gente pide ayuda médica —por ejemplo, como hizo mi padre—, ellos acuden y se limitan a reírse en sus caras y a grabarlos en vídeo con sus teléfonos en lugar de ayudarles», explicó.
Añadió que es imprescindible que se lleven a cabo investigaciones sobre estas personas, o «esta tortura y estos malos tratos no terminarán».
Este era también el deseo de su padre antes de fallecer.
«Tras ser liberado de su cautiverio, mi padre concedió numerosas entrevistas a periodistas y defensores de los derechos humanos, y en una ocasión le preguntaron si sentía ira hacia las personas que le habían torturado. Dijo que, en ese momento, no sentía nada hacia ellos, pero quería que la tortura cesara», explicó la hija.
Añadió que «la idea de que ese tipo de cosas estuvieran ocurriendo al mismo tiempo que él hablaba con esos periodistas le perturbaba profundamente. No podía entender por qué no había nadie en todo el mundo que pudiera hacer algo al respecto».
Doroshenko afirmó que las personas implicadas en la tortura de los detenidos ucranianos deberían enfrentarse a «algo parecido a los juicios de Nuremberg».
«La conducta de los médicos, del personal sanitario e incluso de los guardias de a pie en estos centros penitenciarios constituyó una violación deliberada de la Convención de Ginebra y un uso deliberado de la tortura», afirmó.
Por lo tanto, adujo, «deberían ser objeto, en calidad de criminales de guerra, de una investigación judicial y, posteriormente, de un castigo judicial de acuerdo con la decisión del tribunal».
«Se trata de personas que han perdido su humanidad, que se han convertido en bestias y que no tienen derecho a formar parte de la sociedad. Un médico no tiene derecho a torturar a otros», afirmó el pediatra torturado, entre otros, por personal sanitario ruso.
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