20 marzo 2026
¿Ha llegado la Tercera Guerra Mundial?
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KIEV – Cada vez resulta más difícil ignorar la tensión, la violencia y la incertidumbre que se han apoderado del mundo en los últimos años. El número de guerras va en aumento, se gasta cada vez más dinero en armas y la retórica de las grandes potencias se vuelve cada vez más contundente.

La última escalada en Medio Oriente ha reavivado el debate sobre el inicio de la Tercera Guerra Mundial. Las consecuencias de los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán se están dejando sentir en mayor o menor medida mucho más allá de la región, al menos para quienes siguen y sufren los precios del petróleo.

Están en juego los intereses de numerosas grandes potencias, y terceros están sopesando sus próximos pasos y haciendo declaraciones políticas. Las opiniones varían ampliamente, desde la creencia de que no puede haber una Tercera Guerra Mundial debido a la existencia de armas nucleares, hasta la convicción de que ya ha comenzado. Entonces, ¿qué está pasando realmente?

Un concepto periodístico y académico

Cuando los historiadores hablan de guerras mundiales, se refieren a dos acontecimientos únicos del pasado. Su magnitud, la participación de una amplia gama de Estados, el nivel de violencia y la naturaleza de las consecuencias los sitúan en una categoría aparte.

Para comprender en qué se diferenciaban estas guerras de cualquier otra, basta con echar un vistazo al diagrama de víctimas humanas, gasto en defensa o destrucción en diversos conflictos armados del siglo XX.

El autor, Nickolay Kapitonenko

Sin embargo, los historiadores también tienen opiniones divergentes. Uno de ellos, más conocido por su faceta política, Winston Churchill, describió en una ocasión la Guerra de los Siete Años como una guerra mundial.

Este prolongado conflicto del siglo XVIII arrastró a la mayoría de las grandes potencias de la época a un combate directo; se extendió por numerosos campos de batalla en Europa, América del Norte, el Atlántico y el Índico; y tuvo graves consecuencias geopolíticas. ¿Cómo es que esto no fue una guerra mundial?

Por el hecho de que no fue una guerra total entre Estados industrializados, la escala de los enfrentamientos fue bastante limitada, al igual que el número de ejércitos; y las consecuencias, aunque graves, no fueron sistémicas —esta podría ser la respuesta de historiadores más conservadores que el primer ministro británico.

Conflictos crecen y 2024 representó récord desde Segunda Guerra Mundial

«Guerra mundial» es un concepto tanto periodístico como académico. Para potenciar el efecto, atraer la atención o establecer analogías condicionales, puede utilizarse para describir más acontecimientos que solo la Primera (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Por ejemplo, la Guerra de los Treinta Años del siglo XVII, las Guerras Napoleónicas del siglo XIX o incluso la Guerra Fría se denominan a veces guerras mundiales.

Siguiendo esta lógica, aún hoy se pueden observar elementos concretos de una guerra mundial. El número de conflictos armados en el mundo ha ido en aumento en los últimos años: 2024 ha sido un año récord desde la Segunda Guerra Mundial.

Según algunas estimaciones, este año se han registrado 61 conflictos armados en 36 países, una cifra significativamente superior a la media de las tres décadas anteriores.

El gasto militar mundial también va en aumento: hoy en día ha alcanzado 2,5 % de la economía mundial, la cifra más alta desde 2011 y una tendencia al alza desde 2021. Esto sigue siendo significativamente inferior a lo que ocurría durante la Guerra Fría, cuando lo normal era un rango de 3 a 6 %.

Al analizar estas cifras, queda claro que la seguridad mundial se ha deteriorado en los últimos años, pero ¿hasta qué punto?

Un enfoque más académico consistiría en definir una guerra mundial como aquella en la que participan la mayoría de las grandes potencias; que tiene alcance global y es de naturaleza total; que provoca enormes pérdidas y destrucción; y que cambia significativamente el mundo al concluir. El conflicto armado directo y a gran escala entre las grandes potencias es un criterio obligatorio.

Y este es el principal argumento en contra de la idea de que la Tercera Guerra Mundial ya ha comenzado. Por muy alto que sea el nivel de desestabilización en el mundo moderno, por mucho que se hayan intensificado los conflictos regionales a gran escala y por mucho dinero que los Estados gasten en armamento, esto no es suficiente para una guerra mundial. Se necesitan operaciones militares a gran escala en las que participen las grandes potencias.

¿Son todos temores infundados?

Esto no ha ocurrido en el mundo desde hace mucho tiempo. El intervalo entre la Segunda y la Tercera Guerra Mundial resultó ser mucho más largo que entre la Primera y la Segunda. Las armas nucleares desempeñaron un papel central en ello, elevando el coste de la guerra hasta tal punto que las grandes potencias comenzaron a evitarla por todos los medios posibles. Esta salvaguarda lleva más de 80 años en vigor y parece que va a continuar.

La paz, o más bien la ausencia de guerra entre las grandes potencias, sigue siendo uno de los elementos centrales del orden internacional actual. Las instituciones y los regímenes internacionales pueden colapsar o debilitarse, pueden estallar guerras regionales, pero la probabilidad de una guerra entre las grandes potencias sigue siendo extremadamente baja.

Los defensores de la teoría de la Tercera Guerra Mundial señalan a veces que, incluso en ausencia de una guerra a gran escala entre las grandes potencias, se producen otras manifestaciones: guerras híbridas, ciberataques o guerras por poder. Esto es cierto, pero todos estos brotes de conflicto se sitúan varios niveles por debajo de una guerra mundial en cuanto a su potencial destructivo y no son de carácter total.

A lo largo de la historia, los Estados han luchado a través de terceros o han recurrido a guerras de información, comerciales o religiosas, pero no consideramos que estas guerras sean guerras mundiales,  excepto en un sentido simbólico.

Una guerra sistémica no tiene por qué ser necesariamente una guerra mundial

A diferencia de la guerra en Iraq de 2003, los ataques contra Irán se producen en un mundo en el que, en lugar de la hegemonía estadounidense, existe una compleja competencia entre al menos dos centros de poder. Esto añade matices y obliga a otros Estados a responder, directa o indirectamente, por ejemplo, suministrando armas o datos de inteligencia, apoyando a uno u otro bando.

Pero esto no convierte la guerra en global.

El suministro de armas, por ejemplo, es una práctica habitual en la mayoría de los conflictos regionales, al igual que el apoyo diplomático o financiero de aliados o socios.

Aunque las tropas estadounidenses utilicen la tecnología o los conocimientos de sus socios —como los drones ucranianos—, esto no significa que Ucrania se vea arrastrada a la guerra. Al igual que el suministro de armas estadounidenses a Ucrania durante la guerra entre Rusia y Ucrania no significó la implicación de Estados Unidos en la guerra.

Para que se trate de una guerra mundial, sigue faltando el ingrediente clave: la confrontación directa entre las grandes potencias. Además de las guerras mundiales, también existen las guerras sistémicas. En estos conflictos, lo importante no es tanto la escala como el cambio en el orden internacional al que conducen.

La Guerra de los Treinta Años, las Guerras Napoleónicas y la Primera y Segunda Guerra Mundial mencionadas anteriormente fueron guerras sistémicas: tras su conclusión, se reescribieron las reglas de la política internacional y se adoptaron otras nuevas en conferencias y congresos de paz. Una guerra sistémica no tiene por qué ser necesariamente una guerra mundial.

Las crisis hegemónica y el inicio de la lucha por la hegemonía siempre conllevan guerras

La actual desestabilización y el aumento de diversos riesgos están vinculados en gran medida a la lucha por el futuro del orden internacional. Estados Unidos y China han caído casi en la «trampa de Tucídides», una lógica estratégica similar a la que condujo a la Guerra del Peloponeso en el siglo V antes de Cristo. En aquel momento, la reducción de la brecha de poder entre el hegemón y el aspirante obligó a los espartanos a iniciar una guerra preventiva.

Hoy en día, existen temores bien fundados de que el declive de la hegemonía estadounidense, el auge de China y la llegada de un mundo bipolar aumenten drásticamente la probabilidad de un conflicto armado directo entre las superpotencias.

Las medidas decisivas, por decirlo suavemente, adoptadas por la Administración estadounidense también pueden considerarse acciones preventivas destinadas a debilitar estratégicamente la posición de China mientras Washington aún tiene la ventaja. Estos momentos de crisis hegemónica y el inicio de la lucha por la hegemonía siempre conllevan el peligro de nuevas guerras, carreras armamentísticas y escaladas.

Nos encontramos en medio de una crisis de este tipo. Es sistémica en el sentido de que no se trata solo de un conjunto de conflictos regionales en diferentes partes del mundo, que se han vuelto más numerosos, sino de una manifestación de una redistribución a gran escala de la influencia y el poder a nivel global. Esta redistribución conllevará cambios en el orden internacional, porque las reglas del juego están vinculadas al equilibrio de poder.

Si, en algún momento, los líderes de los principales Estados deciden que vale la pena correr el riesgo de la guerra y pagar el precio, la crisis sistémica se convertirá en una guerra mundial. Pero esto, como decían los propios espartanos, es un «si».

T: MF / ED: EG

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